En CANOA, ECUADOR, DEVASTADA POR EL TERREMOTO

Tras terremoto en Ecuador “sólo huele a muerte”

El lugar es un cuento de terror. Encuentran a abrazados a tres de una familia que falleció
Redacción
20/04/2016 - 12:27

Por Gelitza Robles

ESPECIAL DIARIO EXTRA, ECUADOR

El viento que llega del mar alivia el bochorno, pero se siente como un puñetazo en la nariz. Canoa, en Ecuador, era un infierno la mañana de ayer, no sólo por los rayos solares que tostaban la piel y la empapaban de sudor, sino por la pestilencia fúnebre, que a ratos, la brisa alborotaba.

Los escasos moradores que pululan en lo que fue una de las zonas más turísticas de Manabí, ahora convertida en una escena del cuento de terror más escalofriante, atribuyen la peste a los cadáveres que se cocinan bajo toneladas de concreto y que, hasta la tarde de ayer, no habían sido rescatados.

HUYEN DE LA PESTILENCIA

El olor putrefacto, que lacera las fosas nasales, hizo que la familia de Elba Farías, recogiera las pertenencias que no fueron afectadas por el terremoto de 7.8 que sacudió al país el pasado sábado, y las llevara a un terreno junto al cementerio del pueblo, situado en la parte alta de la comunidad. 

“Como el sol está fuerte, no íbamos a aguantar la pestilencia”, dijo.

Su hermano Guillermo Farías se apuraba a subir colchones y canastas al balde de madera del vehículo que los llevaría, desde el centro de Canoa, al camposanto. “Estar aquí da más miedo”, sentencia respecto a tener que dormir junto a cientos de tumbas. En ese lugar se ha ubicado un refugio para los damnificados, que también llegan allí porque le temen al mar y quieren alejarse de él.

Los que ‘aprovechan’ el hedor son los miles de rescatistas que ahora parecen ser más numerosos que los propios nativos de la zona, que han migrado a los recintos Río Canoa, Río Muchacho, Zapallo, entre otros.

CUIDAN SUS PERTENENCIAS

A Estélica Leoni le incomodaba también el ambiente mortecino, pero ella no movería un pie de esta localidad del cantón San Vicente. Su vivienda quedó virada y sin seguridades después del sismo. Más le teme al robo de las pocas pertenencias que le quedaron, que a aspirar el aire contaminado.

La familia de Miguel Gil también prefirió quedarse a limpiar los escombros de la casa de sus papás. El hombre llegó desde Quito para apoyar a su progenitor, que se golpeó en la cabeza durante el movimiento de tierra. 

Yenny Carrillo, administradora del hotel Mateo y quien logró salir del establecimiento antes de que se desplomara, presume que bajo el concreto aún hay más cadáveres.

En las afueras de lo que quedó del hotel Royal, una estela putrefacta quedó tras el paso de los bomberos que cargaban el cadáver de Darwin Ontaneda, María Amparo León y Josselyn Ontaneda. Los cadáveres de la familia, formada por papá, mamá e hija, de 12 años, respectivamente, fueron rescatados a las 18:30 del pasado lunes.

“Los encontraron abrazados, así murieron. El amor los acompañó hasta la muerte. Ahora podemos estar tranquilos”, decía calmado Cristian León, hermano de María, mientras otros familiares trataban de acercarse a los cuerpos, pero su estado de descomposición traspasaba los pañuelos que servían para cubrirles la nariz y a su vez, limpiar sus lágrimas.

La mañana de ayer, más de 30 féretros arribaron hasta el parque de la comunidad, donados por diferentes provincias.

Los cuatro refugios de Canoa recibieron alimentos, ropa y medicina para los damnificados. Hasta ayer, más de 20 familias preferían tener de frente las bóvedas blancas, a continuar en el ‘camposanto’ en el que se habían convertido las decenas de hoteles, cuyos escombros servían de bóvedas provisorias para las víctimas que enviaban señales olfativas pidiendo que los encuentren.

 
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