EL OBJETO DEL DESEO: Qué ímpetu el de su miembro...

“Sus jadeos avisaban que ya venía su derrame. Me acerqué sedienta para recibir el orgasmo y bebí su semen, bautizando así nuestra primera vez” (Foto: Oscar Altamirano)
Anahita
11/11/2015 - 04:30

Terminamos agotados de haberlo hecho toda la noche. No sabíamos qué hora era, pero la calle comenzó su trajín y las puertas de los departamentos de junto se abrían y cerraban, avisando las rutinas de quienes iban a enfrentarse a ese caos que, por lo pronto, nosotros estábamos lejos de padecer. 

Habíamos tenido una intensa madrugada de primer encuentro y no quedaba más que volver a contemplarnos y acariciarnos como hechizados, deseándonos los buenos días.

‘L’ me invitó un cigarro; luego, un fragante café. Acepté gustosa, como esa adolescente a la que le han dado permiso de hacer cosas de adultos; fue uno de los desayunos más energéticos que he probado en mi vida. 

En su cuarto, el aroma de los sexos combinado con los humos que expedían los alimentos, fabricaron un incienso muy difícil de pasar inadvertido para excitarnos otra vez.

Con tan sólo unos sorbos y los cigarros consumidos, arremetimos nuevamente; el sol de verano veía la contienda desde una rendija entre cortinas, que zanjaba las pieles, iluminaba los rostros y provocaba sudores.

“¿Quieres bañarte conmigo?”, me dijo, tendido de piernas y brazos abiertos en el colchón, con esa misma fascinación traviesa que me incitó a ir con él a su casa en la Escandón esa noche. Era imposible negarse a una ducha que refrescara los sentidos atontados de tantas penetraciones, caricias y remolinos. Prendió la radio, alistó las toallas y dueño de su territorio, temperó el agua de la regadera para recibir nuestras pieles llenas de intercambios, tan gentil como sus manos que tomaron las mías para sacarme de la cama. 

El flujo tibio escurría entre los dos; ‘L’ me abrazaba y restregaba su torso en mis senos, mientras delicadamente hacía mi cabeza hacia atrás en el chorro humedeciendo mi cabello; besaba mi cuello, esculpía mis nalgas y su pene endurecido rosaba mi entrepierna, advirtiendo que un nuevo lapso de placer estaba por comenzar. Tomó la barra de jabón, lo pasó por mi pecho y dibujó mis areolas, no sin antes chuparlas y beber el agua que escurría de mis pezones erectos. Mi lubricación no se hizo esperar y sin saber si era el jabón o mi fluido, aprovechó su tersura y untó la sustancia en mis muslos que temblaban expectantes, como el resto de mi cuerpo, de lo que iba a suceder en ese baño, empañado de vapores.

Siguió enjabonando; pasó la pastilla de olor masculino por mis brazos, lavó mis hombros, la hundió en mis axilas haciéndome cosquillas y continuó con mi cuello, a la vez que consentía su falo para luego tomar mi mano y relevarlo en las caricias.

Qué ímpetu el de su miembro que se engrosaba en cada jadeo que yo emitía cuando sus dedos resbalosos paseaban por mis ingles... Era el preámbulo del enfrentamiento que ansiábamos los dos.

De pronto, me giró contra la pared tirando la barra y tuve que sujetarme de una perilla y la jabonera, plantar bien mis pies y dejar, gimiendo y muy caliente, que me penetrara por detrás. La cascada caía en mi cara; era un goce indescriptible sentir su pene entrando y saliendo, y sus dedos provocando mi clítoris, mientras el fluido templado cubría mi nuca sumisa ante la embestida hasta venirme como ese torrente de la regadera.

Honrando el orgasmo otorgado, era mi turno en el aseo corporal. Lavé su torso alfombrado de pelaje castaño, recorrí sus costados, sus bíceps torneados, subí a sus hombros y me adherí a su pecho para alcanzar toda su espalda y así bajar la espuma a su trasero redondito. 

Su falo empezaba a avivarse de nuevo; fue la oportunidad perfecta para volver a frotar mi pubis que también renacía punzante. 

Tras una deliciosa fricción, me hinqué frente a él sujetando sus glúteos y enjaboné sus genitales, al tiempo que yo salivaba contemplando su glande. Enjuagué la zona del deseo para lamer la puntita y luego comerme su pene lustroso, aferrándome a sus muslos tensos y viriles. ‘L’ sería mi guía; mi cabeza era suya y su falo de mi boca, mientras el agua se llevaba los restos de jabón en su piel. Sus jadeos avisaban que ya venía su derrame; me acerqué sedienta para recibir el orgasmo y bebí su semen diluido en agua, bautizando así nuestra primera vez.

En el taxi camino a casa, no dejé de pasar mi nariz por mis manos y brazos, deleitándome con el aroma a lavanda que dejó esa erótica barra de jabón.

 

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