Taxi

De taxista a judicial y viceversa

Mar, 21/06/2016 - 12:39

Israel Mendoza nos cuenta cómo es que cambió el volante por un arma y cuál fue el motivo que lo orilló a volver a manejar un auto de alquiler

Nuestro amigo cuenta con 70 años y hace dos meses que se jubiló como taxista. A finales de los años 70, Israel manejaba un minitaxi.

“Antes de ese coche, tuve uno de seis cilindros, y cuando cambié al minitaxi (amarillo con el toldo blanco), empecé a sentir que ganaba más dinero por el bajo consumo de gasolina y andaba feliz”.

“En 1979 tenía un cliente, al cual llevaba de vez en vez de la colonia 20 de Noviembre hasta Cuautitlán Izcalli, era un comandante de la judicial del estado de México”.

“Como el camino era largo, el señor me platicaba de todo, poco a poco, nos hicimos un poco más que taxista-cliente, hasta que un día que pasé por él me invitó a pasar a su casa a desayunar, así que ese día no le cobré la dejada”.

“En otra ocasión, el comandante sólo fue a firmar y se regresó a su casa porque se sentía mal. Fue un año de estarlo llevando; así que un día me la soltó: ‘¿no te gustaría ser agente?’ ¿Yo? ‘Sí, hombre, necesito a una persona de confianza a mi lado y manejas bien’, me comentó”.

“Le respondí que no era una decisión sencilla, que debía pensarlo bien, comentarlo con mi esposa y le agradecí su intención”.

“Sólo me pidió que me decidiera pronto, porque le urgía”.

“Le comenté que me diera dos días y aunque a mi esposa no le agradó de inicio, al final me dio su apoyo y que voy a ver al comandante para preguntarle qué debía hacer, qué papeles debía llevar y muchas dudas”.

“Entonces, fuimos para ver lo de mi contratación, me entrevistaron, pero me pidieron antecedentes no penales, me tardé una semana, así que al ver que no me llamaban se me pasó la calentura y cuando menos lo esperaba me avisaron que debía presentarme a trabajar”.

“Firmé contrato, seguros de vida y listo, a las órdenes del comandante, que de inmediato me puso manejar la patrulla, que no tenía nada de oficial, porque no tenía insignias y lo era, pero no me dieron pistola. Fue un mes desarmado, sólo manejando y llevando citatorios; sólo eso y cada fin de semana iba a entrenar defensa personal”.

“En fin, un viernes, el comandante me invitó a comer y ahí me dio mi primer arma, un revólver calibre 38 ‘sólo le falta mantenimiento, pero ese tú lo pagas’ me dijo; me llevó con un armero amigo suyo y en dos días ya estaba lista; luego vinieron las clases de tiro, pero las balas las debí pagar yo, lo cual no me gustó”.

“La verdad llegar a la casa con la patrulla y el revólver en la cintura me hacía sentir importante; todo iba bien, ya eran seis meses como agente, donde se resolvieron casos menores, sin tener que recurrir a las armas, pero un día todo cambió”.

“Nos dieron una orden de presentación hasta la colonia La Piedad, cuando detuvimos al chavo, su familia se nos echó encima, nos aventaron piedras, agua y el comandante aventó dos balazos al aire, pero fue peor, de otra casa nos dispararon y salimos huyendo; al llegar, le devolví su pistola y le dije que eso no era para mí. Renuncié y regresé a manejar mi taxi y hace dos meses me acabo de jubilar, fue la mejor decisión”.

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