Descifrando las señales de humo

Jue, 16/05/2013 - 00:00

Me pidió que la extrañara, “incluso cuando sueñes con otras, cuando descubras otros placeres”. También sugirió que “si no encuentras la salida de emergencia, me llamas”. Eliza era exagerada en todo, hasta para las despedidas.

Ella se iba por un año a otro estado, a hacer una especialidad, aunque parecía que se marchaba a la Patagonia a estudiar el comportamiento de los glaciares. “No me olvides, aunque mañana quites mis fotos del librero”, insistió Eliza. Yo la abracé y dije algo como “creo que ves demasiadas películas dramáticas”. Ella sólo me dio un beso en la boca y se dio la vuelta, intentando ocultar su tristeza. Yo entendía que no era un adiós, pero como si lo fuera. Conociéndola, sabiendo de su belleza y esa urgencia tan suya por sentirse siempre a resguardo, no tardaría en seducir a alguien con tal de adaptarse rápido a una nueva ciudad, a otros rostros, a distintos días. Y así sucedió: Al principio chateábamos muy seguido o me llamaba por teléfono, ya luego las conversaciones se fueron espaciando. Y no tuvo que fingir, ni hubo reclamos de mi parte, pero ella se fue enamorando de uno de sus asesores. Y yo no quise saber nada cuando ella empezó a querer contarme que “es casado, pero ya se está divorciando”. Sólo le deseé suerte y que tuviera mucho cuidado, que no se dejara cegar por el entusiasmo. A los siete meses, número trágico, ella regresó a la capital hecha un guiñapo y a refugiarse con su hermana mayor, porque su “hombre ideal” resultó ser un patán. Eliza me buscó con el pretexto de que necesitaba mi consejo, aunque yo sabía en qué terminaría aquello: ya saben, lágrimas, tragos, canciones que te recuerdan algo y el final clásico de “te he extrañado tanto”. Traté de reconfortarla, pero ella no necesitaba palabras de aliento sino una tabla de salvación para no hundirse por completo. Le comenté que yo estaba muy a gusto sin una relación y ella insistió en que volviéramos, “porque ya entendí que tú eres la persona correcta, mi complemento”. Eliza, no mames, creo que algo así expresé no sin agregar que “parece que dejaste de escuchar a Sabina, para clavarte con Camila o algo peor”. Sólo entonces la vi sonreír con esa alegría que se le había fugado. Entonces me besó con urgencia y se fue desnudando con maestría. Conjugamos su desesperación y mi soledad para hacer el amor como dos fieras en cielo, como si fuéramos a ser exiliados en el infierno. Y así nos amaneció, desnudos sobre el sofá, abrazados a otro adiós que se aproximaba. Ella se volvió a despedir con sus frases rebuscadas: “Por favor, guárdame un lugar en tus poemas y deletrea mi nombre alguna madrugada”. Se vistió, ella no era de preparar desayunos, luego se puso sus gafas oscuras y supe que no la vería pronto, a menos que se volviera a desenamorar de un cretino que otra vez no sería yo. Regresó a su residencia temporal, a olvidarme otro poco, mientras yo me quedaba intentando olvidarla, queriendo no deletrear sus nombres en mis intentos de poemas. Otro adiós en mi colección de despedidas. Y los Babasónicos sonorizan mi escaso optimismo: “Atrévete a viajar conmigo,/ atrévete a vendar los ojos,/ atrévete a las cosas nuevas/ y en esta quimera me propongo yo./ Seamos estupendos amigos,/ dejemos la crítica de lado.../ atrévete a surcar el caos,/ que del otro lado te espero yo”.

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Como si el olvido fuera cualquier cosa, como si uno mismo no tuviera memoria, Eliza me llamó hace unos días después de tantos pretextos y meses de ausencia. Con sólo escuchar su voz supe que todo andaba mal. “Necesito verte, me urge un abrazo”, comentó por teléfono, “no me siento bien, creo que todo se cae a pedazos”. Y yo que nunca he sido un optimista y sí un tipo intuitivo acerté: “Déjame adivinar, ¿es el corazón, verdad?”. Ella sollozó un “siiií” que acompañó de alguna estúpida explicación, “es que tú no sabes lo que es que te hagan sentir como una segunda opción, como si no les importaras”. Intenté calmarla, pero ella no estaba en condiciones de entender nada. “Por favor, necesito verte”, insistió, “me urge una mezcla de Sabina y whisky”. Lo pensé unos momentos: tragos, Sabina, una mujer hermosa y sexo hasta el amanecer. Era tentadora la opción. Sólo que mi orgullo pudo más. “No me lo tomes a mal, Eliza, pero tengo un compromiso”, expliqué. “Por favor, tú no me puedes fallar, nunca me has fallado”, insistió, “yo sé que puedes cancelarlo”. Eliza sabía de mi debilidad por ella, por sus senos generosos, por su piel aterciopelada y sus labios urgentes. Pero algo me decía que yo no soy la maldita receta para sus altibajos, ni su Prozac para las depresiones, así que busqué fortaleza en los meses que no supe de ella. “Lo lamento, pero es un compromiso que no puedo postergar”, remarqué. Eliza pareció resignarse con una promesa: “Okey, pero prométeme que me llamarás si te desocupas temprano”. Le dije que sí, aunque mi intención era no hacerlo. No sirvió de nada, porque insistió a las dos de la mañana. No contesté el teléfono. Ya no quiero volver a andar en círculos viciosos, puse el modo silencioso y me volvió a rondar ese himno sabinesco que repite: “¿cómo no imaginarte,/ cómo no recordarte/ hace apenas dos años?/ Cuando eras la princesa/ de la boca de fresa,/ cuando tenías aún esa forma/ de hacerme daño”. Siempre era así con Eliza. Cuando estaba feliz o pasaba por buenas rachas, parecía vivir en su mundo y todo lo demás le valía madre, hasta los amigos. Pero sí entraba en crisis o pasaba por uno de sus lapsos bipolares, entonces se acordaba de que existíamos. Y en ese sentido yo siempre fui un idiota, será porque la quería o sólo porque la extrañaba, pero no dudaba en atender sus llamados. Hasta que entendí que me harté y le dije que “yo sé que no soy una prioridad en tu vida, pero tampoco me trates como si fuera el forense que sólo tiene que ir a recoger las evidencias”. Así recuperé la cordura frente a esa mujer y fue entonces que vino una de tantas musas a dictarme cátedra sobre cómo curar el olvido: “Supe que no serías mía de nueva cuenta,/ aquella noche que llovía demasiado,/ cuando los anuncios de neón parpadeaban/ en tus ojos tan llenos de horizontes./ Supe que tus pasos no volverían/ cuando fingiste un adiós memorable,/ mientras yo despedía tu silueta suspirando./ Supe que ya no serías mía, ya no,/ cuando alguien te esperaba al doblar la esquina./ Supe que ya no serás mía/ ayer por la tarde, sí, ayer por la tarde,/ cuando encendí un cigarrillo y descifré/ las señales de humo que ya no formaban tu nombre”.

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