SIN CLÓSET: La bruja

Veo a tu esposa, pronto podrás tener con ella el hijo que esperan, me dijo una mujer de Alajuela, pueblo de Costa Rica, donde ‘hay mejores adivinas que en Catemaco’
Raúl Piña
14/08/2015 - 04:00

Abro la puerta de mi departamento y como una ráfaga entra mi amigo Horacio.

Con un rápido ‘hola’ me empuja y entra directo hacia el refrigerador. Avienta su mochila contra mi sillón, se desprende de sus lentes de sol y con respiración agitada se empuja media cerveza de un trago, mientras me hace señas de “no te la vas a acabar”.

Se sienta y me dice muy serio: “Acabo de encontrar a la mejor bruja del mundo.  Es de Costa Rica, de un pueblo que se llama Alajuela y de allá son las mejores del planeta. Mejor que las de Catemaco”.

Pone los brazos en jarrita y como todas las jotitas caprichosas me dice con vocecita de caricatura y carita de puchero: ”No te burles de mí. Ya sabes que a mí me gustan esas cosas y a ti no, pero no te rías.”

Casi se pone de rodillas para que vaya con él a ver a la famosa pitonisa/bruja/maga/adivinadora/chamana/embustera/charlatana/engañabobos/etc.

“¡¡¡Áaaaaaandale!!!  ¡¡¡Vamos!!!”

Con tal de nos seguir escuchándolo acepto ir, mientras él brinca de alegría con muchos: “Viva, viva”  y aplausitos de emoción.

El ‘consultorio’ de la mujer ésta, es un departamentito en un edificio “equis” de cualquier colonia en la Ciudad de Mexico. Puerta de lámina, cortinas muy pesadas y rojas de terciopelo impiden la luz que viene de fuera y el olor a gato es horrible. Cuatro de éstos me rodean y me dan la vuelta a la pierna como diciéndome que ahí no hay lugar para los escépticos.

Aparece la ‘iluminada y santa mujer’ y nos invita a sentarnos. Horacio es todo emoción y nervios. Sus dedos no paran de tamborilear y se moja los labios como si lo fueran a besar.

—¿Cuál quiere ser atendido primero? —pregunta la señora.

—Yo, le digo. 

Y mi amigo abre ojos del tamaño cazuela de arroz y la mira, me mira, la mira, me mira… y  me dice:

—¿Tú? 

—Sí, yo, le contesté.  

—Leáme las cartas doña… doña…

—Sylvia —me dice arrogante —Sylvia con “y” griega por favor, me aclara.

—Ándele pues, doña Sylvia con Y griega, leáme las cartas.

Hago todo el ritual de por mí, por mi pasado, por mi no sé qué más…. por mí y parto las cartas, y ella escoge un grupo de las mismas y me dice:

—Estás pasando por un mal momento  (éste, pienso para mis adentros). Sin embargo, veo que pronto llega a ti la felicidad (cuando salga de aquí, pienso).

Tienes que ser más relajado y pronto tendrás a la pareja esperada. Horacio lanza un tímido: ¡Yeiiiii!. Y sigue atento, mientras me sonríe y me guiña el ojo muy feliz.

Debo aclarar que paso por malos momentos como todo el mundo, pero nada que determine un estado o un caso de infelicidad. Relajado soy y mi novio y yo recién cumplimos tres años de luchar todos los días por mantener la armonía y la felicidad juntos. Somos dos hombres contentos el uno con el otro.

Pero aquí viene lo bueno.

Sylvia con y griega me dice: “Aquí aparece una mujer, debe ser tu esposa, porque no es tu hermana ni tu mamá, ni una amiga cercana. Debe ser tu novia o tu esposa. La veo triste porque parece ser que tiene problemas de salud. Esta otra carta dice que pronto superará esos problemas y que tú y ella podrán tener el hijo que esperan, o uno más a los que quizás ya tienen”.

Me levanto de la mesa y le digo a Horacio: “Te espero afuera?¿O nos vamos ya?”

La cara de Horacio es de sorpresa, susto, pena, culpa, miedo de lo que le voy a decir al salir de ahí. Le paga a  Sylvia con Y griega y ella sin remordimiento toma los billetes.

El camino de regreso a mi casa fue un martirio para Horacito. No paraba de decirme: “Manito y ¿si te invito a comer?” (silencio) “Oye amiguis y ¿si vamos al cine?” (silencio).

“¡¡¡Ayyyyyy, yaaa dime algo, no seas así!!!”. Mis miradas —en silencio— lo decían todo y lo asustaban más.

Al bajarme del taxi le digo a mi ingenuo amiguito: “Lo único que veo en tu futuro es que no te la vas a acabar conmigo, al menos un mes”.

Horacito respira hondo y se lleva la manita al pecho, entrecierra los ojitos y dice casi musitando: “Ok, ok, ok”.

“Vámonos señor, por favor”.

 El chofer sonríe conmigo y me dice: “No sea malo joven, ya perdónelo”.

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