Si te encuentras hablando a solas

Jue, 20/06/2013 - 16:18

Silencio
en la cama, ruido en el callejón, un crujido en el alma y a lo lejos el
murmullo de un televisor. Luego empiezas a hablar a solas, con las preguntas de
siempre que nadie responderá. Sí, se ha hecho habitual, que de pronto y de la
nada te encuentras hablando solo.

 

Se
ha hecho algo cotidiano, que murmures alguna tontería, que maldigas tu suerte,
que refunfuñes en voz alta mientras te bañas, cuando te peinas, al salir a la
calle, mientras cruzas el parque o mientras esperas la luz verde en el
semáforo. Y a veces, contadas veces, te ríes como lo hacen los locos; sí, así,
como si se acordaran que alguna vez andaban en silencio o persiguiendo sombras
ambulantes. Claro, tú no estás loco, te vuelves a reír a medias, no con
carcajadas sino con esa risa estúpida que teme ser descubierta por la multitud.
No, en verdad que no estás loco, puede ser que empieces a estarlo, pero
mientras tanto sólo eres un idiota que se siente a la deriva, un tonto que no
puede lidiar con el abandono. Y te preguntas, de vez en cuando, qué carajos has
hecho mal para que te hayan dejado como se deja un libro de poesía: allí,
esperando que alguien se asome a tus hojas y se sorprenda con tus palabras
vivas como la llama de una veladora en la oscuridad. Sí, últimamente piensas un
chingo de tonterías y te da por hablar a solas, mientras fumas al doblar la
esquina, mientras te recuestas a mirar el techo de tu recámara o cuando te
peinas con el desgano propio de los que tienen demasiadas preguntas y un montón
de falsas respuestas. Y te pones los audífonos y empiezas a tararear a los
Fabulosos Cadillacs: “Silencio dijo el cura,/ silencio dijo el juez,/ silencio
entonces idiota,/silencio entonces, ¡no!../ Silencio en la calle,/ silencio
hasta el final,/  silencio entonces padre,/ silencio entonces, ¡no!/ Vas
caminando,/ no puedes coordinar,/ estás durmiendo,/ no vas a respirar./ Estás
arriba, ya no me vas a abrir,/ no voy a despertar jamás”. Malditos silencios,
como friegan, como chingan, sería mejor encerrarlos y salir a la azotea a mirar
la luna y platicar a solas contigo mismo. Y sentarte junto al tinaco, como un
perro huyendo del sol, para levantar la voz y seguirte preguntando las mismas
tonterías que te acosan noche y día: ¿estará ella pensando en ti?, ¿escuchará
las canciones que le dedicaste?, ¿regresará algún día?, ¿habrá borrado tus
fotos en el celular?, ¿qué habrá hecho con el amor que sentía?, ¿saciará su sed
en otros besos, encontrará placer en otros tálamos? Malditos sean los
silencios, malditas sean las dudas, malditas noches en vela hablando a solas,
malditos sean los días en que caminas platicando a solas con tu sombra.

 

 

+++

 

Una
mujer reclinada en el sofá sostiene un cigarrillo, da una calada y luego exhala
el humo como si soltara un suspiro. Luego, un sorbo de whisky le desinfecta la
herida en el alma, las escoriaciones en el corazón. Toma el celular y marca un
número sólo para escuchar una grabación: “El número que usted marcó no está
disponible o se encuentra fuera del área de servicio”. Maldita sea, musita en
voz baja, “¿por qué no me contestas?”. Claro, imagina, “seguro que ya
encontraste quién te quiera”. Da otro sorbo al whisky, empieza a sentir el
vértigo del alcohol y se le humedece la soledad. Otra noche pensando en un tipo
que no está junto a ella, otra velada extrañado los besos que le quedaron a
deber. Y una canción de Corcobado le aconseja que hay que ser paciente en esa
sala de esperar: “Fumando espero la navaja automática de tu voz,/ triturando el
vidrio de mis pensamientos, de mis pensamientos…/ Fumando espero la navaja
automática de tu voz,/ horadando con mis ojos el terror del silencio./ Fumando
espero la navaja automática de tu voz,/ con la negra voz de Dios escupiendo
sucios versos,/ escupiendo sucios versos./ Fumando espero la navaja automática
de tu voz,/ que ya me está cortando con el traidor de tu aliento”. Y un sollozo
se le atraganta a media canción, mientras repite como un mantra aquella frase
que le pegó: “Fumando espero la navaja automática de tu voz, fumando espero,
fumando espero”. Entonces vuelve a marcar el número estacionado en las llamadas
recientes, con el mismo resultado: “El número que usted marcó no está
disponible o se encuentra fuera del área de servicio”. Aquella chica se empeña
en sus soledades, tan concurridas de monólogos y de preguntas necias: ¿Estará
pensando en mí o ya me olvidó?, ¿qué estará haciendo a estas horas?, ¿cuándo
dejó de amarme? Y la calma no es su aliada y prefiere pensar pendejadas y
hablar otra vez a solas: “Ese wey ya anda con otra, no sabe estar solo” y mueve
la cabeza como negándose a creerlo. Y Corcobado le apresura a seguir bebiendo
del licor de la esperanza: “Fumando espero la navaja automática de tu voz,
mientras un sueño dibuja en mi piel con sus uñas./ Fumando espero la navaja
automática de tu voz, cociendo en mi hombro una falsa caricia./ Fumando espero
la navaja automática de tu voz, urdiendo un latido en estas tristes ventanas”.
Ella vuelve a hablar a solas, diciendo cosas como “soy una tonta, no debería
esperar tanto. Idiota, soy una idiota”. Y lejos de allí un hombre duerme sin
soñar con ella, con la calma de los que sí han sabido olvidar. Pero la mujer
sigue hablando a solas, con más frecuencia, como si compartiera su borrachera
con el más deprimente de sus demonios, ese mismo que le dicta las palabras que
repetirá en voz alta. Y entonces Luis Eduardo Aute suelta su voz lapidaria
desde las bocinas: “Hay algunos que dicen/ que
todos los caminos conducen a Roma./ Y es verdad porque el mío/ me lleva cada
noche al hueco que te nombra./ Y le hablo y le suelto una sonrisa,/ una
blasfemia y dos derrotas;/ luego apago tus ojos/ y duermo con tu nombre besando
mi boca”. Una lágrima rebasa a otra por la pendiente de su pómulo y la mujer
vuelve a encontrarse hablando a solas: “Ay amor mío, no puedo dejar de
pensarte. Si tan solo supieras cómo te echo de menos”, mientras toma el
teléfono y vuelve a marcar el número que se sabe de memoria, el mismo en el que
no encontrará respuestas.  

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