Escupir delirios al cielo

Jue, 13/06/2013 - 00:00

Lo último que recuerdo es que cerré los ojos. Desperté en el hospital. La boca me sabía a carbón. El dolor en los huesos me recordó que era humano y frágil, más esto último que lo primero. Y encima la resaca era ese infierno que solemos frecuentar los que tragamos fuego, los que nos ahogamos en incendios.

¿Alguna vez te han dolido dos muelas al mismo tiempo? Así eran mis días en el hospital. Un constante desgarre físico y emocional. Mi cabeza era una sucursal del vértigo. Sentí el cerebro como una gelatina estúpida y fría. Encima, no dejaba de pensar y pensar en lo grises que eran mis rutinas de fin de semana. Gastarme el poco dinero que me heredó mi abuelo en tragos y viejas, invitando a desconocidas al desmadre, comprando alcohol sin ningún pretexto, invirtiendo en amistades falsas, exprimiendo las madrugadas. Toda la semana me refugiaba en mi burocrático trabajo, pero al llegar el viernes me dedicaba a frecuentar los bares, a beber como si en el fondo de un vaso estuviera alguna frase, cierta señal que me indicara que algún camino me llevaría a buen destino. Para tener un empleo de medio pelo, gracias a un tío que era consejero de un político picudo, no me iba mal. Sueldo decoroso, una secretaria buenona y el horario a mi propio gusto. Sólo que sentía que mi vida era igual que una bolsa de cheetos: me sabía muy sabrosa, pero no era nada nutritiva. Destructiva, en todo caso esa era la palabra. Mi vida era deconstructiva. Todos mis amigos se habían alejado porque decían que yo bebía más que lo ellos podían. Claro, tenía amistades de ocasión, gente que celebraba hasta las derrotas con frases como “no se desanime, campeón”.

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En las madrugadas me sentía invencible, pero en realidad era tan vulnerable como un niño asustado. Por eso bebía, por eso manejaba a exceso de velocidad y cerraba los ojos en los semáforos en rojo. Hasta que oí un ligero crujido, como si hubiera sucedido a una gran distancia. Nadie me lo ha explicado aún y no quiero saberlo, pero creo que ese leve ruido fue mi alma reacomodándose en algún lugar lejano a mi corazón. Lo que sí tronó más fuerte fue mi brazo izquierdo y dos costillas y una rodilla. Ahora estoy recuperado, pero me quedó una cicatriz sobre la ceja izquierda. Tuve suerte de no abrirme el cráneo, dijeron los médicos, pero es que ellos no sabían que siempre he tenido cabeza de chorlito. Quién diablos va a saberlo. Lo que sí me queda claro es que desde siempre tuve espíritu de suicida, pero me faltaba valor para lanzarme al vacío sin paracaídas. Por eso bebía con la desesperación de los enfebrecidos, por eso corría en túneles oscuros, por eso manejaba como los ciegos, por eso dormía en hoteles de paso, por eso las noches me abofeteaban y las mujeres me exprimían hasta el último centavo. Por eso contraté un seguro de muerte y dejé dicho que me incineraran, por si algún día me dormía fumando en un colchón de fuego. Y la poesía parecía ser el único placebo para arder en silencio: “Porque no reconozco esas ojeras,/ ni la imagen frente al espejo,/ es que me siento algo extraviado./ No soy yo ese que me mira,/ no soy el idiota que se observa,/ el cinismo en la comisura de la boca./ No soy ese extraño que lagrimea frente al espejo./ No soy ese que era antes ni después./ No soy el mismo que dejaste,/ aquella tarde que llovía./ Soy un tipo algo distinto/ que ya no cree en tonterías,/ que se ha curado la tristeza/ y ya no compra corazones de bisutería”. 

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Y todo porque Natalia se casó con el ex novio de su madre, que era un pinche riquillo que hizo fortuna organizando bailes en los pueblos. El wey se ligó a la señora, que era joven y hermosa, pero cuando conoció a la hija se volvió loco. La empedó y se la llevó a Las Vegas. Regresó bien vestida, bien casada, bien cogida y bien atendida. Nunca pude superarlo. Natalia y yo nos conocimos en la secundaria y nos hicimos novios en la prepa. Teníamos los mismos planes que la gente promedio: casita, dos hijos, un auto y un perro. Pero esa felicidad siempre será un lugar común para la gente común, no para los locos ni los desahuciados, como yo. En cuanto la vi bajar de aquel Mustang macuarro (amarillo huevo y con peluche en el tablero), con esa sonrisa de quien ha comprobado que su precio es alto, supe que la muy puta ya me había olvidado. No está de más decir que su madre se refugió conmigo. Y nos encerramos tres días a beber sin medida, a follar a todas horas, a tratar de olvidar que nos habían olvidado. El duelo se prolongó como tres días. Y es que la neta sí es verdad que después de un sepelio, o cuando pierdes a alguien que adorabas, te dan muchas ganas de tener sexo sin medida. Desde entonces me siento igual que un tragafuegos, que sorbe su propia muerte y luego escupe delirios hacia el cielo. La misma historia de siempre, que ya me abruma de tan repetida: te enamoras, te fallan, te lleva el carajo. Y entonces hasta las canciones más románticas te saben a aceite de ricino. Y me quedé odiando aquella melodía que me dedicó Natalia, cuando según ella no dormía por estar pensando en las noches a mi lado: “Como un domingo en la cama toda la mañana.../ como decir a escondidas palabras prohibidas,/ como bucear entre peces de colores,/ como la luz de las velas temblando,/ como una orquesta de cuerdas sonando,/ estaba enamorada./ Como una niña encaprichada,/ estaba de verdad enamorada,/ no veía el mundo que me rodeaba”.

 

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