CUARTO VIOLETA: “El sexo casual tiene su encanto”

La señorita Velázquez añora los momentos de entrega total
Srita. Velázquez
20/01/2016 - 05:00
Coger, vestirte y despedirte sin cursilerías tiene la ventaja de que puedes desestresarte y hasta gritar un poco, con el único fin de llegar al orgasmo
Muy bien, lo reconozco, el sexo con amor es bonito, tierno y asquerosamente cursi.
 
De vez en cuando es bello sentir una respiración en la nuca por las mañanas y un ‘te amo’ susurrado por las noches. Movimientos lentos y despacios. Besos desde el cuello hasta los muslos.
 
Recorrer su espalda con la punta de los dedos y sentir cómo se enchina su piel cuando cae la sábana por su espalda baja. Darse besos infinitos y tener todo el tiempo del mundo para contar los
lunares de sus piernas y saber de memoria sus puntos más sensibles.
 
Compartir la cama cuando estás enamorada es una cuestión de intimidad, de complicidad y erotismo. Disfrutas mirarla a los ojos y llenar sus hombros de besos.
 
Dormir juntas toda la noche y despertar pensando que si estiras la mano ella estará ahí, a dos pliegues de sábana de distancia. Puedes dormir abrazándola o pedirle que te abrace después de hacer el amor o mejor aún, que lo haga sin necesidad de pedírselo.
 
Sí, es hermoso y perfecto. Pero el sexo sin amor también tiene sus ventajas. Te vuelve agresiva, egoísta, orgullosa y mala. Lo que importa es el orgasmo y lo demás sale sobrando.
 
El fin es desestresarte y ¿por qué no? gritar un poco. Me gustan también esos encuentros. Llegas a su casa.
 
Apenas entras ya sabes lo que les espera. Mientras deja sus cosas en el suelo, tú ya estás encima de ella. Le quitas la ropa con tanta fuerza que escuchas tronar la blusa. Se desata la adrenalina y tiemblas un poco, mientras batallas con los botones de su pantalón.
 
La recargas contra la pared, mientras ella dice: ‘No... espera’, pero no le haces caso. Le sujetas las manos en la espalda y le rasguñas el cuello. Le aprietas la nuca y al tocarla notas cómo se moja.
 
La empujas contra la pared con mayor fuerza. Ella gime y grita. Tú sonríes y no puede evitar enterrarle las uñas en la espalda, justo en el momento en que ella también comienza a tocarte, aunque un poco torpe por la dificultad para concentrarse.
 
Gimen, se mojan y terminan con la cara sumida en una almohada. Después de unos minutos en que la fuerza regresa al cuerpo y pasan los infinitos minutos del orgasmo. Es hora de irse, porque sólo fuiste a eso. A que te cogiera y a cogértela. Es un acuerdo mutuo y placentero, pero nada más. Te levantas, te pones la ropa y buscas tus zapatos. Le pides que te suba el cierre de la falda, mientras ella se pone un camisón que tenía botado en una silla.
 
Cuando por fin terminas de vestirte no tiene que decirle nada. Sabe que ya te vas y que no eres de las que se quedan a dormir. Te abre la puerta cuidando de que no le “pegue el aire”. Ni un te quiero, ni un beso de despedida, nada, porque esa es la regla y las dos la respetan.
 
"Nos vemos el miércoles" es lo último que le dices antes de atravesar el pasillo frío que desemboca en un patio grande y oscuro. Aún tienes la sangre caliente y no sientes cómo se congela la nariz.
 
Quisieras descansar, pero prefieres dormir en tu cama, con la almohada entre tus brazos.
 
Cuando llegas a tu casa, te relajas y lo último que piensas antes de caer dormida es en lo rico que coges con aquella mujer. Sí, hacer el amor es bonito, pero el sexo casual también tiene su propio encanto.

 

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