El gato que está en la oscuridad

Jue, 18/07/2013 - 05:00

Los ojos de Ana aún me persiguen. Y es que ella tenía una mirada muy particular, de esas que te pueden poblar las noches de fantasías o de pesadillas. “En mi familia todos tenemos ojos gatunos”, me contaba en referencia al color, que era entre gris y verde.

Ella no era una mujer espectacular, pero su belleza irradiaba carisma. No podías dejar de verla, una vez que te hundías en el resplandor de su mirada, que combinaba algo de ternura con mucho de malicia. Ana era de esas chicas que te dejan huella, cicatrices que te duran una eternidad. Nos conocimos en un concierto de Caifanes, mientras ella regateaba por una playera que a mí no me pareció gran cosa. “Ándale, amigo, te doy 80 pesos porque no traigo más”, le dijo al vendedor y este se negó con el sobado pretexto de “está al precio, güera”. Ella volvió a mirar la prenda, luego se dirigió a mí: “¿Me prestas 20 pesos, amigo? Es que no me alcanza”. Sorprendido, más por su mirada hermosa que por su desfachatez, apenas iba a responder que “sí” cuando ella misma se contestó: “No te creas, te estoy cotorreando”, luego devolvió la playera y se fue como si nada. Desde ese momento sus ojos grisáceos se adueñaron de mi curiosidad. La vi caminar hacia un grupito de amigos, que rieron por alguna cosa que ella les contó. Y yo dejé de chacharear entre los puestos, ´miré el reloj y preferí buscar la puerta de acceso que me correspondía. Entré y me dirigí a una de las barras, para pedir un ron mientras llegaba la hora del concierto. Calculé que me daba tiempo para tomar un par de tragos, así que me relajé lo necesario hasta que vi pasar de nuevo a la chica de los jeans y la chamarra gris que hacía juego con su mirada. Ella me miró, titubeó un poco pero me lanzó una sonrisa del tipo ¡ah-nos-volvemos-a-encontrar! Le devolví el gesto, mientras daba un sorbo a mi bebida. Chale, me dije mentalmente, debería invitarle una cerveza. Sólo fue un pensamiento fugaz, porque me faltó audacia.

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Apenas estaba pidiendo mi segundo ron cuando una voz a mis espaldas me hizo girar: “¡Se me hace que tú me andas siguiendo!” y la misma vieja me sonrío de una manera genial. Y le aclaré: “Bueno, no debería decírtelo pero me contrató el celoso de tu novio”. Jajajaja, se carcajeó sutilmente. “¿Quieres algo de beber?”, añadí. Levantó los hombros en señal de “bueno”, antes de contestar “una chela, claro, si me la invitas”. Justo cuando llegaba mi ron pedí su cerveza. “Me llamo Ana y júralo que mi novio sí es muy celoso. Bueno, ex novio, porque hace una semana terminamos”. Y así se fueron los minutos, yo interesado en Ana y ella coqueteando sutilmente. Hasta que se escuchó el alarido de la multitud cuando se apagaron las luces, señal de que Caifanes estaba por comenzar con Viento. Nos despedimos a las prisas, con la promesa de que nos encontraríamos al finalizar el show. Yo iba con buenas expectativas, pero después de conocer a Ana disfruté aún más el concierto. Si hubiera ido con alguno de los ordinarios de mis amigos, de esos que me sobran, seguro que hubiera dicho “esta noche cena Pancho” o alguna guarrada parecida. Yo ni siquiera me había fijado si la chava tenía buen cuerpo, aunque no se le veían defectos, porque estaba extasiado con sus ojazos. Y una vez más, como dice Dante Guerra, me embrujaron a la buena: “Regrésame de una vez la libertad,/ desata mis pensamientos de tus nubes./ Yo no sé qué raro brebaje me diste,/ o qué sortilegio nocturno deletreaste/ bajo una luna plena de promesas./ Quítame el embrujo de tus caderas,/ el toloache de tu vientre cálido,/ el hechizo de tus ojos gatunos,/ y regrésame, aunque sea a ratitos,/ la pinche voluntad que me expropiaste”.

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Y en efecto los ojos de Ana me persiguen. Tuvimos una relación de esas normalitas: afecto, sexo, amor, sexo, peleas, sexo, rupturas, sexo, reconciliaciones, sexo, mejor quedamos como amigos, sexo, sexo y más sexo. Ana era maravillosa en la cama, se entregaba por completo y sin pudores. No había pretextos, ni prejuicios, amaba con locura. Y con sus uñas largas me dejaba crucigramas en la espalda, mientras yo le tatuaba poemas con la lengua en todo el cuerpo. “Debes cuidarme, consentirme mucho, porque tengo alma de gato y cualquier día de estos me pierdes”, me comentó una noche, medio en broma y medio en serio. Yo la miré fijamente: “Pues no sé de qué tengas alma, pero algo sí tengo clarísimo: tu gato se está quedando calvo” y le quité algunos pelillos de su blusa. “Jajajaja, qué tonto eres, todos los gatos pierden mucho pelo”. A mí no me gustaba que tuviera un gato, a mí no me agradan esas mascotas, me parecen volubles y muy ladinas. Como sea, el chiste es que Ana cumplió su profecía: Un día se fue. No supe más de ella. Alguna amiga común me dijo que Ana andaba de gira —y girando, claro— con el guitarrista de una banda medio popular. Luego otro “alguien” me vino a contar que ella había muerto en un accidente allá por Tijuana. Nunca he sabido bien a bien qué sucedió, si es verdad que ella falleció o si ahora anda con el baterista de Los Daniels. Sólo los dioses saben. Por desgracia, creo que ella se llevó mi muñeco vudú o lo extravió en algún paraje desértico. Porque hay noches que no me hallo, que no puedo dejar de pensarla. Hay madrugadas que me persiguen sus ojos, que merodean como un gato noctámbulo por mis azoteas. Para acabarla de joder, mis vecinos no se cansan de poner los éxitos de Roberto Carlos, especialmente ese de “las rosas decían que eras mía/ y un gato me hacía compañía./ Desde que me dejaste yo no sé/ por qué la ventana es más grande sin tu amor./ El gato que está en nuestro cielo/ no va a volver a casa si no estás…/ El gato que está triste y azul/ nunca se olvida que fuiste mía”. Carajo, ni cómo aislarse de las cursilerías, ni cómo evadirse de la melancolía. Por eso es que cuando el gato de aquí enfrente maúlla a las sombras, recuerdo que tuve una mujer de ojos irresistibles, una mujer que me ató al embrujo de sus miradas, una chica que se llevó mi muñeco vudú y lo enterró, seguramente, junto a un cactus en forma de corazón.

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