Peña, la continuidad del desastre*

Vie, 30/08/2013 - 05:00

Durante medio siglo, entre 1934 y 1981, el país creció sostenidamente a una tasa promedio superior a 6% anual. Ese ritmo de crecimiento permitió promover numerosas reformas sociales. Ello sucedió sin que se llegara a formar un verdadero Estado de bienestar que erradicara la pobreza y bajo un régimen autoritario. Sin embargo, hubo desarrollo económico y cierto progreso social.

La crisis de 1982 fue aprovechada interna y externamente por los neoliberales para dar un giro al rumbo del país e imponer, sin consenso, un modelo económico distinto. Esta nueva ruta trajo consigo grandes retrocesos: la extensión de la pobreza y la agudización de las desigualdades sociales junto a una economía estancada.

El nuevo modelo se realizó a través de numerosas reformas estructurales, impuestas por el viejo régimen autoritario, por medio de las cuales se privatizaron los bienes de la nación, se fortaleció la inversión extranjera, se liberalizó el comercio exterior, se desmantelaron derechos sociales y se disminuyó el costo de la fuerza de trabajo en el país, entre otros efectos.

Han pasado 30 años de este modelo económico. Los saldos han sido terribles. La consecuencia más dolorosa está en una descomposición social que viene acompañada de una espiral de violencia que no cesa.

La enajenación de una pequeña élite política y económica, insensible frente a la decadencia imperante, sedienta de más riqueza y poder, y las presiones externas han llevado a la continuidad de este modelo.

Prácticamente ya sólo le queda a la nación la industria petrolera. Lo demás se ha perdido. Sin embargo, se pretende presentar el proyecto privatizador como algo nuevo, como un cambio, como un nuevo paradigma, como el esfuerzo que permite “quitar los obstáculos que impiden detonar el crecimiento del país para poder mover a México”.

Pero el modelo neoliberal no es nuevo. Es viejo. Anacrónico. Ha probado ya su inviabilidad. Sus promesas han sido muy altas y sus costos más elevados aún. Seguir con las llamadas reformas estructurales, seguir con las privatizaciones, sacrificando a los habitantes de esta gran nación, es absurdo. Es acercarnos al precipicio.

México tiene una historia gloriosa. México tiene derecho a cambiar de rumbo. México tiene la obligación de arribar a un horizonte mucho más humano y mucho más digno.

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