Cadáveres ambulantes

Jue, 05/09/2013 - 05:00

Mi casa de la infancia era un refugio. No teníamos mucho, de hecho escaseaban las provisiones y los fines de quincena pedíamos fiado en la tienda. Pero mi madre era tenaz y siempre se las arreglaba para pagar sus deudas y mandarnos a la escuela. Mi casa era un refugio, sin duda.

Sí, mi casa era un refugio, a donde llegaba todo mundo. Una prima lejana, los tíos borrachos, la comadre que se estaba divorciando. Y por épocas tuvimos inquilinos transitorios, unos más educados que otros, unos agradecidos y otros deplorables. Mi madre era generosa y las puertas de su hogar siempre están abiertas. Lo que no entiende y no podrá entender es por qué ahora le pagan con el olvido, con la falta de memoria. Ahora que no está la abuela, que se nos murió sin dejar herencia, mi madre esperaba más de sus hermanos. Y no hablamos de dinero, ni de propiedades, sino de la mínima consideración. Mi jefa tiene hermanos buenos y también hermanos patéticos. Y todos ellos tuvieron una madre imperfecta, con sus virtudes y sus defectos, pero algunos nunca entendieron que al cielo no se va con el pinche dinero. Algunos hermanos de mi madre están cincelando su propia lápida por adelantado. Y son cadáveres ambulantes, cegados por la avaricia, podridos por la ambición. Mi madre no lo sabe, pero esos hombres que alguna vez tuvieron rostro ahora llevan un amasijo de jirones como máscara. Pero ya no lo pueden ocultar: son monstruos deformes, cadáveres errantes. Los delata el olor, la mirada vacía, el alma putrefacta, su corazón habitado por gusanos impacientes y ese cinismo que les encadena los pasos.

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Mi madre también tiene hermanos valiosos, que han estado con ella en las buenas y en las malas, pero ahora no estamos hablando de ellos. Mi amargura está reservada para los que le han hecho daño, los que le han dado la espalda, los que tanto nos han golpeado. Cuando éramos niños vivíamos precariamente, siempre rentando en vecindades, apenas completando para el alquiler. Y aunque tenía poco, mi madre no dudada en compartirlo. Por ello es que varios de sus hermanos se refugiaron con nosotros. Algunos aún sienten lealtad por el pasado. Pero otros nunca respetaron el hogar que se les prodigaba. Algunos de ellos fueron monstruos primitivos y ahora son cadáveres ambulantes, con su peste insoportable, con esa mirada perversa, con la maldita alma envilecida. Y no hay palabras más justas que las de Dante Guerra: “Ahí un cadáver ambulante,/ con sus ojos vidriosos/ y su olor a muerto añejo./ Ahí va un cadáver errante,/ que alguna vez fue hijo,/ hermano, amigo, padre/. Y lleva a cuestas su olor a rancio,/ esa peste que llega a ser intolerante./ Ahí va ese cadáver ambulante,/ con el alma tan putrefacta,/ con el corazón hecho una piltrafa”. Sí, algunos hermanos de mi madre no merecían ser sus hermanos. Mi jefa no es una mujer perfecta, cometió muchos errores, pero sus virtudes forman un ejército. Y no se merece el dolor que le han heredado. No, no se merece que le paguen con tanto desprecio. Y ella prefiere no reclamar nada. Y nosotros no queremos que le den gran cosa. Nos conformaríamos con que la respeten, que recuerden que alguna vez ella también fue su madre y que también es su sangre. Pero qué se le puede pedir a alguien que tiene el alma negra, a un monstruo que es capaz de lastimar a una criatura indefensa, a un salvaje que abusa de un niño flaco y tímido. Son como ogros malolientes, ebrios de voracidad, conviviendo con niños desamparados. Que Dios cuide a los hijos de estos monstruos cotidianos, acechantes en la oscuridad de una familia que no puede, que no quiere ver.

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Yo no sé por qué diablos estoy contando esto que es tan personal. A ratos no lo sé. Aunque en estos momentos lo siento necesario. Será porque allá afuera, en la complicidad de las sombras, acechan tantos monstruos, miles de ogros, en familias humildes y en hogares más privilegiados. Y nadie habla de ello, hasta que es algo irremediable. Pero el karma no se anda con tonterías. Los que fueron monstruos, los que ahora lo son, acaban siendo cadáveres ambulantes: “Ahí va ese hombre pútrido,/ ese lamentable despojo humano,/ que está más solo que nunca/ y que ha ido cavando su tumba/ con las manos, con las propias uñas./ Y no, ni sientas lástima por él,/ que se ha ganado a pulso/ el purgatorio en vida”. Y los que hemos sido víctimas seguiremos adelante, con la mirada en alto y la arrogancia de los que se han levantado, mientras hacemos nuestra la propuesta de Dante Guerra: “Ahí viene ese cadáver errante,/ con la espalda encorvada,/ con sus pasos vacilantes/ y algo turbio en la mirada./ Ahí viene con su aliento insoportable,/ con el rostro marchito, ajado./ Démosle la espalda, ignorémoslo,/ y verán que se largará solo,/ con una maldición como su sombra./ Ya se va, ya se va el cadáver ambulante,/ a enturbiar otros aires, a corroer otras bondades./ Ya se ha largado, para siempre,/ ese cadáver ambulante/ que tanto tiempo nos ha contaminado./ Aún no está bajo una lápida,/ pero nosotros ya lo hemos enterrado”.

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