La ilusión ya no viaja en Metro

Mié, 02/04/2014 - 05:00

Ya había pasado más de una década desde que se construyera una línea de Metro. ¿De dónde iban a salir recursos para el transporte de la gente trabajadora, cuando todos los proyectos habían sido encaminados a engrosar el entramado y el reinado del automóvil particular? Basta ver las grandes obras de ingeniería de principios del milenio: distribuidores viales, segundos pisos, acotamientos.

Respecto al transporte público, ese que utiliza la inmensa mayoría, las administraciones le dedicaron un proyecto que requería menos dinero, pero que "vestía bien": el Metrobús. Los millones de trabajadores, estudiantes y asalariados que deben cruzar la ciudad cada día se conformaron: un carril dedicado exclusivamente a este híbrido; el reencarpetamiento de ese carril; la construcción de estaciones en medio de camellones; la colocación de algunas señales, la prohibición hacia los autos particulares de dar vuelta a la izquierda.

El Metrobús es exitoso; en efecto, ha aligerado la circulación, disminuye el tiempo de algunos trayectos. Pero su impacto no tiene el alcance del Metro. El número de pasajeros beneficiados es elevado, pero no al grado de otros sistemas; reduce algunas emisiones contaminantes, pero no del todo. Por supuesto, construir Metro es mucho más caro. (Para el primer proyecto en el Sistema de Transporte Colectivo Metro, allá por los años 70, el gobierno mexicano tuvo que pedir ayuda extranjera.)

Cuando comenzó la construcción de la Línea 12 del Metro todos se alegraron: la línea conectaría una zona de alta demanda de transporte eficiente y barato de la ciudad. El resto es historia: un año después de la inauguración, el tramo elevado de la línea está cerrado ya que hay riesgo de descarrilamiento. No hay nadie que pueda explicar cabalmente en qué riesgo estuvieron los millones de personas que hacían uso cotidiano de la línea; se habla de incompatibilidad de vías y trenes, pero nadie sabe cabalmente cuál fue el problema. Además, en torno a esto hay un boquete presupuestal de 489 millones de pesos, en gastos que el GDF no pudo comprobar.

No es sólo el encarecimiento de obras públicas, las constantes acusaciones de robo y desfalco entre actores políticos; vaya, ni siquiera el boquete presupuestal. Todos estos factores indignan, claro. Y revelan que los ciudadanos estamos en un estado de profunda indefensión frente a la impunidad de nuestros gobernantes.

Pero quizá lo que más indigna, y que se repite una y otra vez en estos escándalos, es la indiferencia hacia las necesidades de las personas trabajadoras de esta ciudad. Esta indiferencia se muestra en el estado del transporte público en general, en las políticas que privilegian el uso del automóvil, en el hecho de que la única obra dirigida a fortalecer el Metro haya sido objeto de probable desfalco.

Glosario:

Abril: esplendor jacarondoso.

 
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