El sexo y la felicidad

Vie, 24/05/2013 - 01:00

Uno de los sinónimos más arraigados que tiene el ser humanos es que el amor y la felicidad son la misma cosa, y aunque esto no es verdad, sí son emociones muy cercanas.

El sexo, cuando se da de común acuerdo, libera en el ser humano unas sustancias conocidas como endorfinas, y ese proceso químico hace que aumente la autoestima y bajen los niveles de estrés, lo que producen en las personas sentirse felices.

La felicidad es un estado mental que produce una sensación de placer cuando se alcanza una meta, este estado genera lo que se conoce como paz interior y estimula a su vez a la persona para conquistar nuevos logros. Genera satisfacción y alegría, es decir, se segregan en el cerebro neurotransmisores que hacen sentir a la persona placer.

Fisiológicamente, se sabe que el cerebro destina grandes áreas para mantener vivo a su poseedor, para posibilitar el apareamiento y la procreación. El área de corteza senso-motora dedicada a los genitales es mayor que la correspondiente a la superficie del pecho, el abdomen y la espalda en su conjunto.

La actividad sexual humana involucra prácticamente todo el cerebro, porque no se limita a copular y eyacular, también se siente placer en los encuentros amorosos sin acto sexual y también se sufre en las separaciones amorosas.

Así, es en el cerebro donde el sexo y la felicidad comparten la sensación placentera de bienestar, pero a diferencia de lo que muchos piensan y de lo que hasta hace unos años se creía, no es la cantidad de sexo real que se tiene lo que produce más felicidad, sino el creer que se tiene relaciones sexuales más seguido que el resto de la gente.

Estudios estadounidenses recientes demostraron que las creencias son en realidad la materia prima de la felicidad que produce el sexo, es decir, lo que pensamos y obtenemos de él es lo que nos hace más o menos felices, y entre ellas está la regularidad.

Tener más sexo que los demás añade un extra a la relación ya que, acostumbrados como estamos a medirnos por estándares sociales, cuando consideramos que tenemos suficiente sexo o, mejor aún, más que el promedio de la gente, nos sentimos más contentos.

Curiosamente, esto se refleja mejor en parejas estables que en personas solas con muchas parejas ocasionales, ya que para los primeros es un indicativo de ser aceptado, deseado y “disfrutado” por el otro, mientras que para los segundos, el número de relaciones furtivas sólo indica una alta capacidad de conquista, pero no de intimidad y preferencia exclusiva.

Es decir, son más felices las personas que tienen sexo con la misma pareja durante más tiempo, que quienes lo tienen con diversas personas. De aquí que cuando una pareja se junta y deja de tener sexo tan seguido como en el noviazgo o primeros meses de convivencia, se genera una crisis emocional en ambas personas.

También se ha demostrado que la sexualidad a edades avanzadas es un indicador de felicidad y quienes se mantienen activos en sus relaciones íntimas se muestran más felices que aquellos que no las tienen, ya que en mucho —dicen los expertos— nuestra identidad se define en su mayoría por el contexto social.

La felicidad que produce el sexo más allá de los 60 años es, además, un indicativo de buena salud pues se toma como una capacidad más de la persona, al igual que el habla o la marcha; si se dejan de usar, da sensación de tener un problema, una enfermedad o algo anormal y esto influye en la percepción de la propia salud.

En mucho, por el sexo y las emociones se triunfa o se fracasa en algunas áreas de la vida, nacen relaciones y también se terminan; por eso, los expertos trabajan en el diseño de intervenciones de salud sexual para mejorar la calidad de vida de las personas.

 
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