VIDAS CALLEJERAS

Un par de hermanos se transforman en efigies humanas que muestran su arte en el Centro Histórico
Paola Ascencio
20/08/2014 - 03:00
Caminando por la calle de Madero se ha vuelto común encontrar un montón de gente en una de sus esquinas. Y es que en ese lugar, la historia renace y se presta para capturarla en una fotografía. 
 
Raúl y Norma Solís no sólo comparten la misma sangre, sino el gusto peculiar por las artes callejeras. Para ellos, trabajar como estatuas vivientes es un símbolo de libertad. Y es que desde hace cinco años, estos hermanos han dedicado su vida a ofrecer muestras escénicas por las calles de todo el país.
 
Este par es originario del municipio de Chimalhuacán, y con los pies de un artista y la libertad de un ave han trabajado a donde los lleva la vida.  Han sido Puebla, Guanajuato, Querétaro, Monterrey, Guadalajara, Veracruz y algunos estados más, donde los han acogido calurosamente. Sin embargo, es en la calle de Madero, esquina con Gante, donde su gusto por el “performance” logró establecerse.
 
Convertirse en personajes del pasado  y revivirlos en medio de la ciudad es parte de lo que ellos llaman un oficio por vocación. Desde niños, su atracción se vio atrapada por las artes urbanas, aunque Raúl asegura que este gusto es parte de un legado familiar.
 
“Tenemos mucha familia que le hacen a la ‘artisteada’, entonces decidimos seguir el mismo camino, dejarnos llevar por el patrón porque realmente nos agrada”, dice Raúl.
 
Entre primos que se apasionan por el arte callejero y parentela que vive de shows como payasitos y malabaristas, estos hermanos encontraron en la representación de personajes una forma de preservar la forma de vida de sus familiares. 
 
“Hemos hecho de todo. Yo la hacía de mago, me he convertido en Cristo, luego me transformé en Emiliano Zapata y hasta en Pancho Villa, pero en esta ocasión mi hermana me ayuda a representar a ‘los campesinos’”, asegura Raúl. 
 
Aún cuando la calle de Madero se conoce por la gran cantidad de artistas callejeros que practican el mismo oficio, los personajes y rasgos que eligieron les ha dado la posibilidad de sobresalir. Vestidos de campesinos revolucionarios, pintados de un color cobrizo y viejo, que asemeja una estatua, y con música tradicional mexicana de fondo en una bocina, logran apoderarse de la historia y traerla al presente. 
 
Durante el día no hay un momento en el que se encuentren solos. La gente apenas deja respirar a estos desteñidos campesinos. El color de su vestuario es el resultado de un largo proceso que, afirma Raúl, se alcanza al utilizar una técnica secreta de la abuela. 
 
Para Raúl y Norma basta con su talento y el apoyo de una silla, un sombrero, y unas cervezas gigantes de utilería para capturar la atención de los turistas que transitan por esta céntrica calle.Aseguran que la libertad de un trabajo sin reglas y que los apasiona es lo que los hace seguir adelante con su oficio. Ellos permanecen ahí, en esa esquina de Madero, reviviendo historias y creando otras. 
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