Enchúlame El Caballito

Mar, 01/10/2013 - 05:00

La estatua ecuestre novohispana más importante ha cabalgado por distintos puntos de esta noble y leal ciudad de México. En 1803, el "gallardo caballo percherón, en el acto de andar pausadamente" se trasladó de la huerta de San Gregorio a la plaza mayor. La escultura no fue bien recibida ya que la pata derecha trasera pisaba símbolos del imperio azteca (el águila y el carcaj de las flechas). En 1821, con el triunfo del Ejército Trigarante que consumó la Independencia, El Caballito fue cubierto por un templete circular para evitar que el pueblo derrocara también a la escultura de Carlos IV.

En 1823, el primer presidente de México, Guadalupe Victoria, intentó fundir las seis toneladas de bronce de la obra de Manuel Tolsá y utilizarlo para acuñar monedas. Lucas Alamán abogó por la conservación del patrimonio histórico y propuso llevarlo al patio central del claustro de la Pontificia y Nacional Universidad de México, donde permaneció castigado 29 años.

En 1852, el alcalde Miguel Lerdo de Tejada propuso al presidente Mariano Arista que El Caballito fuera colocado en la primera glorieta del Paseo de Bucareli (donde hoy tenemos El Caballote de Sebastián). En 1890, Porfirio Díaz ordenó colocar sobre el Paseo de la Reforma dos esculturas frente al cabalgante Carlos IV; se trataba de Ahuizotl e Izcóatl, emperadores del imperio azteca, hoy conocidos vulgarmente como los Indios Verdes.

Y ahí se quedó la escultura hasta 1979; antes de que fuera devorada por los grandes edificios del Paseo de la Reforma se remodeló la plaza Manuel Tolsá y El Caballito volvió a trotar hasta su nueva morada. Justo frente al Palacio de Minería, custodiando el Museo Nacional de Arte, permaneció el gallardo Caballito hasta la semana pasada, en que el Fideicomiso del Centro Histórico decidió darle una manita de gato sin avisarle al INAH, y la empresa Marina, restauración de monumentos, lo dejó peor que el Ecce Homo de Borja con daños irreversibles en 35% de su estructura, daños que no salen ni con polish.

Tiempo atrás, luego de cargar oficiosamente el portafolios del senador Pablo Gómez en la LXI Legislatura, Inti Muñoz logró que en una negociación con Marcelo Ebrard lo nombraran director del Fideicomiso del Centro Histórico. Pero ese no es su único logro, además de ser diputado federal en la LIX legislatura, Inti Muñoz fungió como cuidador en las parrandas de su compañero de bancada Salvador Martínez della Rocca. Fue con El Pino donde Muñoz encontró cobijo después de deslindarse de Rosario Robles, quien lo apoyara para llegar a San Lázaro. Pero quizá el mejor acto que El Gordo pudo atestiguar de Muñoz fue en aquella tarde de 2010 afuera del hotel Marquis Reforma donde Inti esperó más de una hora a Ebrard sólo para darle la mano cuando pasara.

En política, Inti es lo que se conoce como trepador, no se mueve mucho pero busca salir en la foto, se cuadra con sus superiores y traiciona a sus amigos, estrategia que le funcionó hasta ahora que debe responder por el daño que causó a nuestro patrimonio histórico y deja para la posteridad un Ecce Equus donde antes teníamos un Caballito. El jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera, espera en su escritorio la prudente carta de renuncia de Muñoz al cargo.

Periscopio

Al terminar la escultura, Manuel Tolsá realizó un orificio en la grupa del caballo por donde entraba un trabajador y sacaba el picadizo de relleno. Para satisfacer la curiosidad de saber cuántas personas cabrían dentro, se metieron, de uno en uno, 25 de sus ayudantes. Entonces, se ganó el mote de El Caballito, El Caballito de Troya. Lo anterior es relatado por el cronista de la ciudad de México, Enrique Salazar Híjar y Haro.

En el radar

En su momento, El Caballito fue la escultura más grande en todo el continente americano: 4.88 metros de altura por 1.78 metros de ancho y 5.40 metros de largo. Quizá es el único monumento histórico que ha sido testigo de la vida del México independiente.

Bitácora de lo absurdo

Bastó un día para que un ex porro estudiantil con iniciativa arruinara lo que el país ha conservado durante más de 200 años. El domingo, fue cubierto el rostro de la escultura con un trozo de tela negra y rodeado con adamios y láminas para cubrir la deshonra provocada.

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