VIDAS CALLEJERAS

Gregorio encontró en el arte una alternativa para subsistir en las calles de la Ciudad de México
Paola Ascencio
03/09/2014 - 03:30
Gregorio Domínguez se sienta casi todos los días enfrente de la torre de El Caballito, donde inicia avenida Juárez. Con las manos llenas de esmalte y el estado de Guerrero en la sangre, pinta cerditos y calaveritas de barro.
 
Este mes cumple un año desde que la calle Iturbide, lo acogió bajo la sombra de un edificio. Sus figuritas atraen a todo tipo de gente, pues el baño de color resalta en el pavimento gris de la ciudad.
 
Su oficio es la construcción, pero la falta de trabajo como restaurador de canteras, lo llevó a apoyarse en las artesanías.
Calaveritas, cochinitos, botellas y figuritas con formas de búhos, conejos o cazuelas, brillan bajo el sol y aguantan también la lluvia sin despintarse. Es barro traído desde Guerrero y a pesar de que la venta es poca, este hombre artesano de 50 años soporta el frío, el calor y hasta hambre con tal de vender una que otra pieza al día.
 
“Termino como ocho calaveritas chiquitas al día, pero si pinto de las grandes,  hago cuatro. Las calaveras son las que más vendo ahorita, creo que porque ya viene el Día de Muertos, pero los cochinitos también, por ser tradicionales”, cuenta Gregorio.
 
Desde 1980, Gregorio ha laborado en la Ciudad de México. No recuerda bien cuándo fue su último empleo como restaurador. Pero se acabó el trabajo, el dinero y los descansos. Mientras tanto, sobrevive de la técnica tradicional de pintar barro, que aprendió a los ocho en su tierra natal.
 
“Viene saliendo igual que cuando trabajo. A veces me va bien, a veces no tanto. Hay tiempos en los que pinto, tiempos en los que restauro”, comenta este artesano.
 
Para Gregorio, pintar sus figuritas de barro y venderlas ha sido un gran apoyo para sobrevivir. Y aunque los tiempos han sido difíciles, encontró en Benita Montes, compañera de banqueta, un par de manos artesanas que lo ayudan.
 
“Nos apoyamos en esta esquina, yo vendo mi madera de reflexología y a veces le ayudo con su barro o cerámica. Ya también hago mis propias calaveritas. Tenemos mucha artesanía, nosotros no queremos perder la tradición  porque hay mucha imitación china. Y también mucho malinchista”, menciona Benita.
 
Este par de artesanos ya lleva un año compartiendo la misma esquina. Se han aliado y les gustaría extenderse más. Aseguran que los restringen mucho, por lo que necesitan apoyo del gobierno para no perder esta bonita tradición mexicana que se está perdiendo con el paso del tiempo.
 
Sin importar las dificultades, y aún cuando a Gregorio Domínguez lo han levantado varias veces de su esquina, él se sienta diariamente enfrente de El Caballito amarillo que resplandece bajo el sol, para pintar y pintar sus cerditos y calaveritas.
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