Pareciera que estamos malditos

Jue, 02/05/2013 - 01:00

“Ya vete a hacer una limpia”, es la broma más recurrente cuando tenemos una mala racha, cuando te asaltan por tercera vez en el pesero o si te rompes un hueso de la manera más tonta. Y tu sueles comentar “ya nomás falta que me orine un perro”. Lo cierto es que una nube negra parece ser nuestra compañera.

Uno trata de ser optimista, incluso ante el problema más complicado, pero a veces es tan grande la desilusión que dan ganas de sentarse y pedirle explicaciones a algún dios que parece jugar a los dados, mientras nuestra suerte se cae a pedazos. Y nos da por pensar que pareciera que estamos malditos, aunque los amigos se rían cuando nos machucamos un dedo o nos muerde un perro callejero: “Estás bien salitres”, comentan a costa de nuestra mala suerte. Y uno que más quisiera que levantarse tarde una mañana y contemplar desde la ventana, mientras tomas una taza de café, que el cielo está despejado. Y que te llamara en ese momento la persona que amas, sólo para decirte “no dejo de pensar en lo que haremos esta noche”. Coooorte. Ni madres, eso sólo en las películas o en las vidas de otras personas: las que no tienen deudas, las que cuentan con chofer en la puerta, las que no se truenan los dedos cada quincena, las que viven de nuestros impuestos, las que tuvieron un padre millonario, sí, esas personas que no tienen un sueldo miserable, ni viajan horas para llegar al trabajo y que tampoco saben lo que es comer una torta en la esquina, ni se solidarizan con los que sobreviven de la caridad.

Sí caray, sólo a uno le pasa que se juntan las calamidades: un buen día pierdes el celular, te reprueban en matemáticas, te roban la cartera, te traiciona tu mejor [email protected], atropellan a tu perro, reaparece tu ex, te enyesan la mano, se descompone la tele, te quedas sin internet, te deja tu [email protected], cualquiera de esas cosas, y encima de todo te roban la cartera a media quincena o te despiden del trabajo, quizá internan a tu abuela en urgencias, tal vez le detectan cáncer a tu madre o te informan que ha muerto alguien muy querido. Yo no sé si a ti te pasa, pero a mí me ocurre muy seguido: cuando pienso que no me puede ir peor, se me juntan las desgracias. Y a veces tengo ataques de ansiedad, que trato de calmar fumando, o me da por sentarme a pensar qué es lo que he hecho mal. Pero no queda de otra que seguir, persignarse y cerrar los ojos, elevar una plegaria y luego retar al infierno: tal vez seguiré tropezando, pero no voy a empeñar mi alma ni mi dignidad por falta de coraje. Y no sé si la solución esté en nuestro interior o allá afuera, si nos falta espíritu o garra, pero lo que sí tengo claro es que las cosas están de la chingada. Y siempre habrá más de un motivo, como escribe Dante Guerra, para ahuyentar las aves de mal agüero: “Esta suerte que me persigue/ como un gato triste y fúnebre,/ igual que una nube negra,/ no tiene fachas de irse/ en un plazo de tiempo razonable./ Esta maldita y triste suerte/ que me tocó en la rifa,/ no la quiero, no la quiero./ Yo lo que anhelo cada día/ es que me regrese la fortuna/ o que al menos choquen nuestras miradas/ al doblar por alguna esquina”.

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Cuando era niño caminaba con la mirada en la suelo, buscando algo, que apareciera un pequeño milagro, que me encontrara un billete de 20 varos o algo que me hiciera sentir afortunado. Y nunca sucedía. Por el contrario, lo único que salía a mi paso eran chucherías, alguna corcholata premiada o un anillo de caja de cereal. Y mi pesimismo se volvía algo habitual, como un perro callejero que me seguía de regreso a casa. Aún ahora lo hago a veces, camino con la vista en el piso y no es por costumbre, sino porque me he vuelto un poco más reflexivo o simplemente porque ando tristeando. Y de pronto parece que la suerte me sonríe un poco y me encuentro una moneda de diez pesos o un tazo coleccionable que le regalo a mis sobrinos. O como hace unas semanas, que me encontré una cartera de mujer en el puente peatonal. ¡Qué suerte! Seguro no tiene nada, pensé que alguien la había robado para luego tirarla. Sin embargo contenía algunos billetes, unos 700 pesos, una pequeña fortuna en estos tiempos. ¡Qué suerte! Y yo que soy bien pinche curioso, seguí revisando y encontré unos pagarés de Banco Azteca y me di cuenta que la propietaria tenía tantas deudas como cualquiera de nosotros. ¡Qué triste suerte! Y que aparece, de la nada, una identificación. No recuerdo el nombre de la mujer, pero sí que su dirección quedaba a unas cuadras de mi casa. ¡Qué suerte! Mi asesor del penthouse me sugirió que con ese dinero me alcanzaba para pagar el teléfono y la luz. Mi mentor, el relojero que habita más abajo, me comentó que hiciera lo que hubiera hecho mi madre. Tú ganas, ya sabías que ganarías, reflexioné. Así que esa noche fui a devolver la cartera. La señora reaccionó un tanto desconfiada cuando le dije que había encontrado su credencial del IFE... con todo y cartera. Cuando comprobó que el dinero estaba allí se le iluminó el rostro, se reconcilió unos instantes con la buena suerte, luego recitó un “muchas gracias, joven” y pretendió darme “aunque sea para su refresco”. Ya con su alegría momentánea me había hecho el día. Y es cuando yo también me siento afortunado. Pero por todos los dioses, por favor, que la próxima vez que me encuentre una cartera al menos que no traiga la dirección del propietario, así no tengo un pinche pretexto para regresarla. Y entonces sí sentiré que la suerte está de mi lado. O ya no hablemos de cosas materiales, conformémonos con reencontrarnos con un corazón noble, con las miradas buenas que extrañamos. Ya lo dice mi autor de cabecera, que es ese Dante Guerra: “Y es que esta suerte ingrata/ de no tenerte a mi lado/ ya se ha vuelto una mala costumbre/ Y yo que nunca de los nuncas/ he sido un tipo afortunado/ me siento aún más miserable/ cada que miro uno de tus cabellos/ de esos que abandonaste por descuido/ entre los cojines de la sala./ Yo que nunca he tenido buena estrella,/ lo que más deseo cualquiera de estos días/ es sentirme como un niño feliz y afortunado/ que desentierra un tesoro/ de esos que alguien ha olvidado/ en el traspatio de la escuela./ Y saltar de alegría, gritar como loco,/ si mi mano tibia se familiariza/ de nueva cuenta y en definitiva/ con la desnudez de tu pierna,/ con las curvas de tu espalda”.

 

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