CUARTO VIOLETA: “Insistía en que mis manos la tocaran”

Es sorprendente lo que el tiempo le puede hacer a las personas. En verdad, es fantástico
Srita. Velázquez
16/12/2015 - 05:00
Me llevé una grata sorpresa al encontrarme a la amiga de la rompecorazones de la escuela, quien después de tantos años, la que alguna vez fue sombra, ahora me dejaba ciega 
Es sorprendente lo que el tiempo le puede hacer a las personas. En verdad, es fantástico.
 
Cuando era una joven y bella estudiante anduve perdidamente enamorada de la rompecorazones de la escuela: Ilse. Siempre hay una como esas. Era altísima, muy delgada y tenía mucho estilo.
 
Hace poco me la encontré en uno de esos bares lenchos tempraneros que, a pesar de que es jueves, están medio abarrotados. Ilse estaba gorda, su cabello, que antes era perfecto, era una maraña de resortes y su mirada lucía perdida.
 
Pero esa no fue la sorpresa, lo que realmente me dejó estupefacta fue ver a su amiga. Denisse, aquella tímida chaparrita que la seguía como sombra cuando no éramos más que estudiantes.
 
Su cambio era brutal. Tenía una sudadera que le llegaba a las costillas. Se le veía un abdomen plano y perfecto. Un trasero de gimnasio. Su cabello, que antes tenía una ridícula simetría al filo de las orejas, ahora era largo y castaño. Tenía una perforación en la nariz y la palabra fight (pelea, en español) tatuada en los nudillos.
 
Quedé inmediatamente prendida de ella. Después de tantos años, la que alguna vez fue sombra ahora me dejaba ciega. Ilse, en cambio, era un vestigio de la rompecorazones que alguna vez fue. En fin, sigo con la historia.
 
Las miradas de varias mujeres se dirigían a Denisse e incluso caché un par de dedos señalándola.
 
Ignoré todo el espectáculo y platiqué con ella durante muchas cervezas y canciones. Fue un ‘click’ inmediato. Hablamos de viajes, de libros, de amigos que teníamos en común y hasta de pasiones culposas.
 
Me enteré que era arquitecta, una famosa ‘youtuber’ (que al parecer todas conocían menos yo) y por si fuera poco, era instructora en un gimnasio. Fue mi perdición.
 
Literal, tuve que apretar los puños cuando llegó un momento en que pusieron una canción bastante sensual y Denisse se puso delante mío. Me dio un beso muy rápido y me dio la espalda.
 
Comenzó a bailar pegada a mí y agarró mis manos para que se las pusiera en su cintura. Solté todo. Mi cerveza, una servilletita que traía en la mano y creo que una pequeña bolsa que colgaba en mi hombro. El baile se volvió cada vez más erótico porque insistía en pegarse a mí y en que mis manos la tocaran. Por instantes, la sujetaba de la cintura y le daba la vuelta para que nos besáramos.
 
Podía sentir las miradas envidiosas alrededor, pero no me importó. Me dijo que la acompañara al baño. Ilse, el desastre, se había perdido entre la multitud y no había aparecido en una hora.
 
Supongo que entendió el mensaje. Al entrar a uno de los cubículos comenzamos a fajar frenéticas. Ahí fue cuando se voltearon los papeles. Ella tomó el control y metió las manos bajo mi blusa. Me mordió el cuello desesperadamente y metió ambas manos en la parte trasera de mi pantalón. Yo no me quedaba atrás y tocaba todo lo que mi autocontrol me permitía. Justo cuando logró desabotonarme la blusa nos interrumpió un grito:
"¡Ya sálganse, que me orino!".
 
Cortón total.
 
Salimos, nos acomodamos la ropa, intercambiamos una mirada de complicidad y nos acercamos a la barra.
 
Ilse la esperaba y estaba muy borracha. Lo siguiente fue muy confuso. En segundos se despidieron de mí y se dirigieron a la salida. Me quedé parada como tonta, pero cuando estaban cerca de la puerta escuché algo parecido a un "¡Le pido tu teléfono!"
 
De esa noche gané dos cosas: un chupetón y un mensaje en el celular. También perdí la bolsa que traía en el hombro.
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