VIDAS CALLEJERAS

Francisco cambio la albañilería por la música y ahora recorre el Metro para deleitar a los pasajeros con las melodías que salen de su violín
Paola Ascencio
04/03/2015 - 05:30
Francisco camina a donde sus pies lo lleven. Anda entre la gente, entre túneles y entre escaleras; lo hace de día y de noche. Y es que al caminar, este violinista siempre elige un nuevo lugar donde tocar. 
 
Lo hace desde hace tres años, pues la necesidad de un nuevo trabajo lo llevó a incursionar en la música. Así, llevando una dulce voz de madera entre sus brazos, Panchito —como le gusta que lo llamen— toca y armoniza las largas líneas y escaleras de todo el Metro de la ciudad.
 
Ya lo había imaginado, pues 11 años atrás —cuando edificaba construcciones como albañil—, pensó en que algún día  su fortaleza desaparecería, junto con la posibilidad de seguir en las  obras. 
 
Por eso compró un violín, en el cual vio un futuro prometedor y una melodiosa esperanza. 
 
“Pensé que un día ya no iba a poder con el trabajo. Entonces, aunque no sabía tocarlo, escogí el violín por ligero, porque si fuera un acordeón ya no lo aguantaría y la guitarra tampoco. Éste es una plumita, no pesa y a donde quiera me meto y no estorbo ni le estorba a nadie”, menciona Panchito.
 
 Con constante lucha y ganas de resonar, este hombre  aprendió a tocarlo en menos de cinco años. Asegura que en casi todo se educó solo, pues bastó de unos cuantos consejos para domarlo, para que sus cansadas  manos intentaran hacerlo cantar.  
Ahora, a sus 75 años, las canciones rancheras, corridos y “uno que otro huapanguito”, resuenan entre los túneles y escaleras del tren subterráneo.
 
“Es difícil, pero me gusta. Ahorita ya no tengo fuerzas, se me acabaron y en ese momento en el que se van, ahí se acaba todo, eso es. Pero me gusta tocar mis canciones y es mejor que estar ahí ‘arrumado’ en la casa”.
 
Desde Nezahualcóyotl y caminando de estación en estación, este hombre músico elige siempre un nuevo lugar. Dice que lo hace para que no lo levanten, porque los policías no lo dejan trabajar. Lo quitan y lo corren, por eso transita con su mágico violín entre los brazos por varios lugares de la capital.
 
Escoge uno y ahí toca hasta que el cansancio lo vence. Es cuando regresa a  su casa con su esposa, para entregarle las pocas monedas que le regala la gente. Aunque el tiempo le arrebató la capacidad de escuchar en un oído, todos los días hace que suene su instrumento.
 
 Por eso, este hombre de poca fuerza pero con mucha voluntad, seguirá caminando y compartiendo la música de su querido violín.

 

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