La tragedia de Nativitas

Mié, 10/04/2013 - 01:00

Respetar, preservar y hasta prohijar usos y costumbres de las comunidades del país es, a no dudarlo, una práctica saludable que ayuda a conocernos y entendernos desde nuestra diversidad y, a partir de ella, potenciar la unidad como nación soberana.

Y no tome usted ésto como un rollo mareador.

De la funcionalidad política y del enriquecimiento cultural que dan el respeto de los usos y costumbres, hay diversos ejemplos en el país.

Hay algunos bastante bien acabados, como en Oaxaca, donde más de 400 municipios se gobiernan por usos y costumbres respetando, a la vez, los órdenes estatal y federal.

Y hay otros inacabados, como en el sureste de Chiapas, donde operan las llamadas Juntas del Buen Gobierno organizadas y establecidas por el EZLN, con resultados bastante bien evaluados por las localidades donde operan, pero en una especie de limbo jurídico después de que se aprobaran sólo a medias aquellos acuerdos de San Andrés Larrainzar que pusieron fin a la insurrección neozapatista, pero que el Estado mexicano acabó por no aceptar en todos sus términos.

Aun así, sumadas todas las bondades de los usos y costumbres, no alcanzan para justificar el que su práctica y preservación pongan en riesgo vidas y propiedades. Y en Tlaxcala, por ejemplo, se sufrió hace casi un mes un trágico ejemplo de tal aserto.

El pasado viernes 15 de marzo explotó un camión cargado de cohetones integrado a la tradicional procesión que con motivo de las festividades del pueblo realizaron los habitantes de Jesús Tepactepec, municipio de Nativitas.

Familias enteras peregrinaban a paso lento, lanzando al aire cohetones, expresión máxima de celebración y júbilo, acaso sin pensar (porque no se les ocurrió o porque nadie se los dijo o porque no hubo autoridad que lo previera y evitara) que alguno de ellos, o las chispas que les son inherentes, podría caer en el camión de redilas que transportaba la pirotecnia.

Y como todo lo que puede pasar siempre pasa, un cohete o una chispa encendió la carga explosiva del vehículo generando un estallido que mató a 19 personas (de acuerdo con el dato más reciente) y mandó al hospital a otros 154 de los que, a casi un mes de ocurrida la tragedia de Nativitas, 40 continúan internados.

No ha habido voz en Tlaxcala, desde la más sencilla hasta la más docta, desde el obispo Francisco Moreno Barrón hasta el gobernador Mariano González Zarur, que sin regatear su respaldo a ceremonias y peregrinaciones o eventos propios de los usos y costumbres de las comunidades, argumenten que éso no puede ser pretexto para no garantizar condiciones de seguridad para la gente.

Y eso es obligación de todos: de los promotores, de los participantes y de las autoridades. Si el trabajo coordinado de los tres no alcanza para garantizar esas condiciones, pues entonces no queda más que impedir la realización del acto o evento a pesar de los usos y costumbres.

Aquí en la ciudad de México, por ejemplo, la opinión pública quedó sacudida al enterarse de la muerte de un niño que, dentro de la sala de un cine recibió un tiro en la cabeza. La bala —según se concluyó— había penetrado por la techumbre de lámina de la sala cinematográfica ubicada en Iztapalapa, muy cerca de barrios que, como partes de sus usos y costumbres, salen a la calle a echar bala asi nomás porque sí. Y eso es absolutamente inaceptable y debería quedar totalmente prohibido pese al argumento de los usos y costumbres.

Vamos, no puede haber nada más importante y valioso que una vida humana.

Instantánea

PREVENCIÓN. En la reciente conferencia conjunta sobre el Programa Nacional para la Prevención Social de la Violencia y de Delincuencia que ofrecieron el doctor Pablo Kuri Morales, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud de la Secretaría de Salud; y Enrique del Val Blanco, subsecretario de Planeación y Evaluación de Políticas Educativas de la Secretaría de Educación Pública, encabezada por Roberto Campa Cifrián, subsecretario de Prevención y Participación Ciudadana de la Secretaría de Gobernación, Kuri Morales aseguró que una de las metas principales de la lucha contra las adicciones es disminuir la velocidad con que aumenta el consumo de alcohol entre los jóvenes, que en los últimos años incluso fue mayor a la del consumo de tabaco y drogas ilícitas.

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