Perricidas

Mié, 21/10/2015 - 05:00
Cada tarde, salía a jugar con otros niños, a trepar árboles, echar la ‘cascarita’, andar en bicicleta. Esa palomilla de niños y niñas, de casi todas las edades, habíamos adoptado a 2, 3, 4 perros callejeros. Había un momento del año en el que la unidad se llenaba de callejeros. Los más grandes elegían sus nombres: artistas de reggae o rock. Así, estaba el ‘Marley’, por ejemplo, un perro color canela. También estaba el ‘Floyd’ (por Pink Floyd), uno grande, blanco, de cola que recuerdo en espiral… aunque es probable que a estas alturas mi memoria no sea confiable.
Así como llegaba el verano, llegaban los perros. Pero meses después, alguien colocaba veneno en lugares ocultos. Fuimos testigos de la muerte de varios. Recuerdo en particular el de un perro que agonizó por una media hora. Un niño le llevó leche para tratar de calmarlo. Ni la pudo beber.
Así como envenenaban perros, mataban palomas. La verdad es que ese era tema aparte. Me encantaba verlas y escuchar su arrullo, desde el cubo de luz que daba a la zotehuela de mi casa. Mi mamá no pensaba igual, porque las palomas se metían y llenaban de excremento la zona de tendido. Pero ello no justificaba que, cada cierto tiempo, amanecieran decenas de emplumados cadáveres. ¿Qué culpa tenían las palomas? 
Desde hace años, cada que puedo salgo a correr al bosque de Tlalpan.
Cruzo media ciudad y cancelo compromisos con tal de poder trotar entre la belleza. Es uno de mis lugares favoritos. El caso es que algunos veranos atrás, llegaron hordas de perros callejeros. Perros de raza perdidos o abandonados, recién ingresados a la calidad de desechables.
Cada semana los veía invariablemente... hasta que ya no. De un día a otro, desapareció toda la pandilla. Esto habrá sido hace unos cinco años.
Hace unos 10 años, unos perros ferales atacaban a corredores en Chapultepec. Después, un funcionario me confesó que los habían envenenado. 
En estos momentos, con la extrema atención pública que ha generado el envenenamiento masivo de perros en el parque México, se baraja la idea de un perricida serial en la ciudad. 
La realidad es que todos los días un vecino envenena a la mascota de alguien o a los perros que son de todos —que, es lo mismo, son de nadie. ¿El ‘Marley’ o ‘Floyd’, o la horda de callejeritos del bosque de Tlalpan también fueron víctimas de un perricida serial? 
Los asesinos somos nosotros, una sociedad que no se hace responsable.
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