Un milagro llamado Oceanican

Dedicada desde siempre a rescatar perros abandonados, Areli sueña con enseñar que es mejor adoptar que comprar
Elizabeth Palacios
08/09/2014 - 23:24

Areli se levanta muy temprano. Apenas tiene esos minutos antes de que el sol salga para ella.  Después del desayuno tiene que preparar una lista de lo que necesitan sus pequeños. 

Algunos deben tomar medicina, otros requieren cuidados especiales, algunos sólo actividades y ejercicio. Cuando ha dejado todo organizado ya brilla el sol en el bosque del Cerro del Ajusco. Es la hora de dejarlos para ir a trabajar, ganar dinero para alimentarlos.

Esto puede sonarle familiar a cualquier madre de familia, sólo que los “hijos” de Areli son 300. Todos peludos y comen decenas de kilos de croquetas al día.

Desde niña, Areli Limón tuvo inclinación por ayudar a la gente y a los animales, vocación de servicio que la llevó a estudiar derecho. Fue su abuela quien le enseñó a no soportar el sufrimiento de los animales. Recuerda haberla visto siempre buscando hogar para todo perro o gato abandonado o en peligro.

Hace cinco años, Areli encontró a Chano, su primer perrito. Era un saco de huesos, pelo y piel. Debajo de las huellas de maltrato, se escondía un schnauzer muy bonito, pero eso se supo hasta que Areli lo había curado, alimentado y llenado de amor, a pesar de que ese perro había sido desahuciado por desnutrición.

Fue entonces que Areli descubrió que, con cariño y cuidados, un animal se transforma por completo. Así que, siempre que iba a cualquier lado, abría bien los ojos por si encontraba algún perrito abandonado.  En aquellos días vivía con su madre en Cuajimalpa. Cuando ya había rescatado a tres perritos, buscó una casa con jardín donde adoptó a otros cuatro. Fue cuando llegó Dona y con ella, la oportunidad de aprendizaje de cariño y solidaridad más grande que Areli recuerda.

Dona llegó embarazada y con cáncer de mama. Dio a luz a 10 cachorros a los que no podía amamantar. Areli consiguió a otra perrita embarazada que serviría de nodriza y que tenía a su vez siete cachorros. De un día para otro, la población de perros rescatados subió a 30. La casera le pidió que entregara el inmueble.

Una mudanza más, esta vez hacia la carretera al Ajusco, pero ahí los vecinos se quejaron y Areli, su madre y su novio se mudaron otra vez.

Se fueron hasta lo alto del cerro del Ajusco pero los problemas eran muchos. Tenían que acarrear 300 litros diarios de agua y también hubo problemas con el arrendador. Al final, el destino le encontró el lugar perfecto para lo que hoy es el refugio Oceanican, en cuyo logotipo aún se ve la figura inspirada por Dona.

Es una casa con un terreno de siete hectáreas donde hoy viven 300 perros. La renta, pipas de agua cada seis días, alimento diario y el salario de cuatro personas que dan mantenimiento al lugar, la pagan Areli, su madre y su novio con ingresos de sus actividades profesionales. Como aún no se han constituido como una asociación civil, sólo reciben donaciones de alimento, medicinas, vitaminas y cualquier otro apoyo.

Hoy Oceanican está al límite de su capacidad de espacio y recursos, pero no de su capacidad de brindar amor y una nueva vida a los perros. Por ello, promueven las adopciones responsables y sólo admiten nuevos perritos cuando alguno se ha ido a un hogar para ser feliz.

Dona llegó a la vida de Areli para enseñarle a pedir ayuda y para mostrarle el verdadero valor de la solidaridad. Areli aprendió que si bien existe gente capaz de maltratar y abandonar a los animales, también hay personas dispuestas a ayudar en casos como el de Dona y sus cachorros.

Sueña con poder concientizar a niños y jóvenes, con enseñarles que los perros no son juguetes y que es mejor adoptar que comprar. Quisiera tener una brigada de veterinarios que pudieran llevar campañas gratuitas de esterilización  a todos los rincones y, por supuesto, que los perros que vivan en su refugio estén en las mejores condiciones. Sus sueños son grandes, pero le inyectan fuerza sus pequeños 300.

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