El cerco al Senado

Vie, 06/12/2013 - 05:00

Morena inició el cerco al Senado para evitar la aprobación de la privatización del petróleo. La medida ha resultado un éxito. Se ha logrado el aplazamiento de la votación y se ha exhibido la infamia y la soledad política en la que se encuentran los privatizadores.

Antes del cerco humano están las vallas policiacas que abarcan 10 veces más el perímetro de la sede senatorial afectando la vida cotidiana de la zona. Y es la longitud de este bloqueo la que ilustra la distancia entre quienes detentan el poder y la gente.

Apuran la votación para poder privatizar pero ignoran votar las leyes reglamentarias que abran paso a la consulta ciudadana y al plebiscito. En su lugar aprueban una reforma política que sólo asegura mantener los cotos de poder de las cúpulas.

Para los ciudadanos las vallas de la policía, para las élites políticas la reelección de legisladores y presidentes municipales. Para los grupos de interés que muchos vinculan a la delincuencia organizada audiencias, para la gente las vallas, la imposición, la regresión democrática y el linchamiento mediático. Esa es la realidad política actual del país.

En contraste, Morena ha optado por una lucha firme pero pacífica. Siguiendo el ejemplo de personajes como Martin Luther King o Nelson Mandela, quien desafortunadamente falleció ayer, el movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador sabe que la paz es la mejor estrategia para enfrentar a un poder autoritario.

El carácter pacífico de la lucha ha permitido que la gente se sume, que la participación en el cerco sea plural. Y es que quienes nos oponemos a la privatización del petróleo sabemos como Mandela que “el arma más potente no es la violencia sino hablar con la gente”.

Y es que el cerco también es un espacio de diálogo entre la sociedad. Ahí se comparten experiencias, puntos de vista, ideas que los legisladores no están dispuestos a escuchar porque eso los obligaría a salirse del guión del telepromter que los gobierna.

No obstante, la gente sigue en lucha y no se calla. El cerco está firme y la privatización tiene un futuro incierto.

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