Crueldad yucateca

Vie, 01/08/2014 - 05:00

Ellos lo inventaron y le llaman “torneo de lazo”. Se trata precisamente de eso: lazar a toros de media casta. Al ruedo de plazas formalmente constituidas, pero también de las improvisadas, entran a caballo entre diez y doce jinetes. Gana el que primero que lace y derribe al astado. Un poco como las suertes de la charrería, como los jaripeos, pero amontonados y con algunas licencias salvajes, para hacer la diferencia.

El toro entra al ruedo nervioso, enfurecido, lastimado. Le han dado toques eléctricos o cortado las orejas. Corre excitado y, aún así, intenta esquivar al tumulto de jinetes y caballos. Cuando esa posibilidad ya es imposible, el toro arremete contra los equinos. Las astas penetran sus costados, sacuden al animal, le sacan las vísceras. El público, muchos niños incluidos, grita y se excita. Los adultos beben y, bravucones, saltan al ruedo a enfrentar al toro vejado, para ellos un asesino. Ya han cruzado apuestas por ese o aquel astado, el que más caballos ha destripado, el más cotizado.

Caballos y jinetes que han evitado las embestidas se concentran ahora en tirar el lazo. Un alarido del “respetable” cuando lo consiguen y derriban al toro, lo estrangulan hasta provocarle la asfixia. En esta parte también se cruzan apuestas pero por el jinete que más toros ha asfixiado. Y por qué no, también se apuesta entre jinetes.

Muchos alegan que son costumbres, tradiciones ancestrales. Aunque lo fueran, ni eso justifica la crueldad con que los “antropocéntricos”, los que creen que pueden hacer lo que quieren con la naturaleza, sacrifican a esos pobres animales. Pero el “torneo de lazo” ni es tradición ni es costumbre, es un vulgar negocio que se inventó hace diez años y que incumple varios artículos de la vigente Ley de Protección a la Fauna del estado de Yucatán.

Activistas de la organización no gubernamental AnimaNaturalis encabezados por José María Férez Gil, coordinador del área contra la tauromaquia, han pedido al gobernador de Yucatán, Rolando Zapata Bello que evite este tipo de espectáculos ilegales y que en la legislación correspondiente se prohíba explícitamente y se castigue con cárcel este cruel espectáculo.

Pero nada, el “torneo de lazo” sigue cada semana, en plazas que ni siquiera cumplen los mínimos de protección civil y sin la seguridad que evite los lances de borrachos que acaban muertos en la arena cogidos por un toro enloquecido de miedo y de dolor.

Nada dice el gobernador Zapata Bello como nada dicen quienes se benefician del negocio de la tauromaquia, cada vez menos concurrido y proscrito en localidades de los cuatro o cinco países, incluido México, donde aún se permite su práctica.

Muchos de ustedes, queridos lectores, ni siquiera han de imaginar las cosas que ocurren en las oscuridades de la tauromaquia: toreros que van a practicar a rastros donde por un dinero se les permite matar reses que serán para el consumo humano (seguramente como hace quinientos años cuando en el matadero de Sevilla a alguien se le ocurrió realizar la matanza de toros mediante suertes diversas); tientas privadas donde los padres llevan a sus hijos para que aprendan a matar vaquillas; o extraños procedimientos financieros y contables, que no hacen comprensible la cada vez mayor ausencia de público y la permanencia de un espectáculo en el que un toro de lidia puede costar hasta medio millón de pesos y un torero no se presenta por menos de doscientos mil.

Pero en el caso específico de las corridas de toros, todo parece permanecer para satisfacer los gustos o los intereses o ambos de las tres familias que las controlan: los Bailléres, del poderoso Grupo Bal, un conglomerado que participa en diversos sectores de la economía con empresas como Peñoles, Palacio de Hierro, Nacional Provincial y el ITAM, y que actualmente son dueños de casi 70 por ciento de las plazas de toros que hay en el país; los Alemán, herederos de un ex presidente de la República, con diversos negocios como la aerolínea de bajo costo Interjet, y que operan la Plaza de Toros México; y los Cosío, empresarios hoteleros dueños de Las Brisas y copropietarios del terreno en que se encuentra la principal plaza de toros del país.

El tiempo dará la razón a quienes se oponen a las diversas prácticas despiadadas de la tauromaquia, pero por lo pronto urge hacer algo para frenar esta expresión de la crueldad yucateca.

¿Dónde anda señor gobernador Zapata Bello?

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