UN GAY CHILANGO: VIH y enfermedades por 50 pesos

Los riesgos a los que puedes estar expuesto al buscar una aventura son diversos y graves, por eso antes de dejarte seducir ¡piénsalo!
Fernando Rex
22/07/2015 - 04:00
Una noche de diversión y amores desconocidos se puede convertir en una de las peores experiencias de la vida.
 
El mundo semi-clandestino que hemos creado los gays incluye maneras de diversión frenéticas y de alto riesgo, como acudir a lugares de “encuentro” donde la pasión —o la desesperación—, nublan a la razón.
 
No estamos aquí para juzgar a las personas por su forma de divertirse: tan válido es que los heterosexuales vayan a un table dance, como los gays a un cuarto obscuro, por poner un  ejemplo.
 
Lo que sí debemos tener en cuenta es lo peligroso que puede resultar acudir a este tipo de lugares, en términos de salud.
 
Les contaré que alguna ocasión fui a un cuarto obscuro, allá por la Zona Rosa en el que nos cobraron 30 pesos para entrar.
 
Tenía aproximadamente 22 años, acudí con otros tres amigos y recuerdo que estábamos nerviosos y ansiosos por ver cómo eran ese tipo de lugares.
 
Omito el nombre del sitio, pero se los describo como lo recuerdo: era de dos plantas, con una recepción en la que había una mesa de billar y el concepto era “leather” y sadomasoquista, es decir con mucho cuero e instrumentos para “castigar”.
 
De hecho, en la segunda planta había un cuarto que tenía una especie de columpio en la que te sentabas y podías ser castigado; también había una pantalla que proyectaba películas pornográficas.
 
Mis amigos y yo nos reíamos de esas cosas y nos sorprendíamos del tipo de personas que acudían a esos lugares: principalmente hombres mayores de 30 años, algunos hasta de 50 aproximadamente.
 
Recuerdo que uno nos causó sorpresa porque era guapo y nos preguntábamos qué hacía ahí, si podía estar ligándose a cualquiera, pero pronto entendimos su gusto.
 
Olor penetrante
 
Una de las habitaciones en la segunda planta carecía de luz no se veía nada: literalmente era el cuarto oscuro.
 
Esa recámara estaba dividida de manera que tenía “tres pasillos” y apenas te asomabas se percibía un olor peculiar: mezcla de sudor y otros fluidos corporales —ustedes saben de qué hablo—.
 
Yo siempre he sido muy pudoroso y miedoso, así que decidimos entrar al cuarto oscuro siempre y cuando pasáramos los tres en “trenecito” y sin soltarnos.
 
Así lo hicimos. Recuerdo que mientras atravesamos los tres pasillos, sólo sentí a personas hincadas en el piso, cuerpos firmes de pie y escuché gemidos de placer; sospeché que sólo un par estaban teniendo relaciones, porque oí ese golpeteo similar a los aplausos.
 
Nosotros no hicimos nada. Dimos una vuelta más y nos salimos de ese lugar hacia uno más “para bailar”, pues no nos convenció ese ambiente lúgubre.
 
Cuando llegué a casa no dejé de pensar en el cuarto oscuro y en quienes disfrutan esas prácticas, especialmente en aquellos que no usan condón ni protección.
 
Muchos gays se excusan diciendo que “sólo hacen oral”, pero hasta ese ejercicio es malísimo, no sólo por el VIH sino el papiloma, la sífilis o la gonorrea.
 
Literalmente, uno va a esos sitios y paga “sólo 50 pesos”, pero si no nos cuidamos, ese dinero se puede incrementar por el costo de tratamientos o consultas médicas.
 
Así que como siempre y por 
cansado que suene: siempre usemos protección, seamos heteros o gays, estemos en un table o en un cuarto oscuro. 
 
¡Cuidemos nuestra valiosa vida!
 
Fernando Rex
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