ASESINOS SERIALES

Jim Jones acabó con la vida de cientos de personas que lo siguieron en su culto religioso
Ricardo Ham
09/11/2014 - 05:30

 El reverendo Jim Jones caminaba lentamente por la isla, miraba alrededor enorgulleciéndose de los seguidores del Templo del Pueblo, una pequeña aldea agrícola donde amar a Dios y trabajar en comunidad, haría libre a cualquiera que deseara seguir las palabras del líder y que fuera sumisa y dispuesta a obedecer  al comprensivo Jim. 

La tragedia había ocurrido, sus pasos estaban envueltos de un lúgubre silencio, como si el mar  hubiese quedado mudo para escuchar los pensamientos del líder de la secta, las reflexiones que lo llevaron a ordenar el homicidio de 5 personas que buscaban escapar del mundo perfecto de Jones, pero sobre todo, el silencio sepulcral de los 909 cadáveres que rodeaban el camino de Jones, resultado del suicidio colectivo ordenado por el mismo sacerdote minutos antes de darse un tiro en la cabeza.

James Warren Jones era, sin duda alguna, uno de los líderes religiosos más influyentes en los Estados Unidos a finales de la década de los 70, y manejaba un singular discurso en el que combinaba cristianismo, marxismo y lucha de clases.

Jones era seguido por centenares de personas, casi todas ellas provenientes de la clase humilde y de minorías raciales, la personalidad del reverendo poco a poco adquirió una impresionante influencia entre la comunidad de California, al grado de que importantes personajes políticos cortejaban al líder de “The people´s Temple”. 

Sin embargo, la popularidad y arraigo que Jim Jones había adquirido empezó a llamar la atención del gobierno y la prensa. Algunas filtraciones sobre escándalos sexuales y rígida disciplina  al interior de la secta, obligaron al reverendo a poner tierra de por medio, se vio obligado a dejar la Unión Americana junto a cientos de sus seguidores refugiándose en un terreno de 10 mil hectáreas adquirido en 1974 al gobierno de Guyana, lugar donde finalmente fundaría Jonestown, el territorio utópico que prometió a sus discípulos.

Ante las terribles condiciones de vida, falta de agua y largas jornadas laborales, los familiares de los seguidores de Jones piden al gobierno norteamericano una  investigación oficial. 

El congresista por California Leo J. Ryan visitó Jonestown e inspeccionó las condiciones de vida que allí se daban. Durante su visita recibió notas ocultas de miembros que querían huir. 

El informe de los visitantes norteamericanos sería desfavorable para Jones, los periodistas se encargarían nuevamente de realizar una campaña contra la secta lo que significaría la intervención del gobierno de Guyana para poner fin a sus actividades. 

El líder no cesaba de hablar de las conspiraciones contra él y su comunidad, de la inminencia del asalto final donde sería necesario adoptar “el estado de emergencia”. Seguro de su razonamiento, Jones ordenó preparar un recipiente de cianuro mezclado con refresco, había llegado el momento de cumplir la palabra empeñada por los miembros de la secta al unirse a ella, todos y cada uno se comprometieron, por escrito, a quitarse la vida si Jones o la comunidad en su conjunto sufrían un ataque del exterior.

De inmediato reunió a todos sus fieles y les dijo que el momento había llegado. Era la hora de morir y todos debían hacerlo con dignidad y sin atemorizarse. El mundo exterior los había atacado y ya nunca gozarían de la tranquilidad y la paz que habían vivido durante este tiempo. Era, como lo habían ensayado decenas de veces, el momento de encontrarse en otro lado, más allá de la vida y sus corrompidas costumbres. En pocos minutos se formaron largas filas y cada miembro recibió su ración de veneno. En primer lugar fueron los niños los elegidos, sin saber de qué se trataba inocentemente se formaron para que las enfermeras les introdujeran el cianuro en su boca. 

 

Finalmente, el 18 de noviembre de 1978, más de 900 seguidores de la secta “El Templo del Pueblo” son encontrados muertos en un apartado lugar de la selva en Guyana, algunos fueron tiroteados, otros obligados a tomar veneno en lo que ellos denominaron un “suicidio revolucionario”. 

 

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