A dónde irán los pasos descalzos

Jue, 31/10/2013 - 05:00

Qué será de los pasos de aquellos que se van descalzos, sin despedirse y desnudos de piedad. A dónde irán los pasos silenciosos de esos chavales que no volverán a sonreír. Dónde, maldita sea, descansarán su tristeza los que cerraron los ojos cuando la vida apenas era una promesa.

Miguel era un muchachito flaco, con tantos sueños como puede tenerlos alguien a los 15 años, y aquella mañana salió rumbo a la escuela todavía con algo de sueño y unos cuantos pesos para el pasaje. Mientras esperaba el colectivo, checó la hora en su celular. Aún estaba un poco oscuro y la luz del teléfono llamó la atención de un imbécil de esos que van por la vida con ganas de joder, nomás por joder, nomás por chingar sin trabajar. Se le hizo fácil quitarle el celular al chaval, pero Miguel opuso resistencia. Y así como si nada, con una sangre fría que da miedo, el asaltante dejó ir el filo de una navaja sobre el aliento joven de ese pequeño. Y allí, sobre el pavimento de una esquina cualquiera, Miguel se desplomó junto a sus libros de matemáticas y español. Sin que nadie viera nada, sin alguien que lo ayudara, el chaval soltó un último suspiro y pensó en su madre como si eso le aliviara. “Mamá, mamá”, quiso refugiarse en las palabras, pero en su boca solamente anidó un borbotón amargo de saliva. Antes de huir, el criminal todavía le quitó los tenis al joven inerte, que miraba al cielo con esa mirada que tienen los que se están despidiendo de manera definitiva. Y yo me pregunto, con esta maldita pena que me causa no entender un carajo, a dónde irán los pasos descalzos de aquellos que han sido despojados de toda risa, de toda esperanza, de todo hálito, de todo camino que había por delante.

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Yo no conocí a Miguel, no sé cuál era su color favorito, dudo que nuestros caminos se hayan cruzado alguna vez, pero me enteré de su muerte por una nota en el diario. Supe que lo encontraron tendido sobre el asfalto, con su uniforme de la secundaria y sin sus tenis recién estrenados. Me sentí conmovido con su historia, con los retazos de su vida que alguien fue contando. Supe que una semana antes fue su cumpleaños y que su madre, una humilde afanadora, le había regalado un celular de cumpleaños. Y me imaginé a Miguel chateando una noche antes en el Facebook, bromeando con sus amigos o dándole like a la foto de una amiga. Lo imaginé contento, antes de darle las buenas noches a su jefa. Yo no quería pensarlo allí tirado sobre el pavimento, con los pies descalzos y con ese frío en el cuerpo de los que se van despidiendo antes de tiempo. No, yo no conocí a Miguel, pero dicen sus compañeros de la escuela que era un muchachito tranquilo y delgado al que le decían “flaco”. Y me imaginé a mí mismo, en la secundaria, con mi cabello corto y mi uniforme gris con verde, batallando con las matemáticas o con las tareas. Y me imagino a tantos chavitos que salen de su casa cada mañana, todavía con sueño o quitándose las lagañas, sin saber si han de volver para abrazar a su madre o para renegar de la sopa de fideos. Yo no puedo creer, no puedo, que allá afuera haya tanto miserable al acecho, tanto depredador suelto. Yo no puedo creer, me cuesta trabajo, que un jodido celular sea pretexto para cortarte el aliento, para condenarte al silencio eterno.

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De verdad que no puedo creer que estas calles sean territorio salvaje, que allá afuera haya hordas de miserables, de corazones zombies que devoran todo a su paso. Yo no sé, maldita sea, quién es capaz de matar a alguien por una cartera o unos tenis o un celular. Yo no sé qué chingados pasa por la cabeza de alguien que te corta de tajo las ilusiones, la tranquilidad, el sueño y la posibilidad de volver a mirar a tus padres y hermanos. Yo no sé si aquellos salvajes pueden dormir tranquilos, si pueden comer sin un nudo en la garganta, si abrazan a su mujer, si tienen madre, si van al cine de vez en cuando, si agachan la cabeza cuando pasan frente a la iglesia, si no les atormentan los remordimientos antes de dormir, si con ese dinero que han robado alimentan a sus hijos, si los gusanos no se están comiendo su corazón podrido. Yo no lo sé, no lo sé, no lo acabo de entender. Son como zombies, como malditos zombies, que deambulan sin un motivo, que acechan en cada esquina, que se pudren en vida, que contaminan. Yo no sé cómo carajos pueden despertar cada mañana y seguir como si nada. Yo los maldigo, por cada Miguel, por cada mujer y cada hombre, por cada niña y por todos los que han caído, por todos los que se van descalzos, por todos los que no volverán a abrazar a su madre. Yo los maldigo, con las palabras de Dante Guerra: “No tendrás paz en este mundo,/ y no tendrás calma en el infierno./ No hallarás tranquilidad/ y tragarás fuego eterno,/ mientras te pudres en vida,/ mientras las cucarachas se hacinan/ en tu estómago y en tu pecho./ No tendrás paz, serás miserable,/ cada noche y todos los días,/ por los siglos de los siglos,/ porque todos te maldecimos./ A ti que tienes el corazón podrido/ y fétidos los alientos,/ te lo digo y te lo repito./ No hallarás calma en este infierno,/ que es tu maldita vida,/ vagarás descalzo y sin rumbo,/ con el corazón en jirones/ carcomido por los mismos gusanos/ que de vez en vez se asoman/ por tus oídos mientras estás dormido”.

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