Me gusta tomarte lento

Es una mujer de armas tomar y peligrosamente sensual; ahora esta bella actriz dejó esa actitud ficticia
Lulú Petite
06/05/2014 - 03:00

Me gusta tomarte lento. Como una copa de tinto o una taza de buen café. Me gusta hacerte el amor despacio, con un poquito de picardía y otro poco de ceremonia. Me gusta verte a los ojos y tararear la música de Misión Imposible, mientras desabotono tu camisa y te doy los primeros besos. Me gusta desnudarte con la luz prendida y ver tu pecho desnudo, besarlo, sentirte estremecer.

Me gusta lamer tu cuerpo y probar ese sutil sabor a jabón y sal que siempre tiene tu piel suave, casi lampiña. Me gusta tumbarte en la cama y arrodillarme a tu lado para robarte un beso. Terminar de desnudarme y dejar que mis pezones rocen tu pecho mientras me como tus labios.

Me gusta que no digas nada, que me mires con esos ojitos tuyos de venado acorralado y que, de pronto, se te tornan de rinoceronte en celo. Me gusta abusar de ti. Morder tu piel, acariciar tus cavidades, desplomarme sobre tu cuerpo y dejarte sentir mi peso muerto sobre tu tórax duro y musculoso.

Me gusta restregar mi vagina, todavía con el calzón puesto, sobre el tallo de tu erección, me gusta que sientas cómo la tela de mi lencería está húmeda, cómo has logrado que me moje entre tus brazos.

Me gusta que me beses, que seas un poco bruto y otro tanto tosco, que me apañes de los brazos y claves sus labios gruesos y varoniles en mi boca ansiosa. Me gusta sentir tu lengua y tu respiración cortada, sentir en mi boca la caricia intermitente de tu aliento en cada jadeo, me gusta buscar tus muslos y encontrar entre ellos tu erección, hermosa, altanera, dura.

Me gusta que me pongas boca abajo y sentir tus dedos rústicos moverse por mi espalda, buscar contornos, ponerme la piel chinita cuando acaricias la curva de mi cuello, cuando rozas mi espina dorsal, cuando te acercas a mis nalgas. Es tan plena la sensación que, por momentos, parece insoportable, me hace sufrir, pero me gusta. Me gusta cuando me hablas al oído y como si un alfiler con la droga más placentera se me clavara en la nuca, me haces sentir un escalofrío que me hiela el cuerpo, que me inunda de placer.

Me gusta cuando bajas y besas la parte trasera de mis muslos, metes tus manos entre mis nalgas y, como si de abrir un libro se tratara, me separas las piernas con brusquedad. Me gusta cómo metes la cabeza y me besas el perineo, provocándome placeres que me abochornan.

Me gusta cuando te comes mi cuerpo, cuando bebes de entre mis piernas y la forma experta que tienes para encontrar mi punto débil. Me gusta tu capacidad para sacarme un orgasmo apenas a los primeros lengüetazos.

Me gusta respirarte. El aroma detrás de tu oreja, que no es el mismo del pecho y dista enormemente de parecerse al aroma de tu sexo. Un aroma de mar y tierra que me envuelve mientras te pongo el condón y me llevo a la boca tu miembro enorme.

Me gusta que lo disfrutes, ver cómo te retuerces y cierras los ojos, cómo tu respiración se acelera y tu pulso brinca. Me gusta ver cómo te contorsionas y gimes, mientras siento en la nariz y en mi mentón el cosquilleo de tu vello púbico cada que tu miembro se pierde en mi garganta.

Me gusta tocar tu pecho y esperarte, sentir cómo me separas las piernas y apuntas con cuidado la punta entre mis piernas y, de pronto, sentir cómo me invades, sentir ese pedazo largo, grueso, venoso, blanco, me parte en dos y me ocupa deliciosamente. Me gusta colgarme de ti, abrazar tu cuello, tu espalda, tus nalgas. Sentir cómo me empalas y, al mismo tiempo, me satisfaces.

Me gusta besarte a ciegas, sentir cómo te mueves dentro, escucharte gemir, decir mi nombre, pedirme cosas. Me gusta tu perseverancia, tu cara, tu aliento, tu sentido del humor, tus nalgas, tus besos, tu forma de ser.

Me gusta verte y lo disfruto. Adoro tu cadera liviana y la forma de moverte como un espléndido taladro de placer. Me gusta sentirte, que me tomes de la mano cuando estás a punto de venirte, que me aprietes, que tu cuerpo se endurezca por un segundo y, de pronto, grites para celebrar tu orgasmo y, si puedes, me esperes para terminar juntos.

Me gusta cuando suena el teléfono y allí está tu nombre, porque sé que terminaré rodeándote con mis piernas, que me podrás pedir coger de cucharita, de chivito al precipicio, de perrito, con mis piernas en tus hombros, montándote; me gusta que siempre quieras coger de una forma distinta a la anterior.

Me gusta que te vayas contento y coger contigo cuantas veces quieras, pero lo que más me gusta de todo esto es que, al despedirnos, siempre queda la promesa de repetirlo y, aunque a veces tardes, me gusta cuando al fin suena el teléfono y eres tú: 

—¿Qué ondita Lulú? ¿Puedo verte donde siempre a las nueve?

Y me gusta esperar a que den las nueve y, mientras, me gusta escribir un texto, pensando en lo que voy a hacer contigo, en lo rico que habré de cogerte, en cómo ganarme mi orgasmo y mi paga. Me gusta que ya casi son las nueve. Me gustas tú, no te hagas, ya sabes quién eres.

Hasta la próxima

Lulú Petite

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