La primavera mexicana

Vie, 21/11/2014 - 05:00

El Zócalo, anoche, mucho se asemejaba a la plaza Tahrir de El Cairo en 2011; y quienes se manifestaban, la mayoría jóvenes, muy enojados pero esperanzados, recordaban las multitudes tunecinas que, ese mismo año, protagonizaban la Revolución de los Jazmines, movimiento que también catapultó cambios en la Libia de Khadafi, para dar lugar a lo que la historia registra ya como la primavera árabe.

¿Asistiremos en estos revueltos días a la primavera mexicana?

Respecto a las condiciones de esos países del norte de África durante aquellas jornadas cargadas de rebeldía juvenil, hay con el México de hoy diferencias sustanciales. La principal, acaso, es que aquellos gobiernos eran autarquías, regímenes perpetuados en el poder que acabaron por caer. Nosotros, mal que bien, vivimos una normalidad democrática, vamos a las urnas cada seis años y hemos vivido ya procesos de alternancia política con todas las de la ley, según algunos, o con trampas, según otros.

Hay, sin embargo, similitudes que tocan asuntos principalísimos como la desigualdad social, la falta de oportunidades para los jóvenes, la violación cotidiana, sistemática y a todo nivel del Estado de derecho, la inseguridad y la violencia, la impunidad y, sobre todo, la corrupción.

Vicios todos estos que se asoman dramáticamente en la trágica desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, que atemoriza y enoja.

Fue la exigencia a que se esclarezca el caso, la solidaridad con los padres y la necesidad de exigir un ya basta a los vicios que nos han podrido, lo que llevó a decenas de miles, no sólo en el Distrito Federal, sino en varias ciudades del país, a participar en las marchas de ayer.

Al momento de escribir esta columna, un nutrido grupo de manifestantes, muchos embozados, lanzaban bengalas y cocteles incendiarios a granaderos y federales que protegían el Palacio Nacional en el Zócalo de la Ciudad de México. Los uniformados respondían con extinguidores, gases y chorros de agua, para después replegarlos, alejarlos de las puertas del Palacio.

¿Es desestabilizadora esta protesta, como sugirió Enrique Peña Nieto? Parece que no, en su intención más amplia, aunque no faltarán quienes eso pretendan. El Presidente mismo los identificó: los que se oponen a “su proyecto de Nación”, a los grandes cambios que ha promovido. ¿Y quiénes son esos? Pues los afectados por las reformas, los que verán caer, en la lógica del gobierno, sus monopolios y privilegios. Gente que mucho tiene, tanto como para poder patrocinar maniobras desestabilizadoras.

Pero el asunto no se puede quedar sólo ahí. Peña Nieto y su gobierno no pueden quedarse sólo con esa interpretación. Hay un hartazgo social transformado en legítima protesta que no únicamente es por lo ocurrido en Ayotzinapa, pues ahora se le sumó el asunto de la “casa blanca” de la esposa del mandatario, asunto que ha sido como una bofetada para la mayoría de los mexicanos.

Ese tema, así como se ha pretendido explicar y justificar, no resuelve el meollo, pues aunque se trata de una propiedad de la cónyuge del Presidente, que no es servidora pública, el inmobiliario que la vendió a plazos fue proveedor del gobierno que encabezó su esposo en el Estado de México y ganador, en sociedad con los chinos, de la licitación para construir el tren rápido a Querétaro, abruptamente revocada en días pasados.

Eso, por decir lo menos y aunque se quiera argumentar en contrario, es un conflicto de interés, con fuerte tufo a cohecho. Y eso, a no dudarlo, motivó que muchos se sumaran a la manifestación de ayer que ya empezó a demandar la renuncia de Peña Nieto.

Enfocar las baterías a ese fin sería el escenario extremo, difícilmente posible en estos momentos. Se esperaría, más bien, que el Presidente leyera que no sólo se trata de afanes desestabilizadores, sino de un clamor social que debe escuchar y atender para darle cauce por las vías democrático institucionales que tanto defiende, evitando, en la medida de lo posible, disponer de la fuerza pública que, tiene razón, está legitimado para usarla.

Sí, lo que hace unos meses, con las reformas estructurales, llamaron jactanciosamente “el momento mexicano”, podría convertirse ahora en la “primavera mexicana” y acaso estemos por asistir a ella. Que sea para bien.

 
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