Las horas tristes son las más largas

Jue, 06/06/2013 - 01:00

Una voz en la radio receta canciones para el desamor, para las noches como alas de murciélago, para que masculles tu dolor en el silencio y mirando el techo. Una canción en la radio suena cercana, se aloja en la aorta y te repite incesantemente que tus sentimientos flotan en el limbo.

Yo no tuve un hermano mayor que me familiarizara con Los Rolling Stones o con Kiss y AC/DC o Los Beatles, ni mucho menos los Credence y David Bowie o The Cure, pero tenía la radio al alcance y desde niño sintonizaba Universal Stereo para tratar de dormir en aquella litera que compartía con mi hermano menor. Inclusive instalé unas bocinas para amplificar el sonido, mientras pensaba en mil cosas y hacía planes para el futuro o fantaseaba con la chica que me gustaba. Y así fui creciendo, más a prisa que con estilo, entre grandiosas canciones y un desfile de desencantos. Cuando eres un chaval desaliñado, sin tenis de moda y con gafas enormes, es muy común que las chavas te apliquen el clásico “me gustas, pero como amigo” o “tú y yo no podemos ser novios, porque se echaría a perder nuestra amistad”. Y entonces el desconcierto es tu perro acompañante de regreso a casa o mientras tratas de concentrarte en las tareas de mañana. Luego, al llegar la noche, te acuestas con más dudas que ganas de dormir y te danzan en la cabeza, una y otra vez, las palabras de aquella mujer que ni se atrevió a mirarte a los ojos cuando pretextó que la amistad era lo más importante. Y ahí vas de nuevo, a refugiarte en aquella canción de U2 que dice algo así como “mal contigo, peor sin ti”. Y así se te van los días, las noches, las malditas horas de insomnio, esperando que alguna chica se atreva a besarte las ganas que guardas junto a los poemas que has escrito en secreto. Yo no tuve un hermano mayor que me dijera que no hay que enamorarse de mujeres imposibles o que me recomendara las canciones ideales para curarse el desprecio. Pero tenía la radio y desde entonces la música se volvió mi mejor compañera, la amante fiel que no desprecia ni te quita el sueño y mucho menos te deja con el corazón hecho trizas; muy al contrario, la música ha sido el bálsamo, al igual que la poesía, cuando las cosas no caminan, cuando suspiro por ausencias, cuando reviso las postales de mi infancia. Y así me fui curando, anestesiando el corazón, con canciones que siempre me recordaban que las horas más tristes siempre son las más largas, las que no se extinguen sino hasta la madrugada, cuando una voz repetía “Radio Universal, tu gran compañera” mientras yo escuchaba entre sueños.

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La primera vez que vi a Stephanie cantaba “Closet o me” en un tributo a The Cure y me gustó de inmediato. Estaba junto a Eréndira, que era la novia de un amigo mío. Yo llegué un poco tarde y en cuanto entré a ese barecito dudé que hubiera sido buena idea estar allí, no por el sitio sino porque la banda no me parecía muy buena y además el cantante desafinaba en los tonos altos. Celebrábamos el cumpleaños de Gerardo, un cuate de la prepa, que no salía de ese tugurio cada fin de semana. Como sea, pedí una cerveza y lamenté que no estuviera realmente fría. Me quedé sentado, mirando a la gente que cantaba y se movía al compás de las canciones. Más tarde me presentaron a Stephanie y me cayó bien, me pareció atractiva, aunque a decir verdad nunca me han llamado la atención las mujeres que se visten como si estuvieran de luto. Platicamos un poco, le invité un par de chelas, luego estuve platicando de dos o tres tonterías con Gerardo y su chava. Ya cuando me despedí, Stephanie me dijo que si tenía Facebook y prometió que me mandaría una solicitud de amistad. Pasaron varios días y casi la había olvidado, cuando Stephanie me buscó en Facebook. “Hola. Me caíste bien, aunque al principio pensé que eras un mamón”, fueron sus primeras palabras. Quedamos de ir a echar tragos y terminamos en mi casa escuchando música hasta la madrugada, mientras nuestras caricias se fueron familiarizando. Yo no sé qué estaba buscando ella, con trabajos sé lo que necesito yo, pero de buenas a primeras nos volvimos refugio, ansiedad, fuego, cómplices, delirio, madrugada y éxtasis. Ella me contó que venía saliendo de una depresión, que su ex novio la había engañado y “para no hacerte el cuento largo, no estoy preparada para una relación”. Yo no quería tampoco un compromiso, no se me daba y no se me sigue dando, así que me pareció ideal que Stephanie y yo coincidiéramos de vez en cuando para hablar de música, para incendiarnos la desnudez y esperar a que algún día regresara David Bowie a México para ir a verlo juntos. A mí me gustaba la profundidad de su mirada, que albergaba señales de melancolía, pero lo que en verdad me hacía delirar eran sus piernas fabulosas. Era buena chica, un poco dispersa, pero en la cama no conocía de fronteras. Y le encantaba Baudelaire, un poco Edgar Allan Poe y nada de Bukowski, así que su belleza se equilibraba con su intelecto, aunque a decir verdad a mí me hubiera importado un cacahuate que ignorara los libros. Al fin que no la quería para que me ayudara en mi tesis. Pero un buen día ella decidió que era mejor que quedáramos sólo como amigos, nada de amigos con derechos, porque un baterista de una banda que conocía le había “movido el piso”. La vi entusiasmada, como hace tiempo lo estuvo conmigo. Con razón los sábados siempre tenía compromiso, pensé yo. Le aconsejé que tuviera cuidado, que no se enamorara como idiota. Ella sólo sonrió y me pareció descifrar que era demasiado tarde para advertencias. Y entonces nos dimos una despedida como si nos acabáramos de conocer, con la diferencia de que no se quedó hasta la mañana siguiente. No es que me haya enamorado, trato de engañarme, pero la echo de menos cuando los insomnios me frecuentan, cuando suena The Cure en mi iPod o cuando miro la foto que me regaló entre un libro de poemas. Y he vuelto a pensar, lo que tanto me ha dado vueltas en la cabeza, que las horas más grises son las más largas, las que no te dejan conciliar el sueño.

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