Una hoguera para los corruptos

Jue, 09/05/2013 - 00:00

Tal vez no lo pueda contar mañana, uno nunca sabe, pero la muerte me anda merodeando. Tal vez debería hacerme el distraído, no darle importancia, pero de un tiempo a la fecha me ronda la tragedia. Igual a ti también te anda acechando, pero tú ni te has dado cuenta.

Un día como cualquier otro sales rumbo a la escuela o al trabajo, abordas un microbús y kilómetros adelante el chofer se estrella contra un camión de pasajeros. O ya ni sabes si alguna mañana una pipa de gas explotará sobre la carretera mientras viajas en la combi de un lado. O puede suceder que un miserable adicto a las drogas te suelte un plomazo nomás porque se le antojó chingarte el celular o el bolso de mano. Uno ya ni sabe, si un conductor ebrio se subirá a la acera mientras comes unos tacos con “El Paisa” o si arrollarán a tu hijo mientras va a las tortillas, en bicicleta. No, uno nunca sabe si explotará un tanque de gas en el tianguis, si se colapsará el edificio en que trabajas, si el microbús se quedará sin frenos, si el Metro volverá a chocar como hace años. Lo que sí tengo claro es que la muerte no tiene días feriados, ni se compadece aunque sea 10 de mayo. Sí, la muerte no tiene palabra de honor, ni horario de oficina y mucho menos se tienta el corazón cuando se trata de ponerse dramática. Y también tiene cómplices: los corruptos, los que “venden” licencias de conducir a verdaderos estúpidos, los que aceptan sobornos para abrir discotecas sin salidas de emergencia, los que se hacen de la vista gorda a cambio de unos billetes, los que pueden conciliar el sueño mientras ponen en peligro la vida de otros, los que se venden por unas monedas, sí esos a los que Dante Guerra tanto desprecia: “Hay amaneceres turbios como la muerte,/ hay noches acechantes como sicarios silenciosos,/ hay días que mi ánimo está de luto/ y no encuentro un retazo de poesía/ o una oración adecuada,/ que me permita volver a confiar en la condición humana./ Hay jodidos días que duelen bastante,/ hay días que arden como deberían arder,/ los corruptos, todos los podridos,/ los que se alimentan de la desgracia ajena”.

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En mi calle había un niño, Jorgito, que siempre andaba en su bicicleta y me hacía la plática cuando me encontraba en la tienda. Creo que le interesaban los tazos que me salían en las papas, más que hacerse mi amigo, pero a mí me parecía simpático. Y por qué recuerdo esto, porque he vuelto a pensar en lo injusta que es a veces la muerte. Jorgito fue atropellado por un microbusero imprudente. Y volvió a mi mente mientras me enteraba del caso de dos niños, pequeños, que murieron calcinados mientras dormían en sus literas. Sí, dos pequeños que no abrirán más los ojos, que no sonreirán ya para las fotos, porque una pipa de gas explotó junto a su casa. Y más allá de lo horrible del suceso, de lo dramático de las escenas, no puedo dejar de pensar en que esos niños inocentes no bailarán en el festival del Día de las Madres. No, es imposible no sentir tristeza por Iván y Alberto, Jorge y Jonathan, Marilú y Christopher o como quiera se llamen esos pequeños que han quedado inertes, sobre el piso, sobre el asfalto. Esa es la verdadera tragedia: pequeños sin culpa, que no despertarán más, que no estarán aquí para hacer travesuras, que no volverán a pasear en bicicleta, que no tendrán más canticos que piden “que le muerda, que le muerda” al pastel de cumpleaños, los que no abrazarán más a sus padres.

Yo no puedo imaginar la tristeza, no alcanzo a calibrar las lágrimas de los que conocieron a esos niños, los que sabían de su alegría, de su lunar en la cara, de su cabello crespo, de su manía por andar descalzos. Y me imagino esta mañana, en la escuela, donde un asiento vacío es metáfora de un pequeño que ya no batallará con la tabla del 7, ni le jalará la trenza a su compañerita de adelante que tanto le gustaba. Y me imagino las tardes subsecuentes, sin esos niños traviesos correteándose en el traspatio, imaginando naves espaciales mientras juraban ser la versión miniatura de Iron Man o algún otro superhéroe. Y no, por desgracia, esos niños no tenían un traje con poderes que les salvara del fuego, que los mantuviera a salvo mientras soñaban que surcaban el cielo, ese mismo cielo que hoy los tiene a buen resguardo.

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Yo que estuve a punto de morir un par de veces en mi infancia, una porque no sabía nadar y la otra por idiota, he llegado a pensar lo que hubiera sufrido mi madre. La imagino llorando, mirando mis lentes enormes y mi ojo desviado en esa foto de la escuela primaria. La imagino pensando en lo que me hizo falta, en los abrazos que se quedaron pendientes, en los zapatos de futbol que no volverían a pegarle a un balón, en los pantalones cortos que me quedaba demasiado grandes. Sí, imagino a mi madre prendiendo una veladora en cada aniversario luctuoso, intentando conservar en la memoria la sonrisa que nunca tuve en el rostro. Imagino a mi jefa queriendo volver el tiempo atrás para decirme cuanto me amaba, para no volver a pegarme, para comprarme la autopista Scalextric que tanto anhelaba, para llevarme al cine con mayor frecuencia, para invitarme un helado o una hamburguesa doble. Yo que estuve a punto de morir un par de veces, sé perfectamente de lo que hablo cuando digo que siempre quedan cosas pendientes. Y es mejor abrazar a tus hijos, a tus hermanos, a tus padres, conversar con ellos un rato, reír por tonterías, olvidarse de las rutinas, porque no sabes si en cualquier momento te atropella la negligencia o si te asalta la tragedia. No, en verdad no sabes, si podrás festejar el próximo Día de las Madres o si tendrás ánimos para brindar por las Navidades. No, uno nunca sabe si un terremoto nos concederá el último abrazo de la muerte o nos condenará a la soledad de los que agonizan bajo los escombros. Y no será mejor ni peor el mundo sin nosotros, como dice Facundo Cabral, pero seguro que alguien nos echará de menos, de vez en cuando: “Tal vez mañana me vaya/ si se me ocurre partir./ Y si no me da la gana,/ me quedaré por aquí./ No será más pobre el mundo/ el día que yo me muera,/ otro canalla andará/ agitando por la tierra./ No pierdo tiempo en cuidarme,/ porque la vida es bello peligro/ y del peligro del amor/ mi madre tuvo cuatro hijos”.

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