El retorno de los dioses

Mar, 23/02/2016 - 04:00

La madrugada del 17 de febrero de 1978 la diosa Coyolxauhqui (la de cascabeles de oro en la cara), emergió de entre las sombras y el tiempo cuando una cuadrilla de trabajadores de la hoy extinta Compañía de Luz y Fuerza del Centro (LyFC), que realizaba excavaciones a casi dos metros de profundidad en la entonces esquina de las calles de Guatemala y Argentina, en el Centro Histórico de la Ciudad de México (CDMX), se topó con un monolito cuyas dimensiones (se sabría después) eran: 3.25 metros de diámetro, 40 centímetros de espesor y un peso aproximado de ocho toneladas.

Los electricistas pararon las obras y dieron aviso al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Fue el doctor Eduardo Matos Moctezuma (¡vaya ironía!) quien coordinó al grupo de expertos que se encargó de validar la autenticidad de esa pieza, cuyo descubrimiento inició el proyecto Templo Mayor, que implicó la destrucción de toda una manzana de casonas coloniales, varias de ellos propiedad de subalternos de Hernán Cortés en la Conquista de México.

Según las crónicas del conquistador Diego Durán, del indígena novohispano Fernando Alvarado Tezozómoc y de Fray Bernardino de Sahagún, la Coyolxauhqui habría terminado derrotada a muerte y humillada por su hermano Huitzilopochtli (el colibrí zurdo), quien desde el vientre anunció a Coatlicue (la de la falda de serpientes), la madre de todos los dioses, que la defendería de la persecución que la diosa lunar había iniciado en su contra, apoyada por sus hermanos, los Centzon Huitznáhuac (400 biznagas).

Según la leyenda, Coatlicue barría el cerro de Coatepec, cerca de Tula, cuando vio descender del cielo una motita de plumas que recogió y guardó en su seno. Al poco tiempo, la diosa madre notó que estaba embarazada y fue entonces que Coyolxauhqui, al sentirse deshonrada, instó a sus hermanos a matar a la madre para lavar la afrenta.

Cuando Coatlicue ya no tenía fuerzas para seguir huyendo, Huitzilopochtli nació adulto y armado; degolló a su hermana y al resto los dispersó por todo el cielo. Arrojó el cadáver desnudo de Coyolxauhqui por la cordillera y éste se desmembró, dando lugar así al paso de los días, las noches y las fases de la Luna.

 
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