VIDAS CALLEJERAS

Rubén ha domado durante muchos años a una enfermedad y a los caballitos que ofrece cerca de la Basílica de Guadalupe
Paola Ascencio
14/01/2015 - 05:30
A unas cuadras de la Basílica de Guadalupe se esconde un viejo capataz de Michoacán. Su nombre es Rubén Juárez. Desde hace poco más de tres décadas su oficio y beneficio está en cuidar de sus caballos. Y es que aún cuando sus pequeños potros de menos de 30 centímetros de alto no requieren ni de arreos ni de lazo, sí necesitan de un nuevo caballerango.
 
Este hombre de 76 años vive de su diminuta caballeriza que se encuentra a los pies de un viejo poste de luz. Ahí limpia sus corceles, los cepilla y los deja listos para salir a cabalgar. Y aunque sus animalitos de plástico no demandan mucha atención, desde temprano hace un  gran esfuerzo por mantener a los equinos arreglados.
 
LOS PONE GUAPOS.  Con riendas de estambre y sarapes de fieltro, Rubén los arrea desde temprano. Los alinea por tamaños y por colores,  y a veces los prepara para cirugía. Pues  a los más grandes los abre y les da más vida de la que se le puede dar a un juguete en forma de animal. 
 
Así, desde niños de cuatro años hasta los adultos más nostálgicos pueden disfrutar de un caballo que, al pegarle en el costado, relincha y galopa.
 
TRES DÉCADAS.“Yo tengo aquí más de 30 años. Luego venían los papás a comprarles a sus hijos, pero ahora los hijos traen a sus hijos. Les gustan mis caballitos porque son diferentes a los otros. Yo los compro, los arreglo y les pongo sonido”, asegura este hombre, quien ofrece sus potros de trote ligero en la esquina de la calle Moctezuma.  
 
SUPERA EPILEPSIA.  Para Rubén mantener su cuadra impecable es su forma de sobrevivir. Después de llegar a la Ciudad de México a los 22 años para encontrar una cura a sus ataques de epilepsia, este hombre encontró su labor en las obras hidráulicas del Gran Canal.
 
Luego de un tiempo, la vida le sonrió cuando gracias al trabajo costeó su enfermedad y logró curarse. Ahora tras 20 años de jubilarse, este capataz de caballitos de plástico, mantiene su oficio para sacar adelante a su esposa y a su hermana, quien sufre de la misma enfermedad que él.
 
IMPOTENCIA. “Hay veces que ni para comer saco, pero hay días como hoy que sí me llevo mis centavitos para ayudarnos. Vivo con mi esposa, con ella me casé cuando yo tenía 30 años y ahorita, después de tanto tiempo, me apoya cuidando a mi hermana, en lo que yo trabajo aquí”, añade Rubén mientras sus ojos se inundan de lágrimas al sentir impotencia de no poder sacar más para su familia.
 
Dueño de más de 50 caballos de todos los tamaños, este vendedor te ofrece un corcel diminuto en cinco pesos o uno gigante en 75. Y es que el precio varía dependiendo del peso de sus caballos. No necesitan cuidados ni dieta fija, lo que necesitan sus caballos es un buen capataz con muchas ganas de jugar. 
 
Por eso, Rubén seguirá sentándose en su pequeño banco a la sombra del poste de luz. Cubriéndose del sol  con su sombrero y haciéndolo como lo ha hecho desde hace 30 años.
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