Ungüento para el alma

Jue, 11/04/2013 - 02:00

Una chica masculla su tristeza y trata de mitigarla con canciones en el iPod. Un adolescente siente que se le escapa el aliento porque su novia la dejó. Y aquel abuelo de rodillas oxidadas maldice la fila en el banco, para cobrar su pensión.

Ana tristea porque se siente como un alma añeja, encerrada en su cuerpo terso. Cansada de la escuela, de los problemas en el hogar, de que su novio sea un ojete, ella no encuentra su lugar en el mundo. Ha reprobado dos materias, sus Converse han perdido brillo y para colmo su madre dice que tendrán que empeñar su iPod para completar la renta. Y ella que posee tan poco, que se aísla de las rutinas con los audífonos puestos, no entiende por qué siempre le toca perder. Así pasó con la computadora, cuando la llevaron al Monte de Piedad: pasaron los meses y su madre dejó de pagar, así que terminó perdiéndose en el montón a subastar. Ahora Ana tiene que hacer las tareas en el cibercafé. Pero ella no tiene la culpa, tampoco su madre, ni siquiera los que usuran con la necesidad. En realidad su padre no tiene ni puta idea de lo que es progresar: estacionado en la mediocridad, el señor no tiene trabajo estable y cuando lo consigue le da por faltar. El muy irresponsable se emborracha los domingos y hace “san lunes”, porque amanece con resaca. Y Ana que no desea dejar la escuela, porque allí están sus amigas y tiene sueños de progresar. Ella se ha empleado medio tiempo en un trabajo infame y eso le resta tiempo cuando se trata de hacer tareas o de estudiar. Y a quién carajos le importa, quién repara en su ansiedad. Su madre está ocupada en otros asuntos. Su padre es un alcohólico sin remedio. Ana se siente como si le hubiera tocado un ángel guardián olvidadizo o como si a algún dios cínico se divirtiera dejándola a su suerte como en los juegos de azar. Ya le robaron el celular cuando asaltaron el pesero y su tristeza se agiganta tan sólo de pensar que su iPod irá a parar al Monte de Piedad. Y ella que se refugia en las canciones como si con cerrar los ojos el mundo fuera un sitio más amigable. Por eso Dante Guerra es un retratista tan certero, cuando cuenta que “hay canciones que reparan soledades,/ hay estribillos que se cantan en la regadera,/ y también hay melodías que te no cansan./ Pero igual hay baladas que castigan,/ que flagelan tus ansiedades a golpe de recuerdos./ Y la primavera te llueve en los ojos,/ mientras suspiras por los momentos/ que no tienen vuelta atrás”.

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Siempre que miro a un adolescente sentado en la banqueta, a una chica sin brillo en la mirada, a una pequeñita que vende chicles o a un niño descalzo y mendigando, no puedo evitar la congoja. Y me pregunto qué han hecho para merecer esa tristeza, esa miserable vida que no se compara con el derroche en pendejadas como la Estela de Luz. Y me imagino a los políticos bebiendo en restaurantes de lujo, a los senadores cobrando bonos por dormir en las sesiones, a los ex presidentes que vacacionan en las Bahamas mientras sus hijos juguetean en el mar. Y quién chingados les pedirá cuentas, quién diablos les exigirá que luchen por este pueblo que siempre merecerá más. Ya se fue el PAN, con su Fox y su Calderón y todos sus secuaces. Ya se llevaron lo que quisieron, ya nos dejaron con el Jesús en la boca, ya hicieron su reguero de mierda y de sangre, y ahora nos toca pagar intereses y recargos. Ya regresó el PRI y no parece que vayan a cambiar las cosas, porque uno se da cuenta que el sueldo mínimo es una ofensa y que el dinero ya no alcanza para lo mismo. Ya no hablemos del precio del queso o del pollo rostizado, ni siquiera de que los empleos son miserables, sino de tantos jóvenes que parecen embaucados por un futuro que no luce prometedor. Ya no hablemos de los problemas cotidianos, del alza en los pasajes, del incremento en las tarifas de la luz, sino de la melancolía de aquellos muchachitos que se sienten extraviados, a merced de la miseria, bajo este calor enfermo que recrudece las ganas de quedarse inmóvil. Y me imagino a una chica con ganas de sentirse querida, a un anciano que extraña los abrazos, a un adolescente con el corazón hecho pedazos, a una ama de casa que ya no sabe lo que es un orgasmo, a un estudiante de medicina con tendencias suicidas, a un divorciado agobiado por las deudas, a una madre soltera que solloza en las noches con desesperación. No, yo no soy de esos optimistas que creen en las cifras de los que nos gobiernan, ni se deja embaucar por lo que dicen los noticieros. Yo creo más en lo que veo en las calles, lo que percibo en el Metro, en la fila del banco, afuera de la casa de empeño. En definitiva yo confío más en lo que escucho en el mercado, yo creo más en las quejas de mis vecinas, en la grisura de los pasajeros del microbús, en el estrés cotidiano de los que caminamos bajo este sol. Yo creo más en la mirada de los solitarios, los desahuciados, los que parecen tener empeñada hasta el alma, los que se muerden las uñas, los que ya quieren que sea quincena, los que compran en el tianguis, los que ya no creen en promesas presidenciales. Yo creo más en los que como tú, como yo, como mis vecinos y mis hermanos y mis primos, no nos daremos por vencidos, aunque suban los pasajes, aunque tengamos que trabajar y estudiar, aunque nos quieran dar atole con el dedo, aunque no encontremos otro consuelo que ponernos los audífonos y cerrar los ojos para imaginar mejores paisajes en las canciones. Yo creo más en los que siempre necesitaremos ungüento para el alma, prótesis para el corazón. Y también creo en la agudeza de Dante Guerra, que mitiga algo las penas, cuando nos habla del dolor: “Y cómo diablos haces para curarte,/ para suturar los jirones en el alma,/ los desastres que ha dejado/ la mudanza en el corazón./ Cómo carajos encontraremos/ una prótesis para el alma/ o aunque sea un simple placebo/ que mitigue el ardor, esa triste desazón”.

 

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