Mentira, miedo, esperanza

Lun, 17/11/2014 - 05:00

A lo largo de los años se convirtió en regla (y así nos lo enseñaron nuestros padres y nosotros a nuestros hijos), que cuando el gobierno dice que no va a subir la gasolina, sube; que no aumentará la tortilla, aumenta; que no faltará el huevo, escasea; o que no se depreciará el peso, y se devalúa.

Es la realidad como lo contrario a lo dicho, es el nunca decir la vedad como consigna, porque el nuestro es un sistema que se fundamentó en la mentira y el gobierno actual es una expresión de ese sistema, con el agravante de que a lo mejor ya ni siquiera se da cuenta de que miente.

Y así nos dice que vamos muy bien, que las reformas nos darán prosperidad, que por eso el mundo las celebra y aplaude a su instrumentador, que las condiciones para la inversión son óptimas y que seguridad y leyes la garantizan.

Pero entonces se atraviesa la realidad: el asesinato de seis jóvenes a manos de una policía que detiene a otros 43 para entregarlos, se nos dice, a narcotraficantes que los desaparecen. Y ahí mismo, en Iguala, se encuentran fosas clandestinas, donde podrían haber acabado los restos de los desaparecidos pero, además, hay decenas de despojos ilegalmente inhumados que ni siquiera sabemos quiénes son.

Las altas esferas responden que Iguala no es todo México pero, ¿no será que mienten? Desapariciones forzadas y fosas clandestinas hay a lo largo y ancho del país, producto de una violencia creciente, trágica, dolorosa, atemorizante, traída, es cierto, por el narcotráfico, próspero negocio que infiltra y controla estructuras políticas hasta convertirlas en narco-Estado. Qué jodida realidad.

Hace pocos días, en medio de la euforia de las reformas estructurales, se informaba que criminalidad y violencia disminuían y que la estrategia del gobierno para combatirlas funcionaba. Eso se creyó hasta que caímos en la cuenta de que, como siempre, era exactamente lo contrario, que otra vez nos habían mentido pues la mentada estrategia contra la inseguridad sólo tenía que ver con la intención de cambiar la percepción del problema a fuerza de no citarlo, con la complicidad de casi todos los medios de comunicación masiva.

El caso Iguala-Ayotzinapa develó la verdad o, dicho de otro modo, desenmascaró la mentira, y de paso también desnudó la naturaleza operativa de muchos municipios del país coludidos, por decir lo menos, si no es que dominados, por cárteles delincuenciales y así, sin pudor, con policías y sicarios trabajando de la mano.

Como muy malos gobernadores serán recordados aquellos que no se dieron cuenta de los vínculos de sus municipios con el crimen, y como negligentes, las autoridades federales que, aun sabiendo del vínculo, prefirieron y prefieren hacerse de la vista gorda. Si nos dicen que no sabían, mienten, esa es la regla. Claro que están enterados, si no es que coludidos.

El esclarecimiento de una desaparición forzada es complicado, sin duda, pero el Estado mexicano, al intentarlo, ha sido incapaz de determinar el paradero de los 43 jóvenes de Ayotzinapa. Ya construyó una narrativa de lo ocurrido, sustentada en las declaraciones de delincuentes detenidos, incluso de confesiones. Pero la confesión dejó de ser en México “la prueba reina”, porque todos sabemos que aquí se arranca mediante la maniobra y la tortura. Falta entonces una evidencia científica concluyente (en este caso los resultados genéticos de instancias independientes, pues tampoco negará usted que ya no les creemos ni el bendito), que permita aceptar que esos muchachos están muertos y pulverizados, como lo sugiere la investigación de marras. Están muertos, dicen. ¿No será que están vivos? Lo contrario a lo dicho es la regla.

Mucho miedo da saber que cualquier día, en cualquier parte, uno mismo o tus hijos, o cualquier grupo de estudiantes, puede ser levantado por policías que se supone están para cuidarte, pero que nos van a entregar a sicarios capaces de incinerarnos, pulverizarnos y arrojarnos a un basurero. Y más miedo da ver cómo se pierde la paz social en medio de reacciones violentas provenientes, sí, de grupos radicales que ven en esas acciones las posibilidades de un cambio; pero también de provocadores azuzados, acaso por opositores (para desestabilizar) o por el propio gobierno, para crear más miedo y con él desmovilizar o justificar el uso de la fuerza pública.

La crisis que vive el país expresa una necesidad de cambio político y social, un cambio que va en sentido contrario al propuesto por este gobierno. Esa bandera enarbolan sobre todo los jóvenes que han decidido organizarse y protestar. El punto está en no rendirse al miedo, lo que no quiere decir perderlo o ignorarlo. Más bien hay que dominarlo y superarlo, evitar que nos lo impongan. Ahí es donde entra la esperanza, esa que muere al último y abre la puerta al futuro.

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