SIN CLÓSET: Les da duro... Por unos billetes

Algunos hombres tienen una doble vida que en ocasiones no pueden ocultar
Redacción
12/06/2015 - 04:30
Memo despierta cansado a las 12 del día.  La noche anterior fue agotadora.  Se rasca los huevos amodorrado aún y se estira como gato de casa rica.  De un brinco deja la cama y se mira en el espejo del viejo ropero heredado por su tía Lola.  
 
“Si no eres nada feo, cabrón”, se dice a sí mismo, y sonríe malicioso y pícaro frente a su propia imagen.
 
Memo maneja un taxi por las noches, y a veces no duerme bien, pero siempre tiene ánimos para ir un rato al gimnasio a echarse un rato de intenso ejercicio, quesque para despejar la mente. 
 
Al terminar su rutina, entra a las regaderas y es ahí donde se sabe rey y dueño de la situación.  Todos envidian sus bíceps, tríceps, cuadríceps, quintuciceps y lo que sigue. Su cuerpo moreno y escandalosamente perfecto, lo hace el centro de la atención y envidia —y de deseo— de casi todos los que lo miran. A sus 32 años, el mundo le pela los dientes.
 
Cuando salió de su casa no había nadie, así que se lanzó al puesto de jugos donde Marcelita  —una cuarentona soltera—  siempre le coquetea y acaba regalándole su licuado con doble yema de huevo. 
 
Pasa después por unas quesadillas y se regresa a dormir un rato más.  Al tiro de las 3:00 llegan sus tres hijos de la escuela haciendo ruido y se despierta malhumorado. Su mujer disculpa a los niños y los manda al patio de la vecindad,  mientras le cuenta cómo le fue en la venta de productos de belleza, además se queja de lo que cuestan las cosas, los uniformes, los peseros, lo caro de la renta y los zapatos que necesita.  Memo se levanta enfurecido y le dice que ya parece un disco rayado, por lo que se larga de la casa, no sin antes aventar unos billetes en la mesa del comedor.  
 
Se lanza al billar de la colonia y ahí se relaja un poco para comenzar con su trabajo nocturno en la manejada.
 
Son las nueve de la noche y Memo ya anda en el ‘jale’. Se hace pendejo un par de horas para dar tiempo a que sus ‘clientes’ favoritos aparezcan por ahí.
 
Tipo las 12 y cacho se acerca más a la Zona Rosa y hace guardia afuera de un par de bares gay.  Se baja del taxi y se recarga provocativo en él.  Sus muy entallados jeans delatan el tremendo bulto que se asoma entre la bragueta y  sus cachondísimos muslos. Se toca, se soba, se ofrece y no falta quien caiga.
 
Al subir el pasajero, Memo rompe el hielo con un: “¿Qué tal tu noche?  ¿No cayó nada o cómo te fue?”.  El cliente ya sin disimular y viéndolo de arriba a abajo le dice en un código ya muy conocido por el ligue ocasional gay, que no; que no cayó nada y que a él cómo le va en su noche de chamba.  Memo sonríe y le ofrece un cigarrillo.  “Nada mi cuate, nada. Y con lo que uno necesita la feria”.
 
El anzuelo ya fue lanzado, falta que pique el pez. La presa cae redonda y acaban en un motelito barato, por el rumbo donde vive el pasajero. Memo los conoce todos; ahí llegan a un acuerdo.  Memo le propone que todo por adelantado porque luego se dan los “Fabiruchazos” y él es una gente de paz.  
 
Con un par de esos “encuentros”, cuando mucho tres, Memo saca lo de su cuenta y hasta un extra para  poder cubrir sus gastos y ahorrar un poco para sus planes de cruzar al gabacho y ganar en dólares.  Su compadre Manuel le prometió que allá le echa la mano, pero que saque para el ‘coyote’.
 
Cuando el “cliente” le pide verlo de nuevo, le dice que “los clientes frecuentes” tienen tarifa especial, pero la única condición es: no besos y no enamorarse, porque Memo no promete ni amor, ni fidelidad. Memo no es gay, dice que sus clientes sí.  Él es macho y le gusta el dinero fácil. 
 
Nunca ha negado que le gustan las colitas, no importa si de hombre o de mujer, pero una buena cola no se desprecia.
 
Ya tiene clientes fijos que lo invitan a su casa y le ofrecen ricas viandas y buenas bebidas.   Hasta en jacuzzis caros se ha relajado y le han prometido hacerlo modelo, actor porno o, de plano, solo un mayate de planta. Memo no acepta porque él tiene mujer e hijos.  Aunque las ofertas son muy tentadoras, prefiere dinero líquido y de vez en vez, un buen regalito como una buena loción o una camisa de marca.
 
Su mujer nunca le hace preguntas.  Mejor callada, porque eso sí, nunca se le ha visto con otras mujeres.  Es más, ni coquetea con ellas.  La esposa no es pendeja, sabe que hay algo que no ‘cuadra’; pero a sus hijos y a ella no les falta nada.
 
A veces la ropa de Memo huele a otra loción de hombre, a veces sus calzoncillos huelen diferente, a veces llega con dos relojes o con zapatos que no puede pagar, pero ella, considerada, guarda silencio y no le exige nada más que lo que la casa obliga y sus criaturas.
 
Memo a veces siente un poco de remordimiento y se los lleva  a los juegos del parque, luego les compra juguetes.  A ella, una blusa o una sartén.  De pronto, en el paseo dominical, recibe una llamada a su celular de uno de sus ‘amigos’ y cuando cuelga le dice a su esposa que tiene que irse, porque un ‘pasajero’ tiene un viaje a Toluca de ida y vuelta, y esa lana le conviene. 
 
Ella le da la bendición y lo último que alcanza a decirle es: “Cuídate Memo, por favor”.
 
Memo le hace caso y pasa a una farmacia a comprar condones y lubricante. 
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