EL DE LOS VIERNES EN THIERS

El mercado sobre ruedas que se coloca en el cruce de Thiers y Leibinitz ofrece una gran combinación de sabores para su clientes
Mónica Ocampo
15/05/2015 - 04:00
Si se desea endulzar la memoria para recordar aquellas golosinas de la infancia, sin duda, la mejor opción es “La abejita feliz”, el puesto de Víctor Allende Olvera, que durante más de tres décadas ha dejado sonrisas entre los clientes que cada viernes acuden al tianguis de Thiers y Leibinitz, dispuestos a calmar el antojo de azúcar, con menos de 10 pesos. 
 
Antes de llegar a ese punto es necesario hacer una pequeña escala en alguno de los puestos de quesadillas, mixiotes, barbacoa o carnitas. No importa qué tan satisfecho se esté. El “huequito” en la barriga se da en automático al observar la gran variedad de dulces que se encuentran en ese espacio de menos de cinco metros de largo.
 
Caramelos en forma de lápiz y anillos de diamantes, krankys, bubulubus, paletas payaso, canastitas de rompope, conejitos de chocolate, velitas, bombones, gomitas, bocattis, cachetadas y hasta troni rocas —esos pequeños sobrecitos ochenteros con trozos de caramelo que al entrar en contacto con la saliva truenan en la boca—,  y cientos de variedades, que con sólo mirar provocan un feliz coma diabético.
 
Víctor descubrió —por necesidad— que podía regalar felicidad a sus clientes a través de bolsitas de dulces. Tras quedar huérfano y emigrar a la Ciudad de México, él y su hermano buscaron una forma de ganarse la vida de forma honrada, así que la venta de golosinas era una gran opción.
 
“Cuando murió mi mamá tenía siete años, así que dejé la escuela y mi pueblo para poder mantenerme”, comenta mientras despacha 100 gramos de cacahuate garapiñado. 
Actualmente, vive en Ecatepec —cerca del metro Plaza Aragón—, es papá de dos licenciados en pedagogía y continúa con su negocio, el cual sigue vigente por su carisma y las constantes pruebas de botana y chocolates que ofrece a todo aquel que pasa por su puesto. 
 
“Siempre hay que sonreír y ser comprensivo. Hay veces que la gente me pide tres pesos de pepitas y los despacho porque se nota que eso les sobra de su pasaje”, explica.
También vende papitas, tamarindos, miguelitos, mangos con chile, pulparindos, pelones, en fin, todo aquello a lo que se le puede poner limón y chile y que hace salivar a los niños.
 
“Ahora, los chavitos para todo quieren salsa Valentina, mientras que los grandes son más de cosas dulzonas”, confiesa entre risas.
 
La química de la nieve. José Antonio Sánchez Fernández convierte en nieve hasta el tequila. Lo aprendió de su tío, quien emigró desde muy joven a Michoacán para aprender y poner una nevería.
 
“Era muy ‘pata de perro’, así que se fue para aprender varias técnicas”, recuerda.Y funcionó. Tres décadas después, en el puesto “Finas nieves don Toño”, el lema es convertir cualquier ingrediente en un vaso de nieve fresca. Los sabores van desde cualquier fruta hasta arroz, queso, grosella, café y tequila con limón.
 
José Antonio dice que lo más complicado del proceso es mezclar los ingredientes con el hielo, pues tiene la creencia de que si se hace con flojera, la nieve se pega alrededor del bote de acero inoxidable, “decimos que se quema y ya no sirve”, explica.Él es el único que se encarga de batir, luego colocan sal de grano  para cuidar el deshielo.
 
EL ITACATE. Aunque en este tianguis se necesita mucho estómago, siempre hay opciones para llevar,  como los tlacoyos de frijol, papa y chicharrón con chile que prepara doña María Ramírez Crispín, una de las vendedoras  más veteranas de este tianguis, que da la posibilidad de comprar algo para preparar muy rápido y con poco esfuerzo, y ponerle encima lo que gustes.

 

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