Los remolinos que deja el otoño

Jue, 10/10/2013 - 05:00

Qué carajos tendrá el otoño. Yo no sé qué diablos pasa con el viento que siempre me ha parecido un musitar sombrío. Y las hojarascas girando su danza interminable, mientras estos ojos húmedos se ponen a tristear.

El otoño y yo no nos entendemos, no somos amigos, nunca nos sonreímos, siempre estamos riñendo. No es que haga frío, ni tampoco las humedades que deja la lluvia, tampoco es el sol tímido que se asoma unas horas. No, claro que no es nada de eso. Desde pequeño, cuando era un saltarín que subía a los árboles y correteaba lagartijas, no me llevo bien con el otoño. Y es que no me gustan sus murmullos, ese viento que se queja al mecer los cachivaches o que me deletrea al oído la palabra melancolía. Yo quisiera que ya acabará esta temporada tan propicia para los suicidios, para la muerte de las aves que se derrumban con sus nidos. Cuando era un chavalillo correteaba un balón bajo la lluvia, vagaba sin suéter durante el invierno y caminaba descalzo sobre la hierba de la primavera, pero si algo me perturbaba eran los silbidos del viento de otoño al colarse por mi ventana. Y uno tan escuálido y tan proclive a la tristeza, parecía encontrar mensajes del más allá, de alguna de esas almas que nunca descansan en paz. Con el tiempo fui perdiendo el miedo, pero se me acentuaron las tristezas, se me enmohecieron los recuerdos con tantas tormentas. Algunas veces se nos inundaba la cocina, salía agua de las alcantarillas y cruzábamos la calle con los zapatos anegados y los pantalones con el dobladillo en las rodillas. Por eso no me gustan los otoños, con sus lluvias torrenciales, con sus vientos susurrantes y los remolinos de hojarascas que me perseguían como pequeños demonios vociferantes. Yo no soy un tipo de otoños, me llevo mejor con los inviernos aunque se me partan los labios y aunque no tenga a quién echar de menos.

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No, de manera definitiva, no me agradan los otoños y sus pequeños remolinos que danzan una especie de baile con música de polvo y hojas que han pasado a mejor vida. No me gustan estos vientos agoreros, que presagian tormentas y óxido en el alma. Será por eso que me deprimo algunos miércoles, los sábados por la tarde y la madrugada del domingo cuando estoy en vilo, en vela, fumando un cigarrillo mientras el aire golpetea en mi ventana. Será por eso que mis relaciones siempre se han extinguido cuando está en su climax el otoño. Será por eso que los adioses saben a vinagre y hiel mientras alguien se marcha azotando la puerta y deja entrar el ventarrón de un olvido en pausas. Será por eso que me entristecen el crepitar de las hojas, el chirriar de las bisagras, los pequeños remolinos que me han dejado tantas ausencias. Ya lo dice el poeta Dante Guerra: “Si te vas a marchar, espera el invierno./ No te vayas este otoño o el próximo./ No me dejes a la deriva del viento,/ como un montón de hojarasca,/ igual que una veleta de azotea/ o un cometa que ha escapado sin rumbo./ Si te vas a largar cualquier día,/ espérate a que llegue el verano/ o al menos a que se me congelen las manos/ mientras te digo adiós desde el balcón./ Si te vas a marchar cualquier día/ o me vas a clavar un puñal en la espalda/ espera a que llegue el invierno, por favor./ No me chingues más la tristeza/ que se me acumula como fierros viejos/ en la azotea de cada maldito otoño”.

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“Tienes un otoño en los ojos, pero no me enternece tu tristeza”, dictaba la notita que Ana me dejó pegada en el refrigerador. De inmediato comprendí que era un adiós. Una despedida rebuscada, pero al fin despedida. ¿Y ahora qué?, reflexioné por unos segundos y temí que al abrir la nevera encontrara un cadáver de pollo con alguna frase del tipo “este animal guarda más calor que tu corazón desahuciado”. Ella era capaz de ese tipo de cosas, como aquella vez que me regaló una maceta y un sobre con semillas en el que había escrito: “si las siembras junto con tus sentimientos y las riegas cada tercer día, te juro que primero florece un cactus como el que guardas en el pecho”. Aún así, Ana me gustaba. No la quise tanto, yo sabía que era algo pasajero, pero cuando estábamos de buenas todo parecía llevadero. Y cuando chocaban nuestros defectos, aquello era como quemar hojas en el traspatio: el humo era insoportable y preferías encerrarte en silencio. Para acabarla de chingar, a ella le encantaba el otoño y la lluvia de hojas que merodeaban las calles. Se podía pasar horas tirada en el césped o pisando las hojarascas, “como en una película de Woody Allen”, argumentaba. Pero lo nuestro era una pésima comedia romántica, sin final feliz y demasiadas posdatas. Yo sólo me sentaba a observarla un rato, luego me ponía los audífonos y escuchaba aquella canción de Joaquín Sabina que tanto nos latía antes de lanzarnos indirectas y postergar tanto la despedida: “Ni tan arrepentido ni encantado/ de haberte conocido, lo confieso./ Tú que tanto has besado,/ tú que me has enseñado,/ sabes mejor que yo que hasta los huesos/ sólo calan los besos que no has dado,/ los labios del pecado./ Y me envenenan los besos que voy dando/ y, sin embargo, cuando duermo sin ti contigo sueño,/ y con todas si duermes a mi lado./ Y si te vas me voy por los tejados/ como un gato sin dueño,/ perdido en el pañuelo de amargura/ que empaña, sin mancharla, tu hermosura”. Y alguna madrugada de otoño, de vez en cuando, me llega algún mensaje al celular sólo para citar “y sin embargo, cuando duermo sin ti contigo sueño”.

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