Algunos atajos hacia el purgatorio

Jue, 03/10/2013 - 05:00

Al igual que tú, como tus padres, como el vecino, la cajera del supermercado, el voceador, la enfermera, el policía, los maestros activos o en paro, el licenciado o aquel arquitecto, la mesera y cualquier estudiante, siempre he sido un número.

No importa el nombre, lo que cuenta es la matrícula, la cantidad que debes, los intereses que pagas, el número de cuenta, el número en la lista, el tanto por ciento de una encuesta o un turno en el banco. Para todo nos asignan un chingado número.

Desde que recuerdo siempre he sido una cifra. En la primaria era el número 12 o el 14 en la lista, debido a mis apellidos, pero en la secundaria número 8 me asignaron el 17 durante tres años.

En las “cascaritas” del recreo siempre me escogían al último sólo porque usaba lentes, pero ahora resulta que para Hacienda soy una prioridad. Y cómo no, si lo que quieren es cobrarme impuestos, aunque en mi calle el alumbrado público esté descompuesto, pese a que ningún presidente ha respondido a mis expectativas y este país siga su rumbo hacia el precipicio. Quién sabe si les deba algo, pero no creo poder pagarles en efectivo y mi alma está empeñada con el diablo desde antes de nacido. Además mi saldo bancario es frecuentado por los ceros, así que mejor les hago un inventario por sí planean un embargo:

Soy dueño de muchos defectos, de mil suspiros frente a la ventana, tengo la letra incompleta de un bolero, he comprado un traje negro, ya soñé con mi funeral y por fin terminé mi epitafio. No he dictado mi testamento porque desde niño sólo ahorro retazos de memoria para no olvidar lo feliz que era.

Desde que recuerdo nunca confíe demasiado en la vida, mucho menos en el destino, así que todos los días me encomiendo al Santo y a un Blue Demon de yeso. Por poco lo olvido, pero también tengo un póster de Darth Vader que destella malicia. Y una máscara de Ultramán de 1978, así como un Pato Lucas de peluche despeinado, todos los libros de Bukowski, acetatos de Caifanes y Soda Stereo, un reloj que se retrasa cada hora, un saxofón desafinado, una Betamax descontinuada, un Atari descompuesto, este maldito refrigerador que ronca más que mi abuelo, un Nintendo de colección, el faro de un Volkswagen, el cartucho de Super Mario Bros, un banderín del Cruz Azul y los “20 poemas de amor y una canción desesperada”.

Igual poseo una torre Eiffel en miniatura, la autopista Scalextric de mi infancia, unos Converse clásicos, la playera de la selección del 86, esa foto del “Che” Guevara, una combinación del Melate sin revancha, un espejo que refleja los defectos, el boleto de una rifa fraudulenta, un trofeo al menos popular de la prepa, una colección de fracasos que nadie querría en una subasta y, por último, un cuaderno con infinidad de promesas que nadie me ha cumplido. Pero sobre todo, tengo la certeza de que al purgatorio se llega por atajos. Y que la muerte, lenta o trágica, siempre nos está acechando, al doblar la esquina o apenas al cruzar alguna puerta entreabierta.

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Dicen en el banco que no soy sujeto de crédito, que mi sueldo apenas alcanza para cubrir los intereses de mi déficit económico. Tampoco es que me preocupe tanto, porque en realidad no necesito mucho para sentirme a gusto. Voy de tipo duro por el mundo y mi vida parece un bar abierto de madrugada, porque normalmente bebo para olvidar que soy un buen hombre y me maldigo por ser tan sentimental. A veces me da por recitar poesía en silencio mientras observo un vaso medio vacío y es cuando me pongo un poco pesado y le miro las piernas a las chicas y les digo frases que nunca entienden: “Tu piel cobija mis desvelos” o “Tienes un incendio en la mirada, un fuego inolvidable que atormenta mis demonios”. Ellas me ven raro y seguramente piensan que estoy loco, pero en realidad sólo soy un solitario, un idiota sin remedio que bebe hasta que cortan el servicio y termina mareado pero dispuesto a volver pronto para comenzar de nuevo. A veces me siento como un tonto, esperando algo que me diga que la vida es mucho más que esta sucesión de soledades. Luego lo olvido, pongo a Calamaro y a Sabina en el estéreo, y por un buen rato me siento como si el destino me tuviera reservado algo bueno. Y pienso en alguna mujer que no me ha olvidado y le dedico algún himno de esos que siempre cantábamos en la rockola de algún bar citadino: “Yo estaba buscando,/ una forma de escapar,/ de escapar de las manos,/ de alguien que me estaba ahogando/ y el único camino que veía/ era saltar desde el balcón./ Cada vez que piensas que no,/ alguien llega para salvarte./ Dónde poder enterrar,/ cómo poder olvidar/ todas las cosas que ella me dio.../ Llegó despacio,/ ojos brillantes como el sol,/ me dijo que conocía/ todas las cosas que llenan mi vida./ Yo contesté algo casi sin pensar,/ vi esa película muchas veces/ y nunca me gustó el final”.

 

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