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Don Aarón considera que le da brillo a la ciudad con su oficio en el que lustra calzado, para dar elegancia a los pasos de sus clientes
Tanya Guerrero
18/03/2015 - 04:30
Don Aarón Castillo dedica su vida “a darle brillo a la ciudad”, así define el arte del boleo.  Sentado en su banco de madera, sobre la calle de Tacuba y Filomeno Mata, en el Centro Histórico, el señor Aarón espera paciente a hombres y mujeres que quieran detallar su persona.  
 
Hace 40 años que tiene en la mente una meta, la de servir a todo aquel que le pida una boleada.  “Uno debe cuidarse a sí mismo, pero también ser noble con la gente”, es el dicho con el que día a día  trabaja. 
 
Entre latazos y escobazos, don Aarón cuenta su vida en pequeños fragmentos. “Vengo del estado de Oaxaca, nací un día de julio de 1941, a la una de la tarde. A bolear me enseñó la vida”, dice mientras le saca el rechinido a los zapatos negros de un hombre que se ha sentado a su lado.
 
Primero hay que sacudirlo, lavarlo, secarlo y después aplicarle la tinta, la crema y el colorido brillo, explica mientras paso a paso esos zapatos opacos se tornan en charolas luminosas.
 
“Si usted se da cuenta, las mujeres en lo que más se fijan en un hombre es en los zapatos. En el calzado, ahí está el detalle”, señala al confesar haber preguntado a más de una por qué  se fijan tanto en eso. “Porque ahí se ve la limpieza, me contestan”.
 
Para él, en esta vida hay que saber servir y ganarse el dinero honradamente. Esos son los valores de un hombre de 74 años, que tuvo que escoger entre labrar el campo en su tierra o venir al Distrito Federal a buscarle.
 
“No hay que andar en malos pasos, lo mejor es trabajar y verá que se está tranquilo, sin tener que cuidarse de nadie”, explica Aarón, quien ha recibido ya los 20 pesos que cobra.
 
En sus ratos libres, cuando ningún senador, diputado o empleado del banco de la cuadra está sentado en su carro, Aarón abre la Biblia y lee en silencio, “lo hago para sentirme bien, es como si platicara con alguien que me bendice”.
 
Por ser amoroso y paciente, la gente del comercio de enfrente se acerca para platicar. Tal vez ese día busquen más al amigo que al maestro boleador, Aarón siempre estará ahí. “Regrese pronto, esto es mío y suyo también”, menciona mientras estrecha la mano para despedirse.

 

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