EL OBJETO DEL DESEO: “Me hace suya con su lente”

Qué delicia redescubrir su torso tras un par de años sin estrujarlo cuando le quitaba la camisa
09/12/2015 - 12:02

“Sin salir de mi vagina, estiró la mano para alcanzar la cámara que había atrapado ambas pieles en el pasado y comenzó a fotografiarme delirando”

Nunca tuve tal admiración por un fotógrafo como por él. Yo conocía historias sobre cámaras escondidas en lugares estratégicos, pero ‘S’, un español de ojos verdes y gesto de conquistador como su segunda arma letal, se las ingeniaba para convencerme; esa persuasión ansiosa me excitaba.

La primera vez, como las siguientes, preparando la cena nos hacíamos arrumacos y fricciones corporales maridados con traguitos de vino y él, como buen pistolero, desenfundaba la cámara fotográfica y sacaba instantáneas, sometiéndome por detrás mientras metía su mano en mi sexo o jugando con mis senos. 

Sin esperar llegar al postre para arrancarnos la ropa, suplicaba tomarme una foto cuando me desnudaba. Entonces, me negué. Pero luego de varias sesiones de cenas y fusiones, fui cediendo porque me había dado cuenta de que le daba más sabor al encuentro.

Esa mezcla de timidez y osadía que yo desconocía me entregaba a la lente sin importarme demasiado. 

La más reciente noche, en ese departamento que me sabía de memoria, me recibió con un abrazo arrojado y gustoso de haber aceptado por fin su invitación. 

Engreída, me escapé de su regazo, y como en mi casa, me dirigí a la cocina, deshaciéndome de la chamarra y los zapatos, que caían en el camino, para ir por una cerveza. 

–¿Aún conservas esa cámara? –pregunté, dándole un trago a la botella y cerrando el refrigerador.

–¿Antes no quieres comer algo? –cuestionó confundido por el desdén mientras iba tras de mí, levantando las prendas. 

Pero luego de un rato de cínicos desplantes, no soportó tal rebeldía, me jaló de la cintura y me besó embravecido, arrebatándome el envase para dejarlo en la mesa del comedor, tambaleándose sobre su base como yo entre sus brazos. Bufando, me zafó la camiseta, el brasier y me mordió los labios; yo reía retadora y me comía su lengua anhelante de la mía.

Qué delicia redescubrir su torso tras un par de años sin estrujarlo cuando le quitaba la camisa…

Vengativo, me aventó en el sofá; mientras se bajaba la bragueta, fue a su cuarto y regresó con la cámara, la dejó en la mesa de centro y se despojó del pantalón; acostada y candente, recibí su cuerpo sobre el mío y empezó a restregar su falo aún cubierto por sus bóxers en mi pubis ataviado de mis bragas, que absorbían mi primer jugo, el cual mojaba la tela de mi enfurecido atacante. Y como un ser con vida propia, su miembro salió de la ropa interior y con mis pies ayudé en el escapismo acariciando su trasero; ‘S’ hizo a un lado la tanga, sumergió su rostro comiendo mi carne viva y en imperiosa revancha, clavó su pene, emitiendo un resuello de triunfo. 

Sin salir de mi vagina, estiró la mano para alcanzar la misma cámara que había atrapado ambas pieles en el pasado y comenzó a fotografiarme delirando; mis manos en mis pechos y mi vientre contrayéndose en cada empujón se guardaban en el lascivo artefacto.

—Te gusta que te tome fotos cuando te follo, ¿verdad? —me retaba; yo avivaba su furia sexual sonriendo altiva y él, mi libido lanzado flashazos. 

Con agilidad circense, cambiamos posiciones; ahora ‘S’ retozaba jadeante sobre el sillón y reía desafiante sin soltar el objeto indiscreto para enfocar mi boca provocando su falo que, vanidoso, parecía que posaba en cada lamida. De lado, de frente, desde arriba; era un experto de la imagen, que gemía y suprimía el orgasmo, concentrado en su obra. Sin embargo, ya venía la culminación y en un oral hambriento, logré que eyaculara explosivo sin que la cámara importara, cayendo al suelo desde sus dedos sin fuerzas al igual que su voz repitiendo mi nombre. Su semen escurría de mis labios. 

Inconsciente, buscó el aparato como quien desea defenderse de la deliciosa derrota, pero ahora era mi turno y velozmente alcancé el arma... Por primera vez, su desfallecido semblante formaba parte de su propia colección.

Bufando, me zafó la camiseta, el brasier, y me mordió los labios; yo reía retadora y me comía su lengua anhelante de la mía.

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