SIN CLÓSET: El chavorruco gay

Los 'chavorrucos' de la comunidad gay tienen un estilo muy marcado para enfrentar el inevitable paso del tiempo
Raúl Piña
10/07/2015 - 05:30

Este tema tiene que ver mucho conmigo. A mis 52 —ya sé que no se me notan y además me lo dicen siempre— me gusta rodearme de gente más joven que yo e ir a lugares donde gente de hace 30 años, a la edad que yo tengo, nunca hubiese ido.

Dicho lo anterior, aclaro que trato de no caer en actitudes obvias y/o ridículas de personas que padecen el Síndrome de Peter Pan. Forever young (Siempre joven). 

A diferencia del chavorruco buga (hetero) que por lo general sólo pretende ligarse chavitas más jóvenes y llevarlas a la mesa de pista en algún antro para después hacerlas sus novias y así mantener el estatus de conquistador, el chavorruco gay tiene una eterna lucha contra el tiempo, el espejo y los que lo miran pasar. Pero más que nada, consigo mismo.

No es nada nuevo el saber que la gente gay —en particular los hombres— temen hacerse viejos y buscan siempre aferrarse a cosas, a gente, a modismos y modas que los mantengan vigentes.

Conozco varios casos.

Existen aquellos que insisten en usar tenis Converse y pantalones pescadores como si tuvieran 22 años. Se tiñen las canas y en el extremo caso se hacen “luces” y ya como lo último, figuras asimétricas en el cráneo.

Se sienten tan juveniles, que se hacen el primer tatuaje a los 45 y se hacen acompañar de amiguitos de 20 y algo que los animan y los llevan a donde los hacen “chidos” y donde se sentirán como en casa. 

Los ‘piercings” no pueden faltar y los más recurrentes son los de pezón, porque a su edad se van a un ‘rave’, se entachan cual chamacos y al ritmo de la música electrónica es ahí donde se despojan de la camiseta —blanca por lo general— y muestran sus ya no tan firmes pechos. Pero con arete. ¡Uuuu! gritan al igual que todos y usan palabras como: “Goooooeeei”,  “Obvi”, “No pinches mames”, etc.  Eso los incluye totalmente y los hace sentirse bienvenidos en un ambiente del que nunca quieren despedirse.

Están al día en tecnología de punta y generalmente traen consigo su Ipad, Ipod, Iphone, Iwey, etc.

“Esta música es lo mío”, me dijo un amigo de 50, cuando fuimos a un antro y tocaban ‘trance’.  Comenzó a moverse como almeja 

con limón y corrió a la barra a pedir un “Cosmo”. ¿Qué tomas, me preguntó? 

—Chela —le respondí.

—Weee, eres equis mil —me espetó, mirándome como si yo fuera la reencarnación de Joaquín Pardavé o no sé quién —eso es de rucos no mames. Pídete un martini de chocolate —me sugirió, mientras se metía a la pista brincando como niño en trampolín.

No habían pasado ni cinco minutos de su bailecito, cuando lo vi trepado —literal— en las bocinas gigantes del lugar (baffles creo se llaman) y desde allá me hacía señas de pulgar abajo. Como diciéndome que era un anciano.

Decidí recoger mis 52, muy bien vividos y divertidos años, y enfilé a la puerta de salida.

No estoy en contra de la diversión y soy de los que puede salir hasta tres noches seguidas y pasarla bien en muchos y variados lugares. Sólo que creo que para todo hay un tiempo en la vida y también un estado de ánimo que te haga sentir bien y no que te comprometa a adoptar una personalidad que ya no te va y que no te hace ver bien.

Al día siguiente, le llamé a mi cuate para preguntarle cómo se sentía y me dijo que había estado de 10 su noche. Lo único que no le había gustado de ese antro es que tenía muchos espejos.

¿Cuál es el problema con eso? —me atreví a preguntar.

—No me gustan los espejos —me susurró casi como un lamento —porque es lo único que me recuerda que ya estoy viejo.

 

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