VIDAS CALLEJERAS

Adriana engalana las calles del centro de Tlalpan con las artesanías que fabrica con materiales provenientes de los bosques de Michoacán
Tanya Guerrero
23/07/2014 - 03:00
Adriana de Jesús cose, cose y cose. Cose mientras vende, cose mientras piensa, cose mientras platica, que allá en el monte de donde baja el ocochal —que son las ramas  con las que trabaja—, se pone peligroso cuando llegan hombres armados a talar árboles sin permiso.
 
Por eso, en las mañanas cuando va a recogerlo, acomoda rápido los manojos frescos de ramas de ocote que las ardillas tiran al suelo, para apresurar sus pasos. Además, trata de nunca salir sola a caminar los cuatro kilómetros que recorre para llegar al ejido donde las levanta. 
 
De tejer piezas únicas de este tipo de pino, Adriana hace días que cumplió 14 años. Aprendió a los 18 años de una maestra del DIF que   llegó a la comunidad de San Juan Zitácuaro, Michoacán, a romper el paradigma de que las mujeres sólo sirven para estar en casa.
 
 “Nos enseñaron esto para que tuviéramos con qué darles a nuestros hijos de comer, con dinero que no proviene del hombre”, dice Adriana mientras teje. 
 
Para ella, salir a vender lo que hace con sus propias manos y pagar los gastos extra de la casa que el sueldo de su marido no puede cubrir, es un orgullo. 
 
De los tortilleros, paneras, dulceros, fruteros y alhajeros que sabe hacer, sus favoritos son los floreros. Le recuerdan la primera vez que sus  manos, torpes en ese entonces,   intentaron trabajar la rama de ocote. Tres meses se tardó en hacer el primero.
 
Hoy, con callos en los dedos y la experiencia de aprovechar el tiempo, no tarda más de dos días en terminarlo.
 
Por eso, hilvana todo el tiempo. En el camión cuando va del pueblo a la ciudad a recoger a sus hijos de la escuela, frente a la televisión, cuando ve sus novelas, mientras le ofrece a la gente del centro de Tlalpan sus elaboradas piezas.
 
“¿Cómo qué le gusta? Sin compromiso puede levantarle”, grita enredando el hilo en una panera color natural que forma parte de su colección itinerante.
 
 Sus flamantes piezas viajan con ella de Zitácuaro a la ciudad de México cada fin de semana para ser ofrecidas a quienes caminan por la calle. “Todo el tiempo lo estoy haciendo. Igual te estoy viendo a los ojos, pero estoy con mis manos trabajando”, dice la mazahua de 32 años.
 
 Adriana entrelaza con los floreros y fruteros, su pasión. Representan cada segundo de los minutos que respira. Tal vez por eso ninguna de estas piezas se parecen, porque en cada panera cose, cose y cose un pedacito distinto de si misma.
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