Hay que privatizar las nubes

Jue, 22/08/2013 - 05:00

Yo también soy de esos que no entiende nada de reformas energéticas, de privatizaciones y esas cosas. Pero estoy de acuerdo con el escritor José Saramago, que protesta a su manera y sugiere “que se privatice todo, que se privatice el mar y el cielo, que se privatice el agua y el aire”.

Desde que era niño han privatizado tantas cosas: los bancos, las autopistas, el maíz y otros artículos de uso cotidiano. Yo no entiendo nada de esos asuntos, pero resiento las consecuencias. Y mi bolsillo es un pordiosero, que a fin de quincena anda hurgando en busca de las sobras. Y en mi refrigerador se congelan las pocas esperanzas que me quedan de ahorrar un poco para mi retiro o aunque sea para irme de vacaciones un rato a la chingada. No, yo no entiendo de propuestas de reforma, ni esos asuntos de las privatizaciones. Y siguiendo el consejo de Saramago, he enlistado las pocas cosas que son nuestras y que son susceptibles de irse al diablo. Así que puestos a sugerir, yo propongo que privaticen las canciones de amor, las calles en que paseamos al perro, la mierda de nuestra mascota, los árboles que nos dan sombra, los mapas del tesoro que no hemos encontrado, las rutas de escape, la fiebre de los adolescentes, los besos furtivos, las noches prometedoras.

Sí, como dice Saramago a los políticos, “que se privatice todo, que se privatice el mar y el cielo, que se privatice el agua y el aire, que se privatice la justicia y la ley, que se privatice la nube que pasa, que se privatice el sueño, sobre todo si es diurno y con los ojos abiertos. Y, finalmente, para remate de tanto privatizar, privatícense los Estados, entréguese de una vez por todas la explotación a empresas privadas mediante concurso internacional. Ahí se encuentra la salvación del mundo… Y metidos en esto, que se privatice también la puta que los parió a todos”. Y si se trata de jodernos aún más la existencia, que se privatice igual el carrusel de la feria y la rueda de la fortuna. Que se privaticen nuestras almas, los miles de suspiros, los recuerdos que nos atormentan y las fotografías de los enamorados.

Vamos, hagamos una colecta de firmas para que se privatice la poesía, los balones que correteamos, la casita en el árbol, los juegos de la infancia, los libros de texto, los exámenes extraordinarios. Que se privatice todo lo que nos acongoja y también nuestras sonrisas. Y si no les basta, que también se privaticen los adioses, el rencor de los abandonados, el dolor en los hospitales, las filas en los bancos, la melancolía de mi madre, el llanto de los recién nacidos, la tesis de los universitarios, el recreo en las escuelas, los atajos hacia el infierno, las lluvias por las tardes, las alarmas sísmicas, y estas pinches ganas que tengo de mentarle la madre a nuestros gobernantes. Que privaticen los juegos de la infancia, el derecho a tener amigos y las caricias nuevas de los adolescentes. Sí, cómo chingados no, hay que privatizar los barcos de papel, las porras en el estadio, la sopa casera, la silla de ruedas de la abuela, el odio y el júbilo, tus sueños y los míos. Hay que privatizar todo, que para eso votamos y elegimos a los que nos han de boicotear el bolsillo y las esperanzas.

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Pero no nos hagamos tontos, nosotros mismos somos unos privatizadores en potencia. Vamos por la vida con nuestra cara de gente encantadora con la que harías el negocio de tu vida. Y nos ponemos nuestra mejor sonrisa, los modales perfectos, la ropa adecuada, como si fuésemos a firmar el contrato ideal. Y seducimos, enamoramos, somos tan confiables como un anillo de diamantes. Y cuando conseguimos una víctima, digo, una pareja…, entonces ¡bang!: le privatizamos hasta las miradas. “¿Qué tanto le ves a esa pinche vieja?” o el clásico “¿te gusta tu amiguito, verdad?”. Y necios que somos, ahí estamos privatizándole las amistades: “No quiero que te juntes con menganita, no me inspira confianza” y el infaltable “prefieres irte con tus amigos que estar conmigo”. De privatizarle el estilo ya ni hablamos: “¿Vas a ponerte esa falda? ¡Luego por qué te faltan al respeto!”. No nos basta con que su corazón sea nuestro, no. Siempre queremos controlar todo, privatizarles los horarios, las rutinas: “No, no es buena idea que vayas a esa fiesta, porque ya quedé que vamos a cenar con mi familia”. Tan lindo que es privatizar sus caricias, los suspiros, tantos besos, la infinidad de orgasmos, el fuego de su cuerpo. Y aún así no nos sentimos tranquilos. Quisiéramos gobernarles todo, privatizarles lo que hacen o dicen y hasta lo que no está en sus manos: “Yo no sé qué te traes con esa pinche zorra, qué tanto te comenta en el Facebook”, por ejemplo. Y ni qué decir, para que nos hacemos güeyes, de privatizarles el libre albedrío: “No me gusta esa foto tuya que subiste al feis, porque hay mucho morboso”. Y el típico “¿por qué agregaste a tu ex?”. Caray, en serio que estamos enfermos, queriendo controlar todo, intentando privatizarle hasta las contraseñas de internet a nuestra pareja, “a menos que me estés ocultando algo”. Es verdad que somos necios, intratables, aunque vayamos por la vida con nuestros modales de la pareja ideal, la novia intachable, el esposo modelo, la mujer de tu vida, el amor envuelto para regalo, el yerno inmejorable. Y no nos damos cuenta de lo crueles o de lo tontos que podemos ser, hasta que lo hemos perdido todo. Y sólo quedará alguna canción de Andrés Calamaro para suturarnos las heridas que nos han dejado: “Cuando no estás no se abre el paracaídas y salto igual,/ y me pierdo en habitaciones vacías./ Cuando no estás, cuando no estás conmigo./ Cuando no estás la casa vacía pregunta cuando volverás,/ y escribo versos crueles conmigo…/. Cuando no estás me paso el día contando minutos,/ cuando no estás me pierdo en un laberinto oscuro./ Cuando no estás la soledad me aconseja mal”.

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