Monogamia y fidelidad sexual

Vie, 16/08/2013 - 05:00

Si una cosa pone en jaque a la sexualidad humana actual, es definir si es válido ser monógamo y fiel, o no. Estudios de todo tipo se efectúan en todo el mundo para dar respuesta a ello.

El científico Pere Estupinyà ha encontrado que entre estos dos términos hay muchas cosas qué definir, como dejar claro que una cosa es la monogamia social y otra la sexual. “La primera es entendida por la naturaleza como el instinto de establecer un núcleo familiar y defender el territorio en las especies cuyas crías requieren el cuidado de ambos progenitores”.

Pero la monogamia sexual consiste en mantenerse sexualmente fiel y desestimar la opción de procrear con una hembra receptiva o con un macho de mejores genes. Esta monogamia no tiene mucho sentido evolutivo, dice, y de hecho es muy extraña en el mundo animal, ningún primate salvo los humanos la practican.

Así, el mandato evolutivo es claro: el macho debe intentar maximizar el número de hijos y las hembras ser tremendamente selectivas y acceder siempre a los mejores genes posibles, sean los de sus parejas monógamas o no.

Por eso, la naturaleza humana desvincula el amor de la reproducción y no encuentra conflicto en que nos sintamos apegados a la pareja, pero deseemos procrear con otra persona, explica el científico y asegura “son las directrices más primitivas que tenemos en el cerebro, tanto hombres como mujeres”.

Y de acuerdo con esta parte de la teoría evolucionista y biológica, muchas personas consideran y justifican la infidelidad, sin tomar en cuenta algo fundamental: no somos los mismos que hace siete millones de años, cuando el instinto era lo único que había para sobrevivir en el mundo.

Así, Estupinyà asegura: “Esto no es excusa para practicar la infidelidad, primero porque el hecho de que algo sea más coherente con la ley natural no implica que sea mejor o más disculpable. Como sociedad y como individuos establecemos las normas morales que nos parecen más acertadas, independientemente de si contradicen o no nuestros instintos innatos”.

Y esa es la parte que nos pone aquí y ahora como seres evolucionados, con cerebros desarrollados capaces de negociar entre el instinto y nuestra parte moral, ética y cultural, lo que nos hace completamente distintos a otras especies.

“Dejarse llevar por la visceralidad, en caso de conflicto interno, es un signo de tener una corteza frontal (en el cerebro) poco educada, señala el científico; sobre todo porque nuestro comportamiento es muchísimo más flexible de lo que tantos sicólogos evolucionistas promueven”.

De tal manera, afirma que no podemos prescindir de la biología evolutiva para analizar la sexualidad humana, “yo defiendo que conocer los condicionantes genéticos con los que nacemos es muy útil para saber qué tendencias innatas debemos fomentar que fluyan de manera natural desde pequeños y cuáles habremos de intentar moldear o corregir activamente”.

La teoría evolutiva explica instintos y deseos, pero sólo los más fundamentales. No nos dice nada sobre si “deberíamos” comportarnos de una manera u otra, pues nuestra moralidad está por encima de los determinantes de la naturaleza”, indica.

Así, pese a que por instinto no seamos proclives a la monogamia sexual, los acuerdos al respecto y respetarlos son lo que hace que las parejas permanezcan juntas, que el amor sea posible, el apego se incremente y la estabilidad emocional en relaciones sanas, sea un factor de bienestar en las personas y en la descendencia.

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