Es hija de una ausencia presente

"He encontrado en mi militancia y en mi papel como defensora de derechos humanos quizá el único lugar en el que, aunque estoy incómoda todos los días, puedo estar tranquila conmigo misma”, cuenta Tania
Elizabeth Palacios
07/05/2014 - 20:52

El 9 de junio de 1977, el corazón aún minúsculo de Tania latió más fuerte de lo normal. La angustia de su madre le llegaba a través del cordón umbilical, en ese vientre que todavía tenía por cuna, donde se movía más de lo habitual.

Apenas cinco meses atrás la habían concebido y aquella tarde, a Tania se le acababa la mitad de su mundo; su padre había sido desaparecido.

Eran las ocho y media de la mañana cuando Rafael, estudiante de la Facultad de Economía de la UNAM, salió de la casa que compartía con su esposa Sara y su hijo Pavel, de apenas 11 meses. Iba a buscar a Aurelio, su medio hermano, que había desaparecido días atrás; ambos eran miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Rafael ya no volvió, fue capturado por la Brigada Blanca y llevado al Campo Militar Número Uno.

Cuatro meses más tarde, Sara sintió los dolores del parto. Hasta la fecha, ella y su hijo no pueden evitar pensar que en aquellos días, tal vez en algún lugar, Rafael también gritaba de dolor, mientras seguía siendo torturado. Tania apenas nacía y su vida ya estaba marcada por la constante presencia dolorosa de un padre ausente.

De baja estatura y sonrisa amplia, destaca en el pecho de Tania Ramírez Hernández una camiseta con la fotografía de su padre impresa. Este año ella cumplirá 37 años, los mismos que ha defendido una causa que le vino con la leche materna.

Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, quería dedicarse al estudio de la literatura hispánica, pero su origen fue determinante. En el 2000, junto a otros hijos de desaparecidos, exiliados, asesinados y presos políticos de México fundó H.I.J.O.S. México, desde donde continúa una batalla de resistencia pacífica contra el olvido y, de alguna manera, una búsqueda de la reivindicación de la lucha de su padre.

Desde muy pequeña acompañó a su madre y a su abuela a las manifestaciones. Alfabetizó en las comunidades más pobres del país, a la misma edad en la que sus conocidos sólo se divertían.

Admite que durante largo tiempo, la grandeza de la causa de su padre era un obstáculo para conocer detalles más cotidianos. Como hija sólo quería saber si le gustaba el café con azúcar, si jugaba al futbol o a las luchas. Se probaba su ropa, quería saber cómo olía ese hombre al que sólo ha visto en fotos.

Hoy es la directora de la carrera de Derechos Humanos y Gestión de Paz, en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Ahí contribuye a la formación de nuevas generaciones de defensores de derechos humanos.

Escucharla hablar de los estudiantes provoca una ternura inevitable.

Sus ojos brillan y la sonrisa se dibuja en automático. Imposible no preguntarle si, en medio de sus propios miedos, ella desea ser madre; no lo sabe. Lo desea, se derrite al ver a los niños, pero aún sobreviven los miedos. No quiere que se repita la historia.

A casi 37 años de distancia, Tania no se atreve a decretar si su padre está vivo o muerto. Él está desaparecido y ella seguirá, junto a su madre, su hermano y todas las personas que han sido víctimas de la desaparición forzada de un ser querido, luchando por preservar la memoria, por impedir que el olvido ayude a que la injusticia y la impunidad sean lo único que en este país no esté condenado a desaparecer.

 

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