La danza del apareamiento

Jue, 25/07/2013 - 05:00

Desde niño tuve amigos extraños, algunos más que otros. Y todos tenían apodos muy peculiares, como el Confitón o el Monaguillo y El Cachacuás. Además del Mortilas o El Tiwirón. Peculiares amistades que de una u otra manera se fueron quedando en el camino.

Algunos siguieron caminos distintos, otros preferimos escapar en busca de mejores horizontes antes de que el barrio nos devorara. Crecimos en colonias astrosas, en vecindades sobrepobladas, jugando retas de pambol en la calle y vagando en bicicleta; juntando “la vaquita” para comprar un balón que siempre terminábamos volando a un patio ajeno. Yo era un chaval desnutrido, como esos niños que cenaban café con bolillos, así que tenía dos opciones claras: en la escuela me buleaban los gandallas y en el barrio me protegían los más grandes. Curiosamente los chavos de mi edad me parecían insulsos, así que me juntaba con los mayores. Por ello es que fui aprendiendo a toda velocidad, lo mismo a fumar que a llamar la atención de las chicas o a ganarme unos pesos extras. Me acuerdo que íbamos al súper a cargar el mandado a las señoras o nos empleábamos temporalmente en las peluquerías. Yo era un chamaco que antes perdía el tiempo en las maquinitas de la farmacia, lo cual era muy divertido, y luego pasé a frecuentar las fiestas del barrio. Mis amigos me fueron asesorando en las artes de la conquista y en las ventajas de aprender a bailar. Como yo era bien piedra para moverme, mis cuates se burlaban de mí: “Por eso no tienes vieja, porque nadie quiere bailar contigo”, reían aunque en realidad yo apenas me animaba a sacar a las chavas más federicas que nadie pelaba. Y a mí que me encantaba Patricia, una vecina linda, pero ella sólo bailaba con los que se discutían sobre la pista. Así que me propuse aprender bien, aunque tuviera que elegir como pareja de ensayos al Tiwiron, que así le decían porque de chavito no sabía pronunciar “tiburón”. El buen Tiwi había aprendido con una prima lejana a la que decía haber seducido con el pretexto de que “a la prima se le arrima”. Además yo hacía caso a todos sus consejos: “Bailar es como hacer la danza del apareamiento, mi chavo”, me decía, “hay que seducir a tu pareja acá con estilo, para que quiera volver a estar entre tus brazos”. Y a mí me parecía una ley irrevocable, sobre todo cuando lo veía conquistar a las guapas. Así que poco a poco fui mejorando mis “técnicas de apareamiento” y aunque no era muy coordinado hasta llegué a bailar con Patricia en un par de ocasiones, pero ella era muy avanzada para mis lentos progresos y nunca pude conquistarla. Mejor se hizo novia de El Monaguillo, al que yo consideraba mi mejor amigo y sentí que me pagó con traición. Y fue cuando empecé a entender que los amigos verdaderos son escasos, que la mayoría acaban traicionándote por tres motivos: viejas, dinero o trabajo.

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El Morrison era un tipazo a simple vista y me caía bien porque además de que era el goleador de nuestro equipo, sabía tocar la guitarra y siempre traía sus playeras de Los Doors. Cuando recién se mudó a nuestra cuadra, se empezó a juntar conmigo. Él era como de mi edad, pero tenía hermanos mayores y se comportaba como si tuviera las combinaciones para abrir cualquier bóveda. Era muy noviero, el cabrón, pero siempre se daba tiempo para pasar a buscarme, para ir a cotorrear a las chavitas que salían de la secundaria en el turno vespertino y hasta para enseñarme a tocar la lira. Éramos grandes cuates y me prestaba sus compactos de los Stones y los Doors. Hasta que un día que iba a la farmacia, me lo encontré besando a mi hermana en el quicio de un portón. Mi carnala se fue corriendo y El Morrison quiso explicar algo como “híjole, mi Flash, la neta es que tu sister me pasa un resto”. Yo aparenté calma, aunque estaba molesto. “Simón, no hay pedo”, respondí con tranquilidad. “¿Seguro carnal, neta que no hay pedo?”, insistió el cínico. “Ya te dije que no, pinche Morrison, eso es onda tuya y de mi hermana”, intenté despedirme pero él insistió en acompañarme a la farmacia. Mala idea, porque nos encontramos a Laura, que le recriminó que la había dejado plantada. Yo lo miré con expresión de qué-poca-madre-tienes y el sólo me dijo en corto que “ya no andamos, pero no entiende que no quiero nada con ella”. Aja, sí wey, y yo soy tu pendejo. “Cámara, arregla tus pedos, luego nos vemos pinche Morrison”, lo dejé con su vieja. Desde ese momento dejamos de ser amigos, porque comprendí que me había utilizado para acercarse a mi hermana y que la pinche amistad pasaba a valer madres. El Morrison me siguió buscando e incluso dejó de cortejar a mi carnala, pero no volvió a ser lo mismo. Nos saludábamos, coincidíamos en el futbol y en las fiestas, pero le perdí la confianza. Yo que siempre he sido de pocos amigos, porque prefiero respetar los códigos más elementales. Tal vez por eso muchas amistades se han quedado en el camino, han seguido otros rumbos o prefieren engañarse a sí mismos. Tuve amigos que me dieron la espalda en momentos críticos, los que han olvidado que me copiaban en los exámenes. Hay otros que aún me deben dinero, alguno que sale que con mis ex viejas, otro que quién sabe dónde anda. Y así, tengo una lista interminable de amigos que he perdido, como en un poema de Dante Guerra: “Mi amigo el más flaco,/ de cuando éramos niños en el barrio,/ ya no es más mi amigo y ha engordado./ Mi amigo el más flaco,/ al que le prestaba los libros,/ y merendaba seguido en mi casa,/ me confesó una mañana,/ que quería ser yo y que me envidiaba./ Por eso es que me robó,/ una tarde que yo fui a visitar a la abuela,/ los besos de aquella novia,/ que me gustaba tanto./ Mi amigo el más flaco,/ de aquellos años de juventud,/ ya no es más mi amigo y ya no está flaco;/ ahora es un pobre diablo,/ que ha venido a pedirme prestado,/ en honor a aquellos años/ en que éramos cómplices y como hermanos./ Pero yo le he dicho,/ que ahora tengo otros amigos,/ más adecuados y confiables…/ aunque sólo sean imaginarios”.

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