Instructivo para mandar todo al carajo

Jue, 15/08/2013 - 05:00

Hay días absurdos, grises, azules, amarillos, incómodos, tristes, incoloros. Hay días comunes, intensos, alegres, pesados, rutinarios. Sí, en verdad que hay un catálogo infinito de días que se van, que se marchan como amores ingratos, pasajeros.

Yo también tengo días que me abruman como un montón de facturas por pagar. Días, tardes, noches que incomodan igual que un maldito vendedor ambulante en el Metro. Hay días que un ángel bueno te acompaña y llegas con bien a casa. Y también hay jodidos días en que tu ángel de la guarda anda distraído y regresas sin celular porque un pendejo cualquiera no sabe trabajar o vive de chingar al prójimo. Hay días tremendos, furibundos, en los que se te acumula el cansancio en los pies y el rencor en el alma. Hay lunes y martes, viernes y miércoles para el olvido. Hay noches que da miedo asomarse a la calle. Hay madrugadas que sueñas imposibles. Y hay amaneceres que no prometen otra cosa que migrañas. También hay tardes pobladas de neurosis mientras miras el paisaje a través de la ventanilla. En resumen: hay días en que dan ganas de mandar todo al carajo. Sí, hay días propicios para mandar todo a la chingada. Y últimamente tengo esta sensación de hartazgo, de querer que se acorten las rutinas para encerrarme en mi cuarto a fumar en silencio y cerrar los ojos pensando que tal vez me he equivocado de camino. Yo no sé por qué diablos tengo lunes y viernes que me saben a resaca. Será que me hace falta darle un giro a mi destino, olvidarme de todo, empacar unas cuantas cosas y largarme en busca de una frontera que nunca estará cerca. Será que mis labios se agrietan con el frío y no encuentro el bálsamo de los besos. Será que las tardes lluviosas empañan mis tristezas, será que hace tanto que no navego sobre la balsa de tu cuerpo, será que me ahogan los malditos recuerdos, será mi poeta de cabecera que ya no escribe con la fiereza de antes, será que mi sueldo es un niño con anemia, será que ya no me alcanza para comprar libros nuevos y tengo que escarbar en el montón de viejo, será que mis Converse se han deteriorado sin recorrer nuevos senderos, será que este pinche jueves tiene poco que darme, será que he dejado de ir al cine en compañía, será que me estoy aburriendo de comer huevo o quizá se deba a que ya no escribo poesía con la misma soltura. Será que necesito hacer una convocatoria de musas. O quizá sea momento de escribir un instructivo para mandar todo al carajo. Y enclaustrar mis silencios, como monjes asilados en un convento viejo.

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Un buen día despierto en un país lejano, cansado de los trámites en el aeropuerto, con la fatiga de los que no saben huir ni a destiempo. Y me miro en el espejo y mi entrecejo me recuerda que ayer me dolía la cabeza, como casi todos los días que son una migraña. Salgo a caminar un rato, luego me siento a observar a la gente presurosa. Y una chica hermosa da la vuelta en la esquina y se sonríe con alguien que la espera. Se abrazan, se besan, se miran como si aún confiaran en la vida, como si el amor no pagara impuestos ni tuviera recargos. Alguna vez yo también confiaba en que las cosas irían mejor en pareja. Pero este cachivache que llevo en el pecho se ha oxidado con la humedad y el moho de los adioses recurrentes. Sí, soy un viajero frecuente y acumulo millas en la geografía de los fracasos. Y cargo una pequeña libreta en la que apunto las coordenadas para no perderme de regreso. Tomo un par de fotografías del paisaje en el atardecer. Y escribo lo primero que me viene a la mente: “Tuve que viajar al ombligo del mundo para extrañar el Ecuador de tu cintura, el faro de tu mirada, la selva de tu bajo vientre y el caudal de tus larguísimas piernas”. Otra vez mendigando en la melancolía. Por mucho que me aleje, siempre estoy añorando la tibieza de algún cuerpo, el carmín de aquellos besos. Qué patético es sentirse lejos de casa sin que nadie te extrañe, sin que te echen de menos. ¡Qué triste y que ruin es que tus postales no tengan destinatario! Aquí y en todos lados, sin importar el color de los paisajes o las puestas de sol, hay días que dan ganas de mandar todo al carajo. Y la sombra de una nube gris te aconsejará que los jueves y los lunes, por la tarde o la mañana, son igual de amargos que aquel antidepresivo que te recetaron para mitigar las soledades. Ya lo ha descrito Mario Benedetti a la perfección: “Voy a cerrar los ojos en voz baja,/ voy a meterme a tientas en el sueño./ En este instante el odio no trabaja…/ ¿Por qué el mundo soñado no es el mismo/ que este mundo de muerte a manos llenas?/ Mi pesadilla de siempre es el optimismo:/ me duermo débil, sueño que soy fuerte,/ pero el futuro aguarda. Y es un abismo./ No me lo digan cuando me despierte”. Y es verdad, hay amaneceres con lagañas, aún con el fragor de la batalla tras las pesadillas, y despiertas con unas ganas tremendas de peinarte sin cepillo y mandar todo al carajo desde temprano. Y hoy ha sido uno de esos días. Y mañana lo será también, igual que cada día de este calendario cada vez más delgado. Te lo digo yo, que anoche otra vez olvidé el maldito paraguas y llegué empapado, con estas repetidas ganas de mandar todo a la chingada. Sí, te lo digo yo, que aún batallo para olvidar la curvatura de unos senos que me desvelan. Te lo digo yo que traigo esta canción de Bunbury como un karma: “Eras verano y mil tormentas./ Yo, el león que sonríe a las paredes/ que he vuelto a pintar del mismo color./ No sé distinguir entre besos y raíces./ No sé distinguir lo complicado de lo simple./ Y ahora estás en mi lista de promesas a olvidar”. 

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